Giuseppe Pellizza da Volpedo pintó entre 1898 y 1901 el cuadro “Il quarto stato” para retratar los conflictos sociales tras la unificación de Italia, un periodo que estuvo marcado por la desigualdad y la pobreza que propició el surgimiento del movimiento obrero en la región. Volpedo pintó un grupo de trabajadores que avanza hacia el espectador sin correr ni levantar armas, pintó a un grupo que camina. Al frente, un hombre parece marcar el paso junto a su mujer que lleva a un niño en brazos dejando atrás a una multitud que se convierte en horizonte. Volpedo no pintó a un héroe solitario, no, sino a un grupo de gente que decidió organizarse.
Ha pasado más de un siglo de que esa pintura se haya hecho, de los motivos que la produjo; sin embargo, parece una escena actual. En distintos países, las multitudes han vuelto a las calles para reclamar algo que debería ser elemental, el derecho a vivir con dignidad.
No debería sorprendernos que hayan sido, precisamente, los jóvenes los que lo hayan hecho.
Durante años hemos dicho que son esos mismos los que habían perdido el interés por la política, que estaban demasiado ocupados en sus móviles, que ya no creían en nada. Los hemos llamado “generación perdida”, les hemos reprochado su impaciencia, su desconfianza, su falta de rebeldía, su indiferencia sin pararnos a entenderlos, a escucharlos, para descubrir que no es que no tuvieran nada por lo que luchar, sino que se habían desencantado con las instituciones, con nosotros, con nuestra lucha.
Basta sentarse a hablar con ellos, a escuchar sus opiniones sobre la vivienda, el empleo y el futuro que les espera (que les hemos construido) para comenzar a entender el problema. Forman parte de una generación que, a pesar de trabajar, no puede independizarse, que destinan la mayor parte de su salario al alquiler de unas viviendas cada vez más precarias, que terminan los estudios sin saber cuándo les llegará una oportunidad estable, que nos gritan que la vida se les ha convertido en una carrera de obstáculos y, encima, no les entendemos, no les escuchamos.
Pero ellos no se rinden.
Con la belleza de la llama de su juventud se organizan, protestan y reclaman derechos. No todos salen a la calle por las mismas razones ni todos buscan las mismas soluciones. Algunos se movilizan por la vivienda, otros, por la educación, la igualdad, los servicios públicos o las libertades civiles. Los hay que desconfían de los partidos y los hay que militan en ellos porque la respuesta a este despropósito no cabe en el enfrentamiento entre la izquierda y la derecha. Sabemos de sobra que la maquinaria de los partidos necesita crear sus adversarios y sus relatos; pero la vida cotidiana (o todo lo que sucede mientras ellos hacen propaganda desde los miles que supone su salario), suele ser una realidad bastante menos ordenada: el alquiler que vence cada mes, las facturas que se acumulan sin pagar, la necesidad de emigrar al no encontrar oportunidades en sus lugares de origen, la falta de trabajo que no espera a que termine la campaña electoral, una sociedad que los etiqueta por su apariencia, la crueldad de convertir el hambre en vergüenza.
Los vemos y no los reconocemos, pero son nuestros hijos: los hijos de los nadie (E. Galeano), los hijos de los de abajo (M. Azuela), los hijos de los proletarios (K. Marx). Nuestros hijos. Nuestros, como nuestras deberíamos hacer sus luchas, sus voces cuando preguntan (como preguntamos nosotros no hace tanto tiempo), quién tiene derecho a vivir bien y quién debe conformarse con sobrevivir, quién tiene derecho a seguir viviendo en su tierra sin tener que emigrar a otro lugar, quién tiene derecho a estudiar y quién debe sacrificar su vida para ayudar a su familia.
Nuestros hijos. Ellos.
Los hijos incómodos, los que están buscando derribar privilegios que, aun hoy, parecen eternos; los que han heredado los problemas que no logró resolver nuestra generación y, que, al hacerse cargo, nos terminan obligando a prestar atención (o a indignarnos) a sabiendas de que eso, por sí solo, no les garantiza justicia. Mientras nosotros, vehementes, les recordamos que las urnas importan, que las instituciones importan; sin embargo, sabemos que la democracia se agota el día de las elecciones y que solo es esa llama que les arde en la mitad del pecho lo que volverá a exigir que las promesas se traduzcan en condiciones de vida concretas, que sea así para todos.
Así que sí, los hijos de los nadie han vuelto a las calles para recordarnos que, cuando nos organizamos, hasta el horizonte deja de parecer un lugar al que nunca se podrá llegar.