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Piensos entre la traición y el humanismo

Piensos entre la traición y el humanismo

Por Bastian Bilá

El olor a café recién hecho y a pan tostado inundaba la cocina de la abuela Elena. Afuera, la lluvia de la tarde golpeaba suavemente la ventana. Sofía, de doce años, miraba la pantalla de su teléfono con el ceño fruncido, leyendo una noticia sobre la enésima crisis económica y las protestas en la televisión.
—Abuela —preguntó Sofía, dejando el teléfono sobre la mesa—, ¿por qué parece que en América Latina siempre estamos en crisis? ¿Por qué siempre hay tanta violencia o presidentes que caen? ¿Es que nunca vamos a estar bien?
Elena dejó su taza de porcelana con cuidado. Miró las manos de su nieta, tan jóvenes y llenas de futuro, y luego sus propias manos, arrugadas por el tiempo y la memoria. Suspiró profundamente. Sabía que tarde o temprano llegaría esa pregunta.
—Siéntate cerca, mi niña —dijo Elena, acomodándose el chal—. Para entender por qué nuestra tierra duele tanto hoy, tienes que entender que muchas de nuestras heridas no nos las hicimos nosotros mismos. Nos las impusieron desde el norte.
Sofía la miró con curiosidad, acercando su silla.
—Hace muchas décadas, cuando yo era apenas una muchacha, un fantasma recorrió nuestro continente —comenzó la abuela, con la voz grave pero firme—. Tenía tres letras, la CIA. La Agencia de Inteligencia de los Estados Unidos. Ellos decidieron que América Latina era su "patio trasero" y que no podíamos elegir nuestro propio destino.
—¿La CIA? ¿Como la de las películas de espías? —preguntó Sofía, abriendo los ojos.
—Ojalá fuera solo ficción, Sofi. En la realidad, sembraron terror. Todo empezó cuando derrocaron a presidentes democráticos solo porque querían defender nuestras tierras y recursos. En 1954, en Guatemala, le quitaron el poder a un presidente que quería darle tierras a los campesinos, solo para proteger los intereses de una empresa frutera estadounidense.
Dejaron al país en una guerra civil que duró décadas.
 La abuela tomó un sorbo de café, como buscando fuerzas para continuar.
—Pero lo peor vino en los años 70. Los gringos financiaron el Plan Cóndor. Fue una red de terror entre varias dictaduras militares. En Chile, ayudaron a derrocar a Salvador Allende para poner a Pinochet; en Argentina, en Uruguay... y aquí mismo. La CIA entrenaba a los militares en técnicas de tortura y desaparición. En esos años, miles de jóvenes como tú, estudiantes, poetas, maestros, simplemente desaparecieron de la noche a la mañana. Sus madres aún los buscan.
 Sofía sintió un escalofrío. La calidez de la cocina parecía haberse disipado un poco.
—Pero abuela... eso pasó hace mucho tiempo. ¿Qué tiene que ver con lo que vivimos hoy?
Elena tomó la mano de su nieta y la apretó con ternura.
—Tiene todo que ver, mi amor. Las consecuencias de esas atrocidades son las cicatrices que cargamos hoy.

—La destrucción institucional,

la violencia heredada,

la pobreza estructural—

La cocina quedó en silencio por un momento, roto solo por el sonido de la lluvia. Sofía miró la noticia en su teléfono con otros ojos. Ya no veía solo "caos", veía una larga cadena de causas y efectos.
—Entonces... ¿estamos condenados a sufrir por culpa de lo que ellos hicieron? —preguntó Sofía, con una pizca de tristeza en los ojos.
Elena sonrió con una inmensa dulzura y le acarició la mejilla.
—No, mi niña. Ellos sembraron miedo, pero olvidaron que somos semillas. Conocer esta historia no es para llenarse de odio, sino para entender. La memoria es nuestra mayor defensa.
El día que todos los jóvenes de América Latina entiendan de dónde vienen nuestras
verdaderas crisis, dejarán de creer que somos un continente inferior. Solo sabiendo la verdad podremos, finalmente, construir un futuro que sea verdaderamente nuestro.
Sofía abrazó a su abuela, sintiendo el calor de su sabiduría. El mundo afuera seguía siendo complicado, pero ahora tenía una linterna para caminar en la oscuridad, la memoria.


