Hay algo que está ocurriendo cuando el mundo voltea a ver el fútbol varonil: de pronto, México también existe en las canchas de otra manera. Este torneo de selecciones de futbol 2026, celebrado en tierras compartidas con Estados Unidos y Canadá, no solo ha puesto a prueba a la selección de futbol varonil. También ha colocado en el centro de la conversación a las mujeres que, desde distintas trincheras, llevan décadas demostrando que el balón también es suyo. Que el territorio del futbol también les pertenece.
Escribo refiriéndome a Katia Itzel García, nuestra árbitra que hoy tiene visibilidad al ser la primera en representarnos en esta clase de torneo internacional de futbol. Escribo de la Selección Femenil Mexicana. Escribo de aquellas mujeres que en 1971 llenaron el Estadio Azteca. Y sin duda, escribo de mi madre que le hubiera gustado ser futbolista y que hoy a sus 65 años aún hace más de diez dominadas y corre una cancha de futbol completa con sus nietos. Escribo de a quienes el sistema ha decidió ignorar.
El 14 de junio de 2026, en el Estadio de Dallas, mientras Países Bajos y Japón disputaban su juego, una mujer de 33 años, originaria de la Ciudad de México, hizo historia desde la banda: Katia Itzel García debutó como cuarta árbitra en el torneo internacional de futbol varonil, convirtiéndose en la primera árbitra mexicana en participar en una terna arbitral de un torneo de este tipo.
No fue un accidente ni una cuota de género. Fue la consecuencia lógica de una trayectoria que comenzó en los circuitos semiprofesionales de la Ciudad de México, que pasó por torneos de CONCACAF, por la Copa del Mundo Femenil Sub-17 de 2022, por el Mundial Femenil de Australia y Nueva Zelanda 2023, por los Juegos Olímpicos de París 2024 —donde se convirtió en la primera mujer mexicana en pitar un partido olímpico— y que llegó, inevitablemente, hasta el punto donde se encuentra hoy en la historia. Considerada actualmente como la sexta mejor árbitra del mundo, Katia Itzel es también Licenciada en Ciencias Políticas, Premio Nacional de Deportes y, desde 2024, la segunda mujer en dirigir un partido de la Liga MX varonil.
Que todo esto todavía genere titulares es un síntoma del problema, no del logro. Porque debería ser lo ordinario. Porque la capacidad no tiene género.
Lo que sí vale subrayar —y con celebración genuina— es que Katia no está sola. Su compatriota Sandra Ramírez -al igual que Katia también cuenta con una carrera adicional a la de árbitra, es Cirujana dentista- también formó parte del cuerpo arbitral de ese partido como asistente de reserva. Dos mujeres mexicanas en una misma terna mundialista. Eso sí es noticia.
Y tras su debut, Katia fue ratificada para arbitrar el partido entre Inglaterra y Croacia el 17 de junio. El mundo le está tomando la palabra.
Mientras Katia Itzel hace historia en la cancha varonil, la Selección Mexicana Femenil construye, con paciencia y sin los reflectores que merece, su propio camino.
Hoy, el Tri Femenil cuenta con una campaña sólida en el clasificatorio de CONCACAF W que incluyó victorias abultadas y una actuación que llevó a Charlyn Corral a cerrar la fase con 13 goles. Con el técnico español Pedro López al frente, el equipo va tomando forma, va ganando en consistencia y va construyendo la identidad que necesita para llegar al Mundial Femenil de Brasil 2027. Asimismo, se tuvo recientemente un triunfo 1-0 ante Australia —con gol agónico de Diana Ordóñez— lo anterior no es casualidad: fue la señal de que este equipo puede competir con las mejores.
Pero existe una pregunta que hay que hacerse: ¿por qué la Selección Femenil no recibe la misma cobertura, el mismo presupuesto, el mismo fervor? La respuesta, incómoda pero necesaria, sigue siendo la misma: porque el sistema no fue construido para ellas. Eso también es territorio que hay que disputar.
En 1971, México fue sede de la Copa del Mundo Femenil. Del 15 de agosto al 5 de septiembre, un grupo de mexicanas jóvenes estudiantes y trabajadoras —que costearon su participación con recursos propios— representaron a México ante el mundo. Y lo hicieron de manera extraordinaria: fueron subcampeonas del mundo. Más de 110 mil personas llenaron el Estadio Azteca para presenciar la final entre México y Dinamarca. Ese partido sigue siendo, hasta hoy, el evento deportivo femenino con mayor asistencia en la historia. Un récord Guinness que las propias autoridades futbolísticas internacionales nunca han reconocido oficialmente, porque ese torneo no contó con su aval.
Estás mujeres sembraron la semilla que hoy germina de todas formas: en la Liga MX Femenil que hoy llena estadios, en las jugadoras de la selección mexicana actual, en Katia Itzel y Sandra Ramírez arbitrando en Dallas.
Hace apenas unos meses, en la Final del Clausura 2026, varias de esas pioneras recibieron por fin una medalla conmemorativa en el Estadio Azteca —el mismo donde lo dieron todo hace más de 50 años. A este reconocimiento se le estarán sumando en los próximos días (aprovechando la fiebre del futbol) muchos más por parte de las distintas autoridades mexicanas. Un gesto tardío, insuficiente, pero significativo.
Al inicio de esta columna escribí que también era para nombrar a mi madre, porque sí, si sus circunstancias sociales, su contexto cultural y de su tiempo, así como las oportunidades fueran al menos las de hoy, ella se hubiera dedicado a ser futbolista. Y sé que fuera la mejor.
Así como mi mamá sé que en todo el territorio mexicano (y quizá en el mundo) sigue siendo complejo -o casi imposible- que una mujer quiera o decida dedicarse al futbol como carrera profesional y único sustento para subsistir, al contrario de lo que sucede con los hombres en nuestro país. Las y los invito a revisar cuantas de nuestras futbolistas tienen una carrera profesional (adicional a la de futbolista) y cuántos de nuestras proezas varoniles de la Liga MX cuentan con estudios superiores. A lo anterior, hay que sumarle el estigma social de que una niña o adolescente exprese que le gusta el futbol o que lo practique de manera inigualable o superior a la de sus compañeros hombres en sus entornos. Hay mucho que trabajar para que esta cancha sea pareja.
El futbol siempre es más que solo un deporte. Es un espejo en el que una sociedad se mira. Y en ese espejo, las mujeres mexicanas han estado siempre: como jugadoras, como árbitras, como aficionadas, como las que más gritan, las que más sufren, las que más aman este juego que durante tanto tiempo ha intentado excluirlas.
El territorio del fútbol también es de ellas. Siempre lo fue. Solo nos falta que el mundo termine de aceptarlo.