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Los hijos de la II República en México

Los hijos de la II República en México

Por Nieves R. Méndez

Hace noventa años, el 18 de julio de 1936, un golpe militar contra la II República española desembocó en uno de los conflictos más relevantes (por ser antesala de la II Guerra Mundial) de la Historia europea, la Guerra Civil. Un conflicto entre hermanos que desmantelaba un proyecto democrático que había impulsado la educación pública, la ampliación de derechos civiles, la reforma agraria, el sufragio femenino y la separación entre Estado e Iglesia para dar paso a casi cuatro décadas de dictadura, represión y exilio.

Mientras Europa observaba el conflicto con indiferencia, el gobierno del presidente Lázaro Cárdenas mantuvo un respaldo firme a la II República y abrió las puertas del país a miles de refugiados. Este gesto, coordinado por su esposa Amalia Solórzano a través del Comité de Ayuda al Pueblo Español, comenzó con la evacuación en junio de 1937 de casi quinientos niños españoles que desembarcaron en Veracruz huyendo de los bombardeos. Este traslado, entendido como provisional, se basó en el compromiso del gobierno cardenista para educar a los niños hasta que la paz permitiera su regreso aunque para muchos de ellos, el viaje significó una despedida definitiva de España. 

Aquella expedición anticipó lo que ocurriría dos años después, en el invierno de 1939, cuando, tras la caída de Cataluña, cientos de miles de republicanos cruzaron la frontera francesa para acabar hacinados en improvisados campos de concentración como Argelès-sur-Mer o Saint-Cyprien. Desde allí partirían algunos de los barcos más emblemáticos del exilio: el Sinaia, que llegó a Veracruz el 13 de junio de 1939; el Ipanema, apenas unas semanas después; y el Mexique. En total, cerca de veinte mil republicanos encontraron refugio en México entre 1939 y 1942. Llegaron con unas pocas pertenencias, convencidos de que el exilio sería breve y de que regresarían a una España liberada tras la derrota de los fascismos europeos.
Se equivocaron. 

Muchos de ellos nunca pudieron regresar y, sin embargo, la imposibilidad del retorno no los condenó, sino que los impulsó hacia la transformación del desarraigo en una obra viva. En mucho debido al reconocimiento del presidente Cárdenas hacia aquellos hombres y mujeres, en cuyas manos comprendió que viajaba una parte sustancial del patrimonio intelectual español. Profesores universitarios, médicos, ingenieros, científicos, escritores, artistas y juristas llegaron con ganas de reconstruir su vida y de contribuir al desarrollo del país que los acogía. En 1938, incluso antes del final de la guerra, fundaron la Casa de España, impulsada por Alfonso Reyes y Daniel Cosío Villegas con el apoyo decidido del presidente. Aquella institución, concebida en un inicio como refugio temporal para académicos españoles, acabaría convirtiéndose en El Colegio de México, una de las instituciones universitarias más prestigiosas del país.

Entre sus primeros profesores se encontraba José Gaos, discípulo de José Ortega y Gasset. quien transformó la enseñanza de la filosofía en México. Sus traducciones de Heidegger y de otros pensadores alemanes marcaron durante décadas la formación filosófica de miles de estudiantes mexicanos. Otro de los grandes nombres fue Adolfo Sánchez Vázquez quien, llegado con apenas veinticuatro años, acabó convirtiéndose en uno de los filósofos marxistas más influyentes del mundo hispánico asociado a la Universidad Nacional Autónoma de México desde donde renovó la reflexión ética y política de varias generaciones.

Podríamos citar también la importancia de otros exiliados tan relevantes como el poeta Luis Cernuda, integrante de la Generación del 27, que trabajó como profesor universitario; la filósofa María Zambrano; el pintor y cartelista Josep Renau, responsable de la propaganda gráfica de la República durante la guerra, quien encontró en México un terreno fértil para continuar su carrera desarrollando una intensa producción mural y fotomontajística, participando de forma activa
en el debate artístico y estableciendo puentes entre las vanguardias europeas y el muralismo revolucionario; el cineasta Luis Buñuel que alcanzó en México la plenitud de su carrera con películas como “Los olvidados”, “Él” o “Ensayo de un crimen”; o Ramón Xirau quien, habiendo llegado adolescente, desarrolló toda su carrera en México hasta convertirse en uno de los principales ensayistas, críticos literarios y poetas del país.

La resiliencia de una generación que sobrevivió a la guerra superó también los obstáculos nacionales que se cernían aun entre los discursos hispanófilos/hispanofóbicos sobre los que se habían asentado las bases de la construcción nacional obregonista posrevolucionaria. Parte de la prensa conservadora los calificó de comunistas, aventureros o competidores laborales en un país que todavía sufría profundas desigualdades sociales. Sin embargo, el tiempo terminó imponiendo otra lectura. Lejos de constituir una carga, aquella comunidad se integró y participó en la construcción de la universidad moderna, de la investigación científica, del sistema editorial y de la vida artística mexicana.

Se han cumplido noventa años de aquel 18 de julio de 1936 y la memoria del exilio nos sigue recordando que, a pesar de que España perdiera una parte irreemplazable de su capital humano, fue la solidaridad entre los pueblos la que creó un puente que ha enriquecido notablemente la cultura de ambos países demostrando que la patria también puede sobrevivir en el idioma, en el conocimiento y en la voluntad compartida de quienes se niegan a permitir que la derrota tenga la última palabra.