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¿Una nueva OTAN en Oriente Medio? El Pacto de La Meca y la batalla por la seguridad regional

¿Una nueva OTAN en Oriente Medio? El Pacto de La Meca y la batalla por la seguridad regional

Por Mohammad Reza Gilani

Hay una pregunta que puede resumir el significado del nuevo acuerdo de defensa entre Arabia Saudita, Turquía y Pakistán: ¿Estamos viendo el nacimiento de una nueva OTAN en Oriente Medio (léase Asia Occidental)?

La pregunta parece provocadora, pero no es gratuita. El ministro de Relaciones Exteriores de Turquía, Hakan Fidan, afirmó que el nuevo Acuerdo Conjunto de Defensa de La Meca funciona, técnicamente, bajo un principio equivalente al Artículo 5 de la OTAN: un ataque contra uno de los países sería considerado un ataque contra los tres.

¿Qué se juega con el nuevo pacto?

El acuerdo fue firmado en La Meca el 7 de agosto, en un momento particularmente delicado para Asia Occidental. Sus tres miembros aseguran que se trata de un pacto defensivo y que no está dirigido contra ningún país en particular. Pero su nacimiento, sus protagonistas y el contexto regional hacen difícil ignorar una pregunta: ¿qué clase de alianza está naciendo realmente en esta región?

La respuesta puede encontrarse, paradójicamente, mirando primero hacia Occidente.

La OTAN, una experiencia no tan efectiva

Cuando se compara el pacto de La Meca con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), suele darse por sentado que la Alianza Atlántica representa el modelo perfecto de una alianza militar. Pero la propia OTAN atraviesa una etapa de profundas tensiones políticas.

El ejemplo más reciente y extraordinario es Groenlandia. Estados Unidos y Dinamarca son aliados dentro de la misma organización militar. Sin embargo, hace poco tiempo el presidente Donald Trump intensificó la presión para que Groenlandia, territorio autónomo perteneciente al Reino de Dinamarca, pasara a formar parte de Estados Unidos. Trump llegó a negarse a descartar el uso de la fuerza y habló de obtener la isla “de una manera u otra”.

La contradicción es difícil de ignorar: ¿qué significa la defensa colectiva cuando uno de los miembros de una alianza presiona territorialmente a otro miembro de esa misma alianza?

Hablando del caso de Groenlandia no quiero exagerar y decir que la OTAN esté a punto de desaparecer. Pero sí demuestra que incluso una alianza con más de siete décadas de historia puede enfrentar situaciones en las que los intereses nacionales comienzan a chocar con la lógica colectiva.

Y hubo otra fisura reciente: el dinero.

En 2025, los miembros de la OTAN acordaron elevar progresivamente su inversión en defensa hasta el equivalente al 5% del PIB para 2035. De ese porcentaje, al menos 3.5% deberá destinarse a las necesidades militares centrales y hasta el 1.5% a infraestructura, resiliencia, redes, industria y otras áreas relacionadas con defensa y seguridad.

La decisión pretende responder a una supuesta preocupación: Rusia, la guerra en Ucrania, las nuevas tecnologías militares y la necesidad de que Europa asuma una mayor parte de su propia seguridad, esta última ha sido una inquietud seria de Donald Trump.

Pero también abrió una discusión política dentro de la Alianza. España se convirtió en uno de los ejemplos más visibles de resistencia a la nueva meta. El Gobierno de Pedro Sánchez ha cuestionado la necesidad de alcanzar el 5% y ha defendido un nivel mucho menor. La discusión llegó incluso a un enfrentamiento público con Trump.

La cuestión de fondo es más profunda que una cifra: Todos quieren “seguridad colectiva”, pero no todos están de acuerdo con el significado de esta seguridad.

Y esta es precisamente la cuestión que el pacto de La Meca tendrá que resolver.

Tres países, tres cálculos

Arabia Saudita, Turquía y Pakistán tienen importantes vínculos políticos, económicos, militares y culturales. Pero no son países con intereses estratégicos idénticos.

Para Riad, el acuerdo ofrece una nueva capa de disuasión en un momento en que la situación del Golfo Pérsico se encuentra bajo presión. Arabia Saudita ha dependido durante décadas de la protección y cooperación militar de Estados Unidos. El nuevo pacto puede interpretarse, al menos parcialmente, como un intento de ampliar sus opciones de seguridad y no depender exclusivamente de Washington.

