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Violencia y machismo en el fútbol, un reflejo de la crisis masculina

Violencia y machismo en el fútbol, un reflejo de la crisis masculina

Por Charlie Dos Veces López

El mundial ha arrancado y, con él, hemos visto muchos triunfos y muchas derrotas en la primera fase de esta justa deportiva. México, afortunadamente, ya ha obtenido victorias y vamos con todo para romper la ”maldición" del quinto partido. Sin embargo, por otro lado, también estamos presenciando el tipo de reacciones que están teniendo varios aficionados de las distintas selecciones de fútbol. Con ello me refiero específicamente a las violencias que hemos visto en distintos encuentros. Los ejemplos se han difundido en diversas redes sociales, donde vemos a los aficionados causando destrozos en las ciudades donde juegan sus equipos. También llama la atención que se están difundiendo videos en los que los aficionados rompen pantallas donde se transmiten los partidos, cuando sus equipos van perdiendo, sumado a la violencia entre las propias porras de distintos equipos, que desafortunadamente es algo distintivo en este deporte.

Ante estos acontecimientos, no podemos dejar de lado que la violencia machista es quizá una de las únicas válvulas de escape que tienen esos hombres amaestrados por el machismo, para manifestar sus sentimientos. Es decir, pareciera que es la única emoción que se les permite manifestar como símbolo de una masculinidad dominante, una pretensión patriarcal para sostener el orden desigual de las estructuras sociales. Esto debe preocuparnos, porque esa violencia machista genera altísimos índices de otras violencias que repercuten en la vida de nuestras sociedades, como la violencia familiar, el acoso hacia las mujeres, el abuso sexual y otras formas de agresión.

Sin embargo, parece ser que incluso esa violencia machista, como demostración de hombría y única posibilidad que el patriarcado les otorga a los hombres, no alcanza para manifestar sus emociones; más bien, resulta insuficiente y en muchas ocasiones contradictoria. Esto se evidencia si contrastamos los datos más crueles sobre el suicidio en México, pues lastimosamente, más del 80 por ciento  de los suicidios que se cometen en el país son llevados a cabo por hombres, en edades que van de los 20 a los 39 años, es decir, durante la juventud y la madurez temprana, que son las etapas en las que muchos hombres heterosexuales (como mandato del deber ser patriarcal del hombre), se ven sometidos a los aprendizajes y adiestramientos a partir de los roles de género que se les han impuesto como proveedores incansables y resistentes inquebrantables. La educación masculina desde la niñez ha priorizado la ausencia de emociones, y todavía en pleno 2026 sigue siendo un valor patriarcal que los hombres no lloran, los hombres no aguantan.

Por lo tanto, es preciso reconocer que esa violencia de las aficiones mundialistas masculinas tiene una relación directa con los altos índices de suicidio en hombres en México y, sin duda, también con un desplazamiento de esa violencia que se manifiesta, por ejemplo, en el grito homofóbico en los estadios mexicanos y en el desprecio hacia las selecciones femeniles de fútbol. Tenemos pues, ante nosotros, un escenario muy complejo que nos invita no solo a reflexionar, sino a tomar acciones necesarias y conjuntas entre las autoridades deportivas de nuestro país, las instituciones gubernamentales encargadas de la salud (en específico, de la salud mental), aquellas que tienen que ver con la prevención de la discriminación y, sin duda, de la mano de las organizaciones de la sociedad civil que atienden a las poblaciones LGBT y aquellas encargadas de prevenir la violencia desde la niñez.

No se trata de un simple problema de porras o de excesos de la afición, sino de una herida silenciosa que desangra la propia humanidad de esos hombres, y que el Mundial, como espejo deformante y detonante performativo de esa masculinidad tóxica, se traduce en destrozos, gritos homofóbicos e invisibilidad de las mujeres en el futbol. Porque el machismo además de oprimir a las mujeres y otros grupos prioritarios, también mutila a los hombres, les niega el llanto, les prohíbe la fragilidad y los condena a una soledad tan profunda que, para muchos, la única salida parece ser el vacío.

Y aquí debemos preguntarnos, sin titubeos y con crudeza cómo es posible que condenemos la violencia en las gradas, pero normalicemos la violencia que los hombres ejercen contra las mujeres, personas LGBTI y hasta contra ellos mismos. Quizá también podríamos entender este panorama desolador como un problema de salud pública de esos hombres a los que el patriarcado les enseña que pedir ayuda es "de débiles" y que expresar miedo es "de maricones". Este Mundial nos deja una necesidad impostergable para no caer en una derrota que no es para un jugador o un equipo, una selección, sino para todo un sistema cultural. Porque si el futbol es el espejo de nuestra sociedad, la imagen que refleja es la de una masculinidad herida que ha aprendido a romper pantallas, pero no a romper su propio silencio, ni con los estereotipos y mandatos que están acabando con sus propias vidas.

La pregunta final, incómoda y necesaria, es si estaremos dispuestos a construir un nuevo modelo de hombría donde la fuerza no sea agredir, sino cuidar; donde la hombría no sea dominar, sino acompañar; donde la victoria más importante no sea un partido, sino la vida de los hombres que hoy, encerrados en su mandato de hierro, y que mueren sin haber podido decir "no puedo más". Porque mientras el machismo siga siendo la única gramática emocional que se permiten los hombres para ellos mismos, las gradas seguirán ardiendo, las pantallas seguirán cayendo y, en la intimidad de sus habitaciones, muchos jóvenes seguirán eligiendo el silencio definitivo. No es el futbol el que está en juego, sino las vidas de esos hombres, los más machos de la manosfera; y esa, definitivamente, no admite prórrogas.