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La torta de aguacate y el crimen organizado

La torta de aguacate y el crimen organizado

Por Érika Ramírez

Los neoliberales también lloran…

LA MEXICANA

 

Al paso de una niña de seis años que caminaba rumbo a la escuela campaneaba una bolsa de plástico con una torta de aguacate. La había preparado su padre: aguacate untado generosamente sobre una telera y un toque de sal. Nada más.

El trayecto era de apenas unas cuadras hacia la escuela primaria. El aguacate era un alimento que nunca faltaba en casa de sus abuelas, de sus tías y en la suya; lo recuerda perfectamente. Lo comían de mil maneras: en guacamole, en salsa, con pico de gallo, en torta, en rebanadas, en taco placero o, simplemente, con unas gotas de limón y sal. Uno de los alimentos más deliciosos del planeta y, también, uno de los más peligrosos para quienes nunca desarrollaron la muy mexicana habilidad de desprender el hueso de un cuchillazo.

No recuerda cuánto costaba el kilo de aguacate cuando era niña. Tal vez porque, precisamente, no era algo que hubiera que recordar. El aguacate estaba ahí, como las tortillas recién hechas de la tortillería de la cuadra o el limón: formaba parte de la alimentación cotidiana. Su padre nunca habría imaginado que aquel fruto terminaría convertido en una de las mercancías agrícolas más codiciadas del mundo por el crimen organizado, los mercados internacionales y hasta por los aficionados al Super Bowl.

El país también cambió.

En 1992 se reformó el artículo 27 de la Constitución y comenzó una nueva etapa para el campo mexicano. Dos años después entró en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Con él, el proyecto neoliberal entró en su etapa de consolidación. En 1997, Estados Unidos reabrió parcialmente su mercado al aguacate mexicano después de décadas de restricciones sanitarias. Lo que durante generaciones había sido un alimento cotidiano comenzó a convertirse en un producto estratégico de exportación.

Hoy México produce alrededor del 30 por ciento del aguacate del mundo. Michoacán aporta cerca del 80 por ciento de las exportaciones nacionales y el llamado "oro verde" genera más de 3 mil millones de dólares anuales. Cada año, durante el Super Bowl, más de cien mil toneladas de aguacate mexicano cruzan la frontera para abastecer el mercado estadounidense.

Regreso a la torta de aguacate.

Aquel aguacate era del tamaño de la mano de su padre. Al abrirlo, parecía mantequilla. Ver cómo lo untaba sobre ambas tapas de la telera —que, por cierto, ya tampoco abundan en las panaderías— le hacía agua la boca. Era uno de sus lonches favoritos y también uno de los aliados de la economía familiar, porque llevar todos los días una torta de jamón simplemente no era una opción.

Pasó el tiempo.

En sus primeros años de ejercicio periodístico, Michoacán comenzó a ocupar diariamente los titulares. Ya no sólo por producir el mejor aguacate del país, sino por la violencia.

En diciembre de 2006, apenas iniciado el gobierno espurio de Felipe Calderón, el primer gran despliegue de la llamada guerra contra el narcotráfico ocurrió precisamente en su estado natal. El Operativo Conjunto Michoacán movilizó a miles de elementos del Ejército, la Marina y la Policía Federal con la promesa de recuperar la seguridad.

Sin embargo, Michoacán no era un estado cualquiera.

Además de concentrar una de las industrias agroexportadoras más dinámicas de América Latina, desde 2001 había dejado de ser gobernado por el Partido Revolucionario Institucional (PRI). El estado reunía tres condiciones excepcionales: una enorme riqueza agrícola, una creciente presencia del crimen organizado y un escenario político distinto al del gobierno federal.

Mientras el valor internacional del aguacate aumentaba año tras año, organizaciones criminales como La Familia Michoacana y, posteriormente, Los Caballeros Templarios descubrieron que las ganancias no sólo estaban en el tráfico de drogas. También estaban en el campo.

Comenzaron a cobrar derecho de piso, imponer cuotas por huerta, por caja empacada y por camión transportado. Secuestraban, extorsionaban y asesinaban a productores que se negaban a pagar. El crimen organizado comprendió, antes que muchos, que controlar el "oro verde" podía ser tan rentable como controlar una ruta del narcotráfico.

