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  • 20 Oct 2022
  • 17:10
  • SPR Informa 6 min

Recórrase, hay lugares

Recórrase, hay lugares

Por Mónica Muñoz .

¿A quién se le ocurrió, que en una superficie de apenas 1,495 kilómetros cuadrados teníamos que estar cerca de 100 millones de personas transportándonos? Eso apenas en un mes y sólo son cifras del sistema de transporte público. Uno pegado a otro. Un cuerpo que traspasa otro cuerpo. Cien millones, pienso mientras el conductor me exige que me recorra, que haga una tercera línea en el pasillo porque aún sobran lugares.

Es eso, o la comodidad de una deuda a pagar a cinco años. Tendré que pagar casi el doble si sumo los intereses, pero valdrá la pena la inversión a cambio de no escuchar el “Recórrase, güera, hay lugares” y me dejen de mirar la falda que traigo, aunque me llegue debajo de las rodillas. Dos horas de ida y dos horas de vuelta al trabajo. Con suerte muchos viven más cerca y se puedan hacer una hora al lugar que les da de comer, o más bien, al lugar que te va a dar los recursos necesarios para estar cuatro horas en la comodidad de tu asiento y cuatro llantas que serán tuyas en su totalidad y si todo sale bien, en cinco años, combo total, dejas de escuchar el imperativo y no vas a llegar con el perfume siete machos del vecino ni la mancha de delineador que se le cayó a la mujer en tu zapato. 

Ahora sí podrás poner tu música para ir y venir de la oficina a donde puedes poner una buena cara al tráfico matutino si es que no se te hizo tarde porque ayer había llovido y te hiciste cuatro horas para llegar a tu departamento. Pero, no importa, el auto es tu lugar seguro, es cierto, y cómodo, y sobre todo seguro, como el asiento de tu nueva deuda por cinco años. Llegas a la oficina y te dice tu compañero de escritorio que estar seguro es estar en tu estado de confort. Y de inmediato me hace recordar una imagen que tengo en mi cabeza: mi cuerpo dejándose caer entre almohadas, como si me acostara entre nubes de comodidad infinita. 

Y quedarme con esa sensación me hace darle vueltas a la palabra confort. 

La imagen de las almohadas y mi sensación de sentirme absolutamente plena es una cosa que nunca ha sucedido, ni tampoco he podido lograr ese estado imperturbable en el auto como para sentirme “confortable” entre almohadas, y menos cuando ya se te aventó el pesero que acaba de tirar a una señora. Quizá pudo haber sido tu tía que ya no pudo dar el paso apresurado para que conductor pisara el acelerador y la tiró. Por fortuna no es tu tía, porque tú tía estaría maldiciendo al conductor y la señora sólo dijo dos palabras mordiéndose los labios y se echó a correr, como si la oficina se fuera mover de lugar o la fueran a despedir por no llegar a tiempo a recibir el dinero que la hace ir todos los días a ese lugar. 

Tampoco puedo sentir confort cuando, por ejemplo, me rebasa, desesperado, otro auto.

Pero estoy bien, en mi zona de confort, me repito lo que dice mi compañero, mientras manejo mi auto que hace un año saqué de la agencia. Debería buscar otro lugar de trabajo o tratar de endeudarme más con un carro más grande, salir de las almohadas y buscar la adrenalina pero no de una montaña rusa en un parque de diversiones, sino la de un choque, una conmoción en donde digo dos groserías y nadie me escucha, pero veo cómo todo se comprime en cámara lenta. 

Y es lo suficientemente grave para poder pasar en primera fila a urgencias del IMSS y darme 10 días de incapacidad pagadas con el salario mínimo, que, por supuesto, no alcanza para saldar la deuda del auto.

Me pregunto cómo voy a poder pagar los cuatro años que me faltan. 

Ahora sí saliste de tu zona de confort, se ríe mi compañero al teléfono. O no, le respondo y me tumbo en un montón de almohadas. 

Hace una semana regresé al pesero. La fila para tener derecho a entrar al camión es tres veces más larga y se hace treinta minutos más de lo habitual porque están restaurando la línea rosa, pero no importa, ahora sí voy más cómoda que nunca porque me ceden el lugar y voy sentada con mis audífonos puestos, escuchando mi música, sin tener que estresarme por el volante. Nunca se puede estar completamente feliz ni completamente a salvo con todas esas bolsas y portafolios pasándome encima de mi cabeza, mis brazos, mis piernas, y los codazos de gente que sin darse cuenta me aplastan, pero voy mejor que nunca, mejor soportarlo, porque encontrar ese trabajo tomó meses donde en provincia muy probablemente trabajaría el doble de horas por una décima parte del sueldo en una oficina en la Ciudad de México. ¿A dónde irse si no tengo educación para cuidar vacas o hacer crecer los campos? Y aunque la tuviera, la gente allá afuera de la ciudad pasa diez, veinte, treinta años de su vida intentando sacar a flote sus micro changarros y con suerte, algunas veces, el emprendimiento les ha dado para comprar un litro de leche.

 ¿Por qué se sigue permitiendo tanta centralización en la Ciudad de México, tanta desigualdad?