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No hay mal que dure 100 años

No hay mal que dure 100 años

Por Enrique Cárdenas

Este 4 de marzo el PRI cumplió 97 años. La efeméride pasó prácticamente desapercibida, como si el partido que dominó la vida pública mexicana durante siete décadas se hubiera convertido en una nota al pie de la historia. Y quizá ahí está el dato más revelador: el partido que alguna vez estructuró al sistema político hoy lucha por no volverse irrelevante rumbo a su centenario.

Hablar del PRI es hablar del partido hegemónico del siglo XX, del presidencialismo sin contrapesos y de un modelo corporativo que moldeó instituciones, sindicatos y elecciones, del Fobaproa, del Halconazo, del 68 y de Ayotzinapa. Pero más que revisar ese pasado —ampliamente documentado— vale preguntarse por su presente y, sobre todo, por su viabilidad futura.

La crisis actual no comenzó con la llamada Cuarta Transformación. El problema estructural del PRI se incubó desde el año 2000, cuando perdió la Presidencia ante Vicente Fox. Aquel momento debió ser una refundación ideológica. No lo fue. El PRI dejó de ser partido hegemónico, pero nunca aprendió a ser oposición programática. Conservó prácticas, inercias y liderazgos regionales, pero no redefinió su identidad en un sistema competitivo.

El regreso al poder en 2012 con Enrique Peña Nieto fue más una restauración electoral que una transformación interna, que se sumó a la gran suerte del declive del PAN y el apoyo de la maquinaria mediática de Televisa. Sin embargo, la narrativa modernizadora de la campaña peñista no se tradujo en renovación profunda y el desgaste por escándalos de corrupción terminó por erosionar la legitimidad que intentaba reconstruir. Para 2018, el colapso fue contundente e inminente.

Con la victoria de López Obrador, el PRI no solo perdió la Presidencia: perdió el monopolio simbólico del nacionalismo social que durante décadas había reivindicado. Morena ocupó ese espacio discursivo y territorial. Gobernadores migraron, cuadros históricos se distanciaron y la base militante se redujo drásticamente. 

Según cifras del último corte del INE, hoy el PRI cuenta con apenas una fracción de los militantes que tenía en 2018, una señal inequívoca de debilitamiento orgánico. De hecho, para contextualizar, si solo los militantes votaran hoy el PRI pierde el registro.

En ese contexto emerge la figura de Alejandro Moreno. Más que causa única del derrumbe, su dirigencia se convirtió en el síntoma más visible de la crisis estructural. Las reformas internas para prolongar su liderazgo, la ruptura con perfiles históricos y la dependencia creciente de alianzas electorales han profundizado la percepción de un partido sin proyecto propio.

La coalición con el PAN diluyó aún más la identidad priista. En política, sobrevivir no es lo mismo que existir con sentido. Y el PRI parece debatirse entre ambas cosas.

Hoy no se sabe si AMLO le restó más al PRI de lo que Alejandro Moreno ha hecho en los últimos años, pero lo que sí se sabe es que el partido hegemónico del siglo pasado hoy solo cuenta con 37 diputaciones y 14 senadurías, siendo la quinta fuerza política del país, y solo con dos gubernaturas, tras históricamente perder su mayor bastión, el Estado de México.

¿A dónde va el PRI? Un diagnostico fácil de hacer en la actualidad: a una marginalidad que hace tres décadas parecía impensable, a un centenario sin centralidad política y a una irrelevancia progresiva e inevitable.