Para Pakistán, la alianza profundiza una relación estratégica de larga duración con Arabia Saudita y aumenta su peso diplomático en Asia Occidental. Además, no es un vínculo que haya aparecido de repente. Islamabad y Riad ya habían establecido previamente mecanismos de cooperación en materia de defensa.

Turquía es el caso más complejo.

Ankara es miembro de la OTAN desde 1952, mantiene una relación estratégica con Occidente y, al mismo tiempo, durante los últimos años ha intentado ampliar su autonomía y su influencia en Asia Occidental. Por ello, el pacto de La Meca no significa que Turquía esté abandonando la OTAN. De hecho, Ankara presenta el nuevo acuerdo como complementario a sus alianzas existentes.

Esto produce una situación interesante: Turquía pertenece a una alianza militar occidental y simultáneamente participa en una nueva arquitectura regional.

La pregunta no es necesariamente si estas dos cosas pueden coexistir. La verdadera pregunta es qué ocurrirá si algún día dejan de coincidir las dos alianzas.

La prueba no está en el papel

Un tratado de defensa puede ser muy poderoso políticamente. Pero su verdadera fuerza solamente se conoce cuando llega una crisis.

Y esa prueba llegó demasiado rápido.

El 9 de agosto, apenas dos días después de la firma del pacto, las fuerzas populares yemeníes, conocidos como los hutíes, atacaron con drones una instalación de Saudi Aramco en Yizán, en el suroeste de Arabia Saudita. El ataque provocó un incendio, aunque no hubo víctimas, según las autoridades saudíes.

El episodio es importante no porque demuestre que el pacto ha fracasado —sería demasiado pronto para afirmarlo—, sino porque plantea exactamente la pregunta que estará en el centro de su futuro:

¿Qué significa en términos prácticos defender a un aliado? ¿Enviar aviones?

¿Sistemas de defensa aérea? ¿Tropas? ¿O simplemente emitir una declaración política?

Hasta ahora, Turquía ha insistido en que cualquier respuesta militar deberá ser determinada mediante consultas entre los tres países. Eso significa que la existencia del pacto no elimina automáticamente la necesidad de tomar una decisión política en cada crisis.

Y aquí aparece la diferencia entre tener un tratado y tener una alianza militar profundamente integrada. El pacto de La Meca apenas comienza a construir sus propios mecanismos institucionales; se prevé un comité ministerial y una secretaría con sede en Arabia Saudita. Por tanto, llamarlo una “OTAN islámica” puede ser atractivo como titular, pero todavía sería exagerado como descripción.

¿Y dónde queda Irán?

Es imposible analizar el nuevo acuerdo sin considerar a Irán, aunque sus tres integrantes insistan en que el pacto no está dirigido contra Teherán.

La ubicación geográfica de los tres países como vecinos de Irán y la situación actual del Golfo Pérsico llevan las miradas hacia la República Islámica como parte del cálculo estratégico del pacto.

Sin embargo, la reacción iraní del 10 de agosto fue significativa. El portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores, Esmaeil Baghaei, afirmó que Irán no ve razones para temer el nuevo acuerdo. Más aún, sostuvo que una mayor cooperación entre los países de la región podría contribuir a una arquitectura de seguridad más independiente de las potencias extranjeras, siempre que sea inclusiva y tenga en cuenta las realidades históricas y geopolíticas de la región.

Es una respuesta que merece atención, porque Teherán parece estar intentando evitar que el nuevo pacto sea interpretado automáticamente como el nacimiento de dos bloques enfrentados: uno liderado por Arabia Saudita, Turquía y Pakistán y otro alrededor de Irán.

Dos modelos para una misma pregunta: ¿quién debe garantizar la seguridad del Asia Occidental?

En el fondo del debate sobre el Pacto de La Meca existe una cuestión todavía más importante: ¿quién debe garantizar la seguridad de Asia Occidental?

La respuesta de Irán a esta pregunta lleva años siendo consistente: la seguridad de la región debe ser responsabilidad de los propios países de la región y no depender de la presencia militar de potencias extranjeras.

Teherán ha insistido repetidamente en que los países del Golfo Pérsico no deberían buscar su seguridad en fuerzas externas. Sin ir muy lejos, en mayo pasado, el portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores iraní, Esmaeil Baghaei, volvió a pedir a los países vecinos que evitaran depender de potencias externas para garantizar su seguridad. Días antes, había señalado que la presencia militar estadounidense en la región no genera seguridad, sino que constituye, desde la perspectiva iraní, una de las principales fuentes de inestabilidad.

