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  • hace 23 horas
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La batalla cultural en redes

La batalla cultural en redes

Por Erick Reyes

En los últimos meses, se ha vuelto una constante conocer a un mayor número de jóvenes que se perciben abiertamente como de “centro-derecha” o “derecha”. Al principio, esto podría parecer un síntoma natural de la pluralidad democrática. Sin embargo, la preocupación surge al escuchar cómo discursos que antes velaban por los derechos de las minorías hoy son abiertamente cuestionados, atacados o percibidos como una amenaza que supuestamente reduce los privilegios de las “mayorías”. No se trata de una percepción aislada o una simple anécdota; los datos globales lo confirman.

De acuerdo con el estudio global de Ipsos (2024), ante la afirmación de si la promoción de la igualdad de la mujer ha ido tan lejos que está discriminando a los hombres, el 59% de la población encuestada en México coincide con esta postura. El fenómeno adquiere un sesgo de género y edad a nivel mundial: el 57% de los hombres millennials y el 60% de los hombres de la Generación Z comparten este sentimiento de agravio y desplazamiento. Estamos ante una brecha generacional donde los hombres jóvenes están adoptando posturas crecientemente conservadoras en cuestiones de equidad; un patrón que se repite bajo distintas modalidades a nivel internacional.

Antonio Gramsci denominaría este fenómeno como una fractura en la “hegemonía 
cultural”. Durante décadas, las fuerzas de izquierda dominaron los espacios de las 
universidades públicas, dictaron la agenda en torno a la perspectiva de género, la reducción de la desigualdad y la fiscalización del poder. La izquierda ganaba la narrativa en el cine de crítica social, en la música de protesta y tenía una incidencia importante en los medios de comunicación, lo que obligaba a la derecha a competir débilmente en esta área y a limitarse a disputar el control estatal y económico, mientras perdía irremediablemente el relato cultural. Hoy, ese paradigma está en crisis; la derecha no solo busca competir en las urnas, sino que ha aprendido a dominar la arena política más importante de nuestra era: las redes sociales.

Este éxito en internet no se ha logrado con las campañas políticas de siempre, sino con una forma de publicar muy diferente llamada shitposting. Para entenderlo, pensemos en cómo han cambiado los memes. Mientras un meme normal te hace reír con un chiste claro y directo, el shitpost apuesta por lo absurdo, lo exagerado y por cosas que no tienen sentido a primera vista. Pensemos, por ejemplo, en una imagen mal editada de alguna caricatura, por ejemplo de Bob Esponja vestido de militar, totalmente fuera de su caricatura, con una frase: “Si gana la izquierda, pierde mi familia”. La imagen no tiene ninguna lógica ni argumentos serios, pero precisamente por eso funciona: quita del camino las discusiones importantes y 
las cambia por pura burla y emociones.

Definido como una práctica discursiva que lanza contenido intencionalmente absurdo o "sin sentido" para desviar o entorpecer el debate público, el shitposting ha sido adoptado con maestría por la nueva derecha global.

Como bien señala el académico Peter Woods (2023), el shitposting opera como una forma de "pedagogía pública" capaz de moldear identidades y crear comunidades informales en internet. Al utilizar la ironía y el humor negro, los movimientos de la llamada alt-right estadounidense y las derechas del mundo han logrado generar una "turbulencia educativa" en los jóvenes. Su estrategia pedagógica consiste en vaciar de significado los discursos progresistas y empaquetar los valores de la equidad o lo "políticamente correcto" como si fueran el dogma rígido y aburrido de un establishment al que hay que rebelarse. Así, la sumisión o el regreso a roles tradicionales se disfrazan falsamente de un acto de rebeldía juvenil.

El caso mexicano y el contexto latinoamericano no son ajenos a esta estrategia. Figuras de la derecha radical como Javier Milei en Argentina o Nayib Bukele en El Salvador han capitalizado con éxito esta estética del troleo y el uso estratégico del humor para conectar directamente con las frustraciones materiales de la juventud. En nuestro país, se demuestra día con día que el terreno es fértil. Se han visto estrategias coordinadas de shitposting para criticar a la izquierda, a los grupos feministas y a los sectores progresistas. Ejemplos de ello son el uso despectivo de términos como “feminazis”, la burla hacia la “inclusión forzada” o la “ideología de género”, la mofa constante a través de etiquetas como “progre” o “chairo”, el uso punitivo de la categoría “generación de cristal”, o la acción coordinada en contra de los libros de texto gratuitos y la inclusión de apartados donde se visibiliza a grupos no reconocidos previamente.

Ante este panorama, habrá quienes argumenten que se trata simplemente de "humor de internet", chistes inofensivos o dinámicas de redes que no tienen un impacto real en las instituciones democráticas. Sostendrán que la verdadera política se hace en las calles y en las urnas, y que otorgarle tanto peso analítico a un meme o a un video satírico es una exageración teórica que sobreestima el poder de las plataformas digitales.

Sin embargo, no podemos ignorar la intencionalidad política del shitposting; es un error de diagnóstico que está permitiendo que, de manera sutil, la derecha empiece a dominar la hegemonía cultural. Cuando una postura estética se masifica, captura el discurso público y redefine lo que los jóvenes —y la población en general— normalizan, deja de ser un asunto privado para convertirse en una plataforma de acción inminente. 

La disputa actual trasciende por completo las urnas; es una batalla cultural por el sentido mismo de la libertad y la igualdad. Si las fuerzas democráticas y progresistas no aprenden a descifrar y disputar el lenguaje digital de las nuevas generaciones, seguiremos siendo testigos mudos de cómo la máquina de la tradición reescribe el futuro en favor de la desigualdad