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  • 22 Aug 2025
  • 15:08
  • SPR Informa 6 min

La traición de la memoria: ser LGBT y abrazar a la derecha

La traición de la memoria: ser LGBT y abrazar a la derecha

Por Charlie Dos Veces López

Existe una paradoja tan profunda como dolorosa que recorre, silenciosa a veces y estridente otras, ciertos sectores de la diversidad sexual y de género, en México y el mundo, la de abrazar las banderas políticas de quienes históricamente han levantado muros contra su propia dignidad. Y es que digámoslo así; ser una persona LGBTI y militar en las filas de la derecha conservadora no es solo un acto de incongruencia política; es, en su esencia más pura, un acto de traición. Una traición a la memoria de quienes lucharon antes que nosotros, a la dignidad humana que se pretende universal, y, de la manera más trágica, una traición hacia sí mismos. Es el triunfo último de la ilusión sobre la realidad, donde el deseo de pertenecer a un sistema que te desprecia en privado pero te usa en público, nubla el juicio y entierra la conciencia.

¿Qué puede ofrecerle realmente un partido de derecha, de corte abiertamente conservador, a una persona LGBTI? La respuesta, despojada de toda retórica, es cruda: nada sustancial. No puede ofrecerle avances genuinos en derechos, porque su base ideológica se sustenta en la preservación de un statu quo que nos excluye. No puede ofrele seguridad frente a los discursos de odio que, con frecuencia, ellos mismos alimentan desde tribunas y pulpitos. Lo único que puede ofrecer es una ilusión. La ilusión de ascender socialmente, de mimetizarse con una clase privilegiada que percibe los derechos como un juego de suma cero, donde si alguien gana, otro pierde. Es la fantasía de que, por proximidad al poder, uno se vuelve inmune a la discriminación que ese mismo poder fomenta. Se convierte en el token, en la excepción que confirma la regla, en la persona LGBTI que usan para lavar una imagen mientras las políticas que se promueven niegan la humanidad de sus iguales. Es aspirar a formar parte de un sector con privilegios, sin tenerlos jamás, sino solo creyendo, o fingiendo creer, que los tienen.

Esta contradicción ha encontrado un espacio grotesco para materializarse en el panorama político mexicano. El partido que con más saña y consistencia ha atentado contra los derechos humanos de las personas LGBTI, que ha bloqueado reformas, que ha difundido discursos homofóbicos y transfóbicos desde sus filas, acaba de inaugurar una supuesta Secretaría de la Diversidad. El gesto, lejos de ser un avance, es una burla cínica. Pero detrás de la fachada de inclusión oportuna se esconde un trasfondo mucho más peligroso y calculado. No se trata de una conversión ideológica; se trata de una estrategia de mercado electoral. Es el reconocimiento pragmático de un sector de la población que vota y que, para sorpresa de muchos, puede ser cooptado mediante el halago de una identidad vaciada de su contenido político liberador.

El espejo de esta peligrosa operación lo tenemos en España, con las y los LGBT que militan en el partido ultraconservador Vox. Estas personas no son aliadas del movimiento por los derechos civiles, sino todo lo contrario. Desde sus orientaciones sexuales e identidades de género, prestan su voz y su imagen para argumentar que no se necesitan leyes contra la discriminación, que la “ideología de género” es una amenaza, y que la lucha LGBTI ha buscado privilegios y no igualdad. Su existencia se convierte en la herramienta que utiliza el opresor para golpear a su propio grupo, validando la opresión desde dentro. Su traición es doble: a la memoria de la lucha por los derechos de las personas LGBTI y a sí mismos, al internalizar el discurso de que su humanidad es un “privilegio” y no un derecho fundamental.

Volviendo a México, esta nueva Secretaría no busca al activista que marcha gritando consignas de justicia. No pretende captar a quien exige el respeto a los derechos humanos más básicos. Su objetivo es otro. Busca capitalizar y organizar a ese sector de la diversidad sexual y de género que, curiosamente, suele ser el más clasista, racista, xenófobo, edadista y gordofóbico. Es el sector que ya votaba por la derecha, no a pesar de su homofobia, sino porque comparte con ella otros valores: el individualismo feroz, el desprecio por los programas sociales, la aversión a las políticas que buscan remediar injusticias históricas contra los grupos más desfavorecidos. Para estas personas, su identidad LGBTI es secundaria a su aspiración de clase y a su deseo de distanciarse de “lo pobre”, “lo indígena”, “lo marginal”. La derecha les ofrece un trato perverso: “Te aceptamos como el mal menor, siempre y cuando nos ayudes a oprimir a otros como tú y a negar las políticas que podrían ayudar a los más vulnerables de los tuyos”.

Al final, esta operación política no es sobre inclusión; es sobre división. Busca fracturar la lucha LGBTI, separando a “lxs aceptables” (ricos, blancos, adinerados, con discurso moderado) de “los disruptivos” (los pobres, las personas trans, los racializados, los que exigen justicia). Es una estrategia tan antigua como efectiva: divide y vencerás. Ser LGBTI y apoyar estas maquinarias es, en esencia, vender la herencia de Stonewall por un voto. Es olvidar que los derechos que hoy se disfrutan, y que muchxs de estos individuos dan por sentado, no fueron un regalo de la clase política conservadora, sino una conquista arrancada con lucha, con sangre y con la memoria de quienes ya no están. Es traicionar esa lucha y allanar el camino para que, en el futuro, esos mismos derechos puedan ser revocados con la complicidad de quienes, habiendo estado en la comunidad, prefirieron ser amos de una casa que les niega la entrada, antes que hermanes, hermanos y hermanas en la lucha por un mundo verdaderamente igualitario.