Por eso resulta especialmente interesante la reacción iraní al nuevo pacto.

Aquí aparece una paradoja. El Pacto de La Meca puede interpretarse como un paso hacia una mayor autonomía regional, pero también puede terminar reproduciendo una lógica de bloques y alianzas militares.

Y no es lo mismo. Una arquitectura de seguridad regional construida por los propios países de Asia Occidental no necesariamente necesita convertirse en una alianza militar dirigida contra otro país. Puede basarse en mecanismos de diálogo, cooperación fronteriza, seguridad marítima, lucha contra el terrorismo, intercambio de información y acuerdos para evitar conflictos.

Desde esta perspectiva, la pregunta fundamental no es solamente quién tiene más soldados, aviones o misiles.

Es otra: ¿Puede Asia Occidental construir un sistema de seguridad en el que los países de la región se protejan entre sí sin convertir a la región en el escenario de una nueva competencia entre bloques?

Es precisamente aquí donde el debate sobre el Pacto de La Meca adquiere una dimensión que va más allá de Arabia Saudita, Turquía y Pakistán.

Porque hay dos caminos posibles: Uno consiste en construir una nueva arquitectura regional basada en la cooperación entre los países de la región y el otro consiste en reproducir el modelo tradicional: alianzas militares, bloques enfrentados y dependencia —directa o indirecta— de las grandes potencias externas.

La diferencia entre ambos modelos puede determinar si el nuevo acuerdo termina siendo un instrumento de estabilidad o simplemente otra pieza en la creciente militarización de la región.

Y la experiencia de la propia OTAN demuestra que incluso las alianzas creadas con el objetivo de garantizar seguridad pueden enfrentarse, con el tiempo, a una pregunta difícil:

¿la alianza está reduciendo las amenazas o está organizando de otra manera la competencia entre ellas?

La contradicción central

Aquí es donde el acuerdo se vuelve verdaderamente interesante. Los tres países tienen razones para cooperar, pero también tienen razones para evitar quedar atrapados en una guerra que no sea directamente suya.

Imaginemos un escenario hipotético: Arabia Saudita entra en una confrontación militar con otro país. Riad invoca el pacto y pide asistencia.

¿Estaría Turquía dispuesta a enfrentarse militarmente con este tercer país? ¿Lo estaría Pakistán? ¿Y hasta qué punto?

La misma pregunta puede plantearse en otra dirección. Si Turquía entrara en una crisis militar con otro actor regional, ¿Arabia Saudita y Pakistán asumirían el mismo nivel de riesgo?

El problema de toda alianza de defensa es que la amenaza que une a los miembros en tiempos de paz puede no ser percibida de la misma manera cuando llega la guerra.

La experiencia de la OTAN resulta nuevamente ilustrativa. En 2025, por primera vez, todos sus miembros alcanzaron o superaron el antiguo objetivo del 2% del PIB en defensa, mientras que los países europeos y Canadá aumentaron su gasto militar combinado aproximadamente 20% respecto a 2024. Pero al mismo tiempo existen desacuerdos sobre cuánto gastar, cómo distribuir las responsabilidades y hasta qué punto Europa puede —o debe— depender de Estados Unidos.

Esto demuestra algo importante: una alianza puede ser militarmente más fuerte y políticamente más difícil de gestionar al mismo tiempo.

Y aquí aparece una paradoja. Mientras el mundo observa las tensiones internas de la OTAN, tres países de otra región están intentando construir su propio mecanismo de defensa colectiva.

Pero si incluso la alianza militar más antigua y poderosa del Atlántico Norte enfrenta dificultades para conciliar intereses nacionales, presupuestos y prioridades estratégicas, el desafío para el pacto de La Meca será todavía mayor.

Firmar un acuerdo es fácil. Lo difícil es descubrir quién está dispuesto a luchar por quién. La OTAN ha tenido más de siete décadas para responder a esa pregunta. El pacto de La Meca acaba de empezar.

Y quizá su verdadero futuro no se decida en las reuniones diplomáticas de Riad, Ankara o Islamabad, sino en la primera crisis en la que uno de los tres tenga que elegir entre sus propios intereses y la promesa de defender a los otros dos.

Ahí sabremos si estamos ante una nueva alianza regional o simplemente ante un nuevo acuerdo de disuasión en una Asia Occidental que busca, cada vez más, construir su arquitectura de seguridad autóctona.