Hay fenómenos que los sociólogos intentan explicar con teorías complejas, los economistas con gráficas y los políticos con discursos. Pero hay cosas que simplemente ocurren. Como cuando un país entero se pone de acuerdo, aunque sea durante 90 minutos.
México acaba de lograr algo que jamás había conseguido en una Copa del Mundo: ganar invicto su grupo, tres partidos de tres, nueve puntos de nueve posibles y la portería intacta. Ni una sola anotación recibida. Un equipo sólido, compacto, disciplinado. Una selección que, por una vez, parece haber entendido que el futbol es un deporte colectivo y no una suma de individualidades buscando contrato en Europa.
La sociología le llama cohesión social. En el futbol le llaman saber a qué se juega.
Y mientras los once de verde (hoy de blanco) construían una muralla frente a su arco, afuera de la cancha se derrumbaban muchas certezas.
Porque durante meses escuchamos a los mismos de siempre. Los profesionales del pesimismo. Los especialistas en anunciar catástrofes. Los que juraban que este Mundial sería un fracaso, que la gente no conectaría, que el futbol ya no emocionaba igual, que las nuevas generaciones estaban ocupadas en otras cosas.
También aparecieron los empresarios del desencanto y algunos opositores que parecían más preocupados por que algo saliera mal que por disfrutar que algo saliera bien.
Resultó que el balón volvió a desmentirlos.
Eduardo Galeano escribió que el futbol es “la más importante de las cosas menos importantes”. Juan Villoro ha insistido durante años en que el futbol funciona como una patria portátil, una identidad compartida capaz de reunir a personas que difícilmente coincidirían en cualquier otro espacio.
Hoy quedó demostrado.
Porque mientras algunos seguían buscando explicaciones sofisticadas, las calles se vaciaron.
No solamente en los estadios sede. También en las colonias, en los barrios, en las oficinas, en los restaurantes y en las carreteras.
Hoy hice un trayecto que normalmente toma una hora. Lo recorrí en apenas 22 minutos. No porque se hubiera resuelto el problema de movilidad nacional. Tampoco porque hubiera una revolución tecnológica en el transporte.
Simplemente porque jugaba México.
Así de sencillo.
Así de poderoso.
Y como si el guionista del torneo hubiera decidido exagerar un poco, la tercera victoria llegó entre dos celebraciones que parecen sacadas de una novela de realismo mágico mexicano: el cumpleaños de la presidenta, la doctora Claudia Sheinbaum, y el sexto Mundial de Guillermo Ochoa.
Seis.
Una cifra que ya no pertenece al terreno de los récords sino al de las leyendas.
Mientras varias generaciones de aficionados han crecido, cambiado de trabajo, formado familias o emigrado, Memo sigue ahí. Como esos viejos postes de barrio que sobreviven a todas las remodelaciones. Como un recuerdo persistente de que el tiempo pasa para todos, excepto para algunos elegidos por la mitología futbolera.
Y quizás ahí esté la verdadera lección.
En un país que suele discutirlo todo, polarizarlo todo y convertir cualquier conversación en una batalla campal de trincheras digitales, once jugadores lograron lo impensable: que millones miraran hacia el mismo lado al mismo tiempo.
Por un instante no importó la ideología, la clase social, la región o el apellido.
Importó el marcador.
Importó el escudo.
Importó la ilusión.
Entonces, ¿y si logramos ser un México diverso pero uno solo? ¿Y si 11 guerreros logran hacernos soñar en que somos capaces de todo? ¿Y si seis mundiales nos vuelven leyenda pero un trofeo mundial nos vuelve historia?
¿Y si, sí?
Ahora tocará hacer historia.