Creo que existe una profunda simbología en el hecho de que un país recupere los objetos que narran su pasado al mismo tiempo que vuelve a abrir las puertas de un museo destinado a contarlo. Esta semana, México anunció la repatriación de 3.716 piezas arqueológicas e históricas procedentes, entre otros países, de Estados Unidos, Italia y Canadá. Al mismo tiempo se hacía pública la noticia de que el Museo de la Grandeza Teotihuacana reabrirá sus salas después de cerca de dos décadas de permanecer cerrado para exhibir 174 piezas arqueológicas de las cuales, la mayoría, nunca han sido mostradas al público.
La colección reúne esculturas de piedra, cerámica ritual y doméstica, figurillas antropomorfas, objetos de obsidiana, máscaras, ornamentos y piezas vinculadas a contextos funerarios, recuperadas durante décadas de investigaciones arqueológicas in situ. Y todo esto será exhibido con una nueva propuesta museográfica que propone un recorrido por el origen, el desarrollo urbano, la vida cotidiana, la religión y las redes comerciales de Teotihuacán, ofreciendo una visión integral de la que fuera una de las ciudades más grandes e influyentes de Mesoamérica entre los siglos I-VII d.C. y que llegó a concentrar a más de 100.000 habitantes, convirtiéndose en uno de los mayores centros urbanos del continente.
La reapertura del museo coincide con un momento en que muchos países revisan la posibilidad de restituir el patrimonio saqueado a su ciudadanía. En este sentido, sabemos que Grecia continúa reclamando los mármoles del Partenón a Inglaterra, Nigeria ha logrado recuperar parte de los bronces de Benín dispersos por Europa y Estados Unidos, Perú convirtió el regreso de las piezas de Machu Picchu desde la Universidad de Yale en un símbolo nacional y; México, por su parte, ha convertido la defensa de su patrimonio arqueológico en una de sus principales líneas de política cultural, con una estrategia que combina la recuperación de piezas en el extranjero, la investigación científica y la apertura de nuevos espacios de divulgación donde exhibirlos.
Pero la recuperación del patrimonio también plantea desafíos. No basta con traer de vuelta al país los objetos saqueados y el gobierno lo sabe, por eso ha ido más allá, porque es necesario garantizar su conservación, investigación y su acceso público. Porque, además, sabe que la repatriación es apenas el primer paso de una larga cadena de acciones que incluye el trabajo de arqueólogos, restauradores, historiadores y comunidades locales, abocados todos no solo a recuperar el pasado, sino demostrar también que ese pasado (por no llamarlo símbolo nacional) puede convertirse en una herramienta de conocimiento.
Y estas políticas no dejan de reflejar un cambio en la manera en la que México comienza a entender sus museos porque, aunque durante mucho tiempo estos espacios fueron concebidos como lugares donde conservar vestigios del pasado, hoy buscan convertirse en escenarios capaces de explicar los procesos históricos que ha atravesado la nación y en lugares desde donde se generen nuevas preguntas sobre la identidad de sus pueblos. Por lo tanto y en este sentido, la reapertura del renovado Museo de la Grandeza Teotihuacana refleja una transformación en la forma de entender el pasado prehispánico, incluyendo por primera vez una propuesta capaz de explicar las obras como parte de los contextos, las redes comerciales, las prácticas religiosas y la vida cotidiana de quienes habitaron aquellos espacios. Un museo que abandona la idea de convertirse en un escaparate de tesoros para aspirar a convertirse en una herramienta para interpretar una de las culturas más influyentes del México antiguo.
Una apuesta con la que México insiste de nuevo en plantear que el patrimonio no solo pertenece al pasado, sino también a este presente desde donde dialoga y construye nuevas narrativas accesibles que ayudan a la sociedad a comprender su propia Historia.