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El dictador en el espejo: El reflejo Somoza-Ortega

El dictador en el espejo: El reflejo Somoza-Ortega

Por Héctor Adolfo Quintanar Pérez

Daniel Ortega, el otrora guerrillero nicaragüense cuyos esfuerzos militares y cuya lucha popular, junto a sus compañeros sandinistas, logró la huida cobarde del dictador centroamericano Anastasio Somoza hacia la segunda década del siglo pasado. Hoy, a más de 40 años de la culminación de su empresa guerrillera, se ha desvanecido en un presidente errático, autoritario y tan reducido políticamente hablando que sus acciones, en consecuencia, se vuelcan hacia la represión estudiantil, la reducción de derechos y una eterna reelección, en las que nos es imposible no advertir las similitudes con el régimen dictatorial del general vencido. En su afán de perpetuarse en el poder, el mandatario ha optado por el ostracismo político y el nacionalismo abyecto, orillando a Nicaragua a ser un Estado paria donde se desconfía de los aliados, se vulnera a los propios y, sin duda, se conforma ahora el caldo de cultivo perfecto para una posible injerencia estadounidense tras la propuesta del mismo mandatario de impedir a los partidos políticos opositores presentarse a elecciones. El dictador y enemigo del pasado, en su tumba, seguro se encuentra sorprendido y quizá hasta orgulloso de la movida.

Anastasio Somoza Debayle fue asesinado en el año de 1979 en las calles de la capital paraguaya por un comando sandinista tras haber huido luego de la toma del poder por parte del ejército guerrillero y la disolución del gobierno militar. Su mandato dinástico —al igual que los de su padre, Anastasio Somoza García, y su hermano, Luis Somoza Debayle, quienes también gobernaron el país conformando el famoso régimen de "la familia Somoza"— fue caracterizado por llevar una mano dura contra los opositores políticos, así como por enriquecerse ilícitamente con los recursos de la nación a través de las instituciones nacionales, usadas como si fueran de su propiedad, llegando incluso a sentirse dueños del territorio, tal como su padre mencionó con la cínica y célebre frase: "Yo solo tengo una hacienda y se llama Nicaragua". Del mismo modo, uno de sus sellos particulares fue el cobijo de Estados Unidos, al que permitieron mantener una influencia económica directa a cambio de preservar sus intereses en la región, incluida la lucha contra el comunismo imperante en la segunda mitad del siglo XX.

El régimen militar impuesto por la dinastía infringió toda una serie de violaciones a los derechos humanos y ocasionó diversas revueltas que culminaron, precisamente, luego de tres generaciones de abusos, con la revolución sandinista a cargo del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), una organización político-guerrillera de corte marxista, demócrata y de izquierda, donde uno de sus líderes y participantes más eminentes y representativos era un joven Daniel Ortega, por entonces estudiante de derecho y férreo opositor a la dictadura familiar, al grado de pasar una temporada tras las rejas luego de un atentado a un banco. Su paso por el poder ha tenido diferentes etapas. Una vez culminado el movimiento, logró posicionarse en las esferas políticas ocupando el puesto de miembro de la Junta de Gobierno, candidato opositor y, posteriormente, presidente de su país desde el año 2007, donde suma más de 30 años en la silla presidencial, 19 de manera ininterrumpida… y va por más.

Al fiel estilo de la familia Somoza, Ortega ha incluido a su familia dentro del corpus gubernamental más cercano y, por supuesto, poderoso. Su esposa, la traductora y también exguerrillera Rosario Murillo, funge desde el año pasado como copresidenta del país, una figura sin precedentes en el marco de la legalidad y/o la política latinoamericana, donde usualmente los compañeros o parejas de los mandatarios suelen tener cargos simbólicos como el de primera dama. Este caso es inusualmente similar al del inquietante Javier Milei en Argentina, quien colocó a su hermana, Karina Milei, tras no tener una pareja sentimental, como secretaria general de la Presidencia del país sudamericano.

Aunque la comparativa puede resultar sosa o aburrida, el dato nunca es inútil. Ortega ha utilizado en sus últimos dos periodos gubernamentales las mismas estrategias de intimidación, represión y autoritarismo usadas por su par y enemigo directo, a quien combatió de manera férrea hasta su caída y posterior asesinato. En el año 2018 hubo diversas protestas estudiantiles y conmoción social debido a las políticas emprendidas por el mandatario, quien desde hace muchos años no goza de la simpatía popular, pero sí del poder militar y político, además de haber perseguido a prácticamente toda la oposición democrática de su país. Las protestas del año 2018 fueron monumentales y duraron varios meses. Estudiantes y trabajadores se unieron pese a la violencia ejercida por la policía y la represión, logrando atraer la atención mediática internacional, motivo por el cual ahora no está permitido el ingreso al país de periodistas extranjeros, so pena de expulsión, además de que se registraron decenas de muertes y desapariciones, según organismos internacionales.

Ahora mismo, el régimen orteguista se encuentra en una nueva polémica tras las declaraciones del mandatario, donde expresa la idea de prohibir a los partidos opositores presentarse a elecciones. Aunque el presidente de la Asamblea, Gustavo Porra, ha salido a aclarar que no se trata de limitar a la oposición, sino de evitar una injerencia extranjera, específicamente de Estados Unidos, este punto ya fue rebasado y ahora, desafortunadamente, solo puso sobre Nicaragua la atención y el radar de Washington en en suelo centroamericano.