Hace unos días el oligarca billonario, Elon Musk, presentó un auto Tesla Roadster modificado con propulsores de gas frío, los cuales le permitieron dar saltos cortos y hacer acrobacias aéreas en un entorno controlado dentro de las instalaciones de la empresa. Y aunque el coche: ni es volador, ni puede salir a las carreteras, ni cualquier persona puede adquirirlo; avivó el fetichismo tecnológico y la figura de Musk como un innovador, como si esa adaptación tecnológica fuera un momento como el lanzamiento del Sputnik, pero que sólo una empresa puede ofrecer.
Este espectáculo se acompañó de publicaciones, memes y otros formatos de contenido, especialmente en la plataforma de Musk, cuyas legiones de troles y fans no tardaron en politizar el tema y usarlo en contextos como en el caso mexicano, comparando al Roadster con Olinia, la apuesta automotriz de la presidenta Sheinbaum, sugiriendo que sólo la derecha puede ofrecer innovación y productos de tecnología de punta.
Más allá de la infantilidad y el fanatismo de quienes idealizaron el nuevo Tesla y minimizaron a Olinia, este caso es ilustrativo de diversas cuestiones tecnopolíticas de nuestros tiempos que son urgentes de discutir o, al menos, plantear en el debate público. Desde el fetichismo tecnológico, hasta el control social: hoy más que nunca debemos de ver la tecnología que nos rodea más allá de los beneficios prácticos que nos trae; especialmente en su dimensión política, ya que de ello dependerán parte de nuestros derechos, riesgos y controles en el futuro.
El apunte crítico más extendido de la comparación entre el Tesla Roadster y Olinia es ¿tecnología para qué y para quién? Y es que el Tesla puede leerse de dos maneras, ¿qué persigue Musk al dar al conocer este prototipo? Y ¿qué innovación y utilidad tiene el Tesla Roadster, especialmente en su modificación de propulsión (Rocket)? Lo mismo pasa para Olinia, aunque la presidenta Sheinbaum ya ha hablado de ello.
Mientras que los porqués en el objetivo de Olinia tienen una dimensión estatal (el fomento de la industria tecnológica nacional), así como social (mejorar la movilidad de las personas a un costo asequible); el Roadster de Musk, un producto casi con una década de retraso y cuya producción masiva aún no es segura para para 2028, tiene por objeto impactar la valoración de las acciones de Tesla, mostrar la cooperación tecnológica interempresarial y evaluar una posible fusión empresarial (SpaceX + Tesla) que tienda a los mega monopolios.
Y aunque el Roadster trae consigo innovación tecnológica en ámbitos como los propulsores o el sistema de succión, ésta se encuentra ligada a la propiedad intelectual y otros aspectos privados. Además, resulta ilógico comparar la capacidad de innovación de dos industrias que se encuentran en momentos y con capacidades profundamente diferentes; mientras que el presupuesto detrás de Olinia es de 25 millones de pesos y con una meta de capitalización de mil millones de pesos, Tesla moviliza decenas de miles de millones de dólares en inversión de capital.
¿Esto confirma que el Estado es ineficiente e incapaz de producir tecnología e innovaciones? En absoluto, esto confirma que nos encontramos en un sistema profundamente impactado por el neoliberalismo, el cual mermó las capacidades productivas del Estado bajo una ideología que beneficia bastante a un sector mínimo de la población, así como a intereses extranjeros.
Por otro lado, de fondo también se encuentra una de las trampas del discurso innovador de la actualidad; y es que no todos los Estados y todas las empresas pueden y tienen que competir en desarrollar tecnología de punta o tecnología de frontera, ya que esto no sólo sería ilógico en cuanto a costo-beneficio, sino que resulta un error estratégico en múltiples niveles.
Esto nos lleva al terreno de la tecnología como política de Estado, ya que parece que México ha entendido que la competencia del país no debe ser exactamente contra las grandes empresas y poderes internacionales, sino aprovechando sus mecánicas de producción, implementación y uso de la tecnología. Y es que por más autarquía tecnológica que se persiga, aún existirán áreas de oportunidad para países que no son grandes potencias en apostar por la producción de tecnología y servicios tecnológicos de segundo o tercer orden como manera de especialización, sobre todo para el corto y mediano plazo.
Además, la cuestión en el mundo real no es tan maniquea, y no es en absoluto técnica; no se trata de Estado o Empresa o de una competencia de a ver quién innova más, sino que se trata de quién dirige qué; con qué fin; quién se beneficia y a qué tipo de sociedad apunta. Ni Tesla ni Olinia tienen únicamente participación estatal o privada y no la tendrán; sucede lo mismo entre China y EUA, la cuestión de fondo es el modelo político que la sostiene, así como al tipo de sociedad a la que aspira.
El Roadster es un dispositivo de producción de valor financiero y de posicionamiento corporativo: su función no es transportar personas, sino reordenar expectativas de fusión y valoración accionaria. Olinia es un dispositivo de producción de capacidades estatales y sociales: su función no es competir en el mercado de hiperautos, sino demostrar que el Estado mexicano puede articular diseño, ingeniería y manufactura en torno a una demanda real de movilidad asequible. El error no está en elegir uno u otro parámetro, sino en aplicar al segundo el criterio del primero.
La pregunta tecnopolítica urgente no es si Olinia “alcanza” a Tesla, sino si el arreglo institucional que hace posible Olinia —capital público, diseño universitario, meta de capitalización privada con límites a la inversión extranjera— puede reproducirse y escalar hacia otros eslabones tecnológicos donde México ya tiene capacidades demostradas, como el diseño de semiconductores avanzados o la manufactura de dispositivos médicos y otras tecnologías.