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  • hace 2 días
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La Invasión que ya llegó: Trump y el odio como arma ideológica del Imperio

La Invasión que ya llegó: Trump y el odio como arma ideológica del Imperio

Por Charlie Dos Veces López

Desde la periferia de una ciudad que resiste, desde un cuerpo que ha aprendido a luchar contra estigmas y virus, desde una identidad que se niega a ser borrada, las noticias que llegan del norte suenan a una vieja y peligrosa canción, que no es sólo la retórica de Donald Trump contra migrantes o sus políticas de recortes a la salud pero de apoyo en aumento desmedido a la industria armamentista, que son un ataque directo a la vida de las personas con VIH. Hoy estamos presenciando los ecos de esa retórica que encuentra una potente y envalentonada resonancia, en los sectores más reaccionarios de nuestro propio país.

La agenda de Trump en materia de diversidad sexual y de género, así como su desdén por una respuesta global solidaria al VIH, no son errores o meras políticas domésticas, sino la punta de lanza de un proyecto ideológico conservador y supremacista que busca reinstalar un peligroso orden mundial basado en la exclusión, el privilegio blanco y la sumisión de los pueblos del Sur Global. Cuando desde el poder más grande del planeta se deshumaniza a las personas trans, se recortan fondos para la salud o se financian genocidios, se envía una señal clara a todos los fundamentalistas del mundo: “es su momento; son libres para agredir en nombre del odio”.

Y en México, ese mensaje ha sido recibido con entusiasmo por una minoría, que aunque políticamente no tiene una base significativa, es bastante ruidosa, porque cuenta con los espacios, los recursos y los medios para difundir sus posturas anti democráticas y anti derechos. No es casualidad que quienes hoy claman por el intervencionismo yankee, por presiones desestabilizadoras contra el gobierno emanado de la voluntad popular, sean los mismos sectores que combaten ferozmente los derechos de la diversidad sexual y de género, que se oponen a la educación con perspectiva de género, que estigmatizan a las personas que viven con VIH y que miran con desprecio clasista y racista a las mayorías morenas y precarizadas de este país, así como a las que son beneficiarias de los programas sociales de estos gobiernos de izquierda.

La tesis crucial de este entramado es que el intervencionismo imperialista del siglo XXI, en su fase trumpista, ya no requiere siempre de tanques o bombardeos. Ahora, también cuenta con un mecanismo muy eficaz, que es la guerra cultural y psicológica. Consiste en azuzar, financiar y dar cobertura ideológica global a los grupos antiderechos locales. Trump les sirve de aval, de megáfono, de sustento. Su retórica les da un vocabulario y les infunde el valor para sacar su odio disfrazado de “tradición” y lanzarlo, descarado, a la plaza pública. Saben que cuentan con el respaldo tácito, y a veces explícito, de una corriente de poder mundial.

Por eso cada discurso de odio en un congreso local, cada agresión a las personas LGBTTTI en redes sociales, cada intento por recortar presupuestos para la salud sexual o para combatir el VIH, cada manifestación de la élite que pide “intervención” extranjera, es un eslabón de la misma cadena. Es, en una palabra, el frente de esa invasión, desde el interior. Su objetivo es desarticular no sólo un proyecto político nacional y popular con una enorme base social, sino cualquier intento de construir una sociedad más justa e inclusiva.

Frente a esta ofensiva, la resistencia debe reconocerse en el espejo de sus pares, para consolidar un bloque de intersecciones, diversidades y causas. La lucha por los derechos de la diversidad sexual y de las personas con VIH está indisolublemente ligada a la defensa de la soberanía nacional y la condena ante los genocidios. No podemos defender nuestro derecho a existir y amar si al mismo tiempo permitimos que los apologistas del odio, armados por el sueño trumpista, intenten derribar los pilares de un proyecto que, con sus especificidades, ha puesto a los grupos históricamente excluidos, en el centro.

Desde esta trinchera de identidades marginadas y territorios periféricos, el llamado es a la claridad. El enemigo es uno solo, se trata de la alianza perversa entre el imperialismo que nos desprecia y las oligarquías locales que nos odian. Nuestra fuerza, la fuerza de los pueblos, de las diversidades, de las precarizadas, está en no dividirnos. En entender que la batalla por la dignidad es una sola: aquí, en nuestro cuerpo, en nuestro barrio y en nuestras calles. El odio que llega del norte ya tiene cómplices aquí. Y nosotrxs tenemos la obligación histórica de ser, más que nunca, la solidaridad organizada.