Han pasado casi veinte años y la pregunta sigue abierta: ¿por qué el primer gran despliegue de la llamada guerra contra el narcotráfico comenzó precisamente en Michoacán? ¿Bastaba la explicación de la seguridad o también influyeron el valor estratégico del "oro verde", la disputa por el control del territorio y el hecho de que el estado hubiera dejado de ser gobernado por el PRI desde 2001?

Los hechos muestran que la estrategia militar emprendida por Felipe Calderón no logró contener la expansión de la violencia. Durante los años siguientes, el crimen organizado consolidó su presencia en amplias regiones de Michoacán y extendió su control sobre actividades económicas estratégicas, entre ellas la producción y comercialización del aguacate y del limón.

En 2013 surgieron públicamente las autodefensas de Tepalcatepec y La Ruana. Muchos de sus integrantes eran productores, comerciantes, jornaleros y habitantes que afirmaban haber tomado las armas porque el Estado ya no podía garantizarles algo tan elemental como trabajar y regresar con vida a sus casas. José Manuel Mireles se convirtió en el rostro más visible de aquel movimiento.

La respuesta del gobierno de Enrique Peña Nieto fue distinta en el discurso. En 2014 creó la Comisión para la Seguridad y el Desarrollo Integral de Michoacán y anunció una estrategia que supuestamente incorporaba infraestructura, salud, educación, empleo y desarrollo social. Sin embargo, tampoco esa estrategia consiguió recuperar plenamente el control institucional sobre una de las regiones agrícolas más rentables del país.

Mientras cambiaban los gobiernos, el negocio seguía creciendo. Y donde el Estado no logró consolidar su presencia, el crimen organizado encontró una fuente extraordinaria de ingresos.

La apertura comercial convirtió al aguacate en uno de los grandes éxitos del campo mexicano. Las exportaciones crecieron, los precios internacionales se dispararon y el llamado "oro verde" transformó la economía de numerosas regiones. Pero el fortalecimiento de las instituciones encargadas de garantizar la seguridad, impartir justicia y proteger a los productores no avanzó al mismo ritmo. Ese vacío fue ocupado por quienes comprendieron que controlar una huerta podía ser tan rentable como controlar una ruta del narcotráfico.

Más tarde, la crisis alcanzó al comercio internacional. En 2022, Estados Unidos suspendió temporalmente la importación de aguacate de Michoacán después de que un inspector del Departamento de Agricultura de ese país recibiera amenazas.

Muchos pensaron que se trataba de un episodio aislado.

No fue así.

Apenas hace unos días, el gobierno de Estados Unidos volvió a suspender temporalmente las inspecciones y exportaciones de aguacate michoacano tras una nueva alerta de seguridad para personal del Departamento de Agricultura (USDA).

Una vez más, el problema no fue la calidad del fruto ni una cuestión fitosanitaria. El obstáculo volvió a ser la violencia, en un momento en que Washington reafirmaba su ofensiva contra el Cártel Jalisco Nueva Generación.

Dos décadas después del inicio de la llamada guerra contra el narcotráfico, el "oro verde" sigue dependiendo no sólo del trabajo de miles de productores, empacadores y jornaleros, sino también de que existan condiciones mínimas de seguridad para mantener en funcionamiento una de las cadenas agroalimentarias más importantes de América del Norte.

Aquella niña que caminaba rumbo a la escuela con una bolsa de plástico balanceándose al ritmo de sus pasos no podía saberlo. Creía que llevaba únicamente una torta de aguacate preparada por su padre.

En realidad, llevaba entre las manos una historia que, con el paso de los años, hablaría de apertura comercial, mercados internacionales, crimen organizado y violencia.

Era la historia de un país que abrió mercados, multiplicó exportaciones y convirtió al aguacate en uno de los grandes símbolos del éxito agroexportador mexicano. También, la historia de un modelo neoliberal que no fortaleció con la misma rapidez las instituciones encargadas de proteger a quienes producían esa riqueza. La torta de aguacate de su infancia terminó convirtiéndose en una dura lección de economía política.