§
 

Es verdaderamente fascinante observar cómo la derecha mexicana contemporánea, atrapada en sus eternas contradicciones de clase, intenta reescribir el diccionario de la ciencia política moderna. Vimos un espectáculo cómico-mágico-musical donde el burdo entreguismo colonial se disfraza de "diplomacia pragmática", y donde la rendición de cuentas ante la ley pretende transformarse, por obra y gracia del marketing político, en una sofisticada "persecución política".

El caso de María Eugenia "Maru" Campos en Chihuahua es digno de un estudio de caso sobre lo que Frantz Fanon describía como la alienación del colonizado, ese deseo vehemente de las élites periféricas por congraciarse con el metrópoli, incluso a expensas de la soberanía de su propio pueblo. Mientras la Constitución mexicana establece con claridad los límites de la intervención extranjera, la gestión chihuahuense ha decidido abrir las puertas de par en par a las agencias estadounidenses (particularmente de corte de seguridad e inteligencia),
permitiéndoles operar con una laxitud que es ilegal y que, en términos claros, no es otra cosa que la subordinación del aparato coercitivo local a los intereses del capital transnacional y el imperialismo norteamericano.

El Estado burgués opera a menudo como el comité de administración de los asuntos comunes de la burguesía. En Chihuahua, ese comité ha decidido que su mejor socio comercial y policial es el vecino del norte, desmantelando el tejido comunitario bajo el dogma de la militarización y la seguridad punitiva. Pero lo verdaderamente inorgánico —por no decir patético— es el intento posterior de capitalizar esta entrega. Cuando la terca realidad y los marcos legales señalan lo evidente —que permitir la injerencia extranjera sin el andamiaje constitucional es, llanamente,
una traición a la patria—, la narrativa oficial estatal muta instantáneamente. De la noche a la mañana, la evidente transgresión soberana se reviste de "martirio democrático". Es el viejo truco burgués de privatizar las ganancias políticas de la sumisión y colectivizar el victimismo cuando la ley llama a la puerta.

La soberanía no se negocia, se ejerce, y el espacio público no es una mercancía para el mejor postor extranjero, sino el sustrato donde se construye la vida común.

Afortunadamente, el atlas político de México nos ofrece un contraejemplo geográfico e ideológico radical a este entreguismo neoliberal. Cruzando el mapa hacia el centro del país, el proyecto que encabeza Clara Brugada en la Ciudad de México camina en una dirección diametralmente opuesta, enraizado en el Humanismo Mexicano y en un profundo sentido comunitarista.

Frente a la distopía chihuahuense del sálvese quien pueda y el control policial importado, Brugada ha materializado el concepto de la reapropiación del espacio público a través de las UTOPÍAS (Unidades de Transformación y Organización para la Inclusión y la Armonía Social).
Si David Harvey argumenta con brillantez que el "derecho a la ciudad" es el derecho a cambiar el entorno urbano según nuestros deseos colectivos más profundos, las UTOPÍAS son la praxis viva de esa teoría. No son simples parques o centros deportivos; son trincheras de resistencia cultural y social contra la atomización mercantil del capitalismo tardío.

La diferencia de visiones entre ambos proyectos no es un mero matiz de estilo, es una frontera ideológica insalvable que se puede contrastar de manera directa.

El pilar fundamental del proyecto de Brugada reside en la implementación del Sistema de Cuidados. Históricamente, el capitalismo ha sobrevivido gracias a la explotación invisibilizada del trabajo doméstico y de cuidados, realizado casi exclusivamente por mujeres. Silvia Federici lo dejó claro: lo que llaman amor es, en realidad, trabajo no pagado que sostiene la fuerza laboral del sistema.

El modelo de cuidados chilango rompe esta lógica al colectivizar e institucionalizar estas tareas (lavanderías públicas, comedores comunitarios, centros de desarrollo infantil), devolviéndole la dignidad a las mayorías y convirtiendo el bienestar en un derecho comunitario, no en un servicio que se compra en el mercado. Es el tránsito de los "territorios de exclusión" a los Territorios de Paz, donde la seguridad no se mide por el número de agentes extranjeros patrullando las calles, sino por el acceso a la cultura, la equidad de género y la cohesión comunitaria.

Mientras la derecha sigue buscando en Washington la validación de sus privilegios y el perdón de sus traiciones, la izquierda camina demostrando que la verdadera política se hace desde abajo, con el pueblo y para la comunidad. La historia, que suele ser muy poco sarcástica con los entreguistas, terminará por poner cada proyecto en su lugar, a los traidores en el rincón de la irrelevancia jurídica, y a las utopías en el centro de la dignidad nacional.