Mientras buena parte de América Latina atraviesa este año algunos de los episodios más tensos de su relación con Washington en décadas, México ha optado por un camino distinto, y ese camino dice más sobre comunicación política que cualquier discurso. Basta comparar a Colombia, Donald Trump le dijo que estaba "gobernada por un hombre enfermo" y advirtió a su presidente que debía "cuidarse el trasero"; a Brasil le impuso un arancel del 50% vinculándolo directamente al juicio contra un expresidente aliado; y en Venezuela, una operación militar terminó con la captura del propio jefe de Estado. México, en cambio, llega a mediados de 2026 sin un solo enfrentamiento público de ese calibre, a pesar de que enfrenta presiones tan concretas como la nueva Estrategia Nacional de Control de Drogas de Washington, que condiciona la cooperación bilateral a resultados "tangibles" en el combate al narcotráfico.
¿Cómo se explica esa diferencia? No por ausencia de fricciones, que las hay y son serias, sino por una decisión deliberada de cómo se nombran esas fricciones. La presidenta Claudia Sheinbaum ha repetido, una y otra vez, una fórmula que en términos de comunicación política es casi quirúrgica: "No creo que sea el presidente Trump quien ha encabezado esta ofensiva en distintos temas". Con esa frase, Sheinbaum logra algo que ninguna confrontación directa podría lograr: reconoce que existe presión, pero la despersonaliza, la saca del terreno del choque entre mandatarios y la coloca en el terreno de "sectores" e "intereses" que no representan a la relación bilateral en su conjunto. Es, en el sentido más literal, comunicación de bajo perfil: no se trata de minimizar el problema, sino de no ofrecerle a la otra parte un escenario de conflicto que pueda capitalizar.
Esa misma lógica se sostiene con hechos, no solo con discurso. El gobierno mexicano mantiene comunicación constante con diversas instancias de la administración estadounidense, con canales activos entre la Secretaría de Relaciones Exteriores y el Departamento de Estado, y con coordinación directa entre las fuerzas de seguridad de ambos países. La narrativa oficial no es "resistimos", sino "relación de cooperación, no de confrontación". Y cuando hubo oportunidad de un símbolo distinto (el sorteo del Mundial 2026 en Washington) Sheinbaum y Trump tuvieron un primer encuentro cara a cara, cordial, de una hora, con invitaciones mutuas para visitar cada país, en un momento que la propia presidenta describió como una oportunidad para mostrar, junto a sus socios del T-MEC, que el tratado comercial "sigue adelante".
Aquí está el punto que más debería interesarnos como observadores de la comunicación política: la soberanía, en este enfoque, no se defiende levantando la voz, sino evitando que el otro defina los términos del debate. Cuando un gobierno responde a cada provocación con una provocación equivalente, termina validando el marco de "enfrentamiento" que el otro propuso, así sea para "ganar" el round retórico. Cuando, en cambio, un gobierno insiste en que la relación de fondo es de cooperación, mantiene los canales abiertos y reserva la palabra "soberanía" para los momentos en que realmente hace falta, logra algo más difícil de medir pero más valioso: que la presión externa no se convierta en el tema que organiza la conversación pública interna.
Por supuesto, esta estrategia tiene un costo, y sería ingenuo no mencionarlo: análisis internacionales han señalado que detrás del discurso de "no confrontación", México ha hecho concesiones con muy pocos precedentes. La pregunta legítima es hasta qué punto el bajo perfil discursivo es compatible, en el mediano plazo, con la firmeza que exige defender intereses nacionales concretos. Pero esa es, precisamente, una pregunta distinta a la que suele dominar el debate público: no es "¿se está rindiendo México ante Trump?", sino "¿qué tan sostenible es ganar tiempo y margen de maniobra evitando la confrontación simbólica?". Son preguntas que merecen respuestas serias, no consignas.
Lo que sí puede afirmarse, desde la comunicación política, es que mientras otros gobiernos de la región han terminado atrapados en el ciclo de declaraciones y respuestas que Washington marca a su conveniencia, México ha logrado, al menos hasta ahora, que su relación con Estados Unidos no se discuta principalmente en los términos . Y en una región donde, como hemos visto esta semana, el solo nombre del presidente estadounidense puede reorganizar la agenda completa de un país, no estar en el centro de ese huracán también es, a su manera, una forma de comunicar.