¿Hay diferencia entre el sueño, la vigilia y la muerte?
Caminaba por aquella ciudad en ruinas, producto de una guerra olvidada, pero de la que nadie quiso reconstruir nada. Las antiquísimas piedras que, en lugar de transeúntes, ocupaban el camino, no dejaban avanzar de forma regular.
Quien se atrevía a caminar por ahí debía hacerlo de lado, rodeando los escombros, escalándolos, saltándolos, siempre temiendo al siguiente filo, a la próxima piedra empoderada por el abandono, esperando que alguien cayera sobre ella para rasgar la piel o romper algún hueso.
Caminaba por lo que un día fue una ciudad. Ahora era sólo un cementerio, no de cuerpos, no de almas: era el camposanto del tiempo. Nada salía de ahí. Quien por error encaminaba sus pasos por esas calles destruidas perdía toda esperanza de volver. Sólo caminaba sin sentido, en medio del gris de una ciudad que había renunciado al color, a la vida, a los sueños, para sumirse en la desesperanza de lo estático, del tiempo detenido.
Decían muchas cosas de ese lugar.
Decían que, en medio del abandono, vivían algunas personas que habían aprendido a sobrevivir entre los muros vencidos. Otros decían que no eran personas, sino fantasmas que dejaron los bosques de los alrededores para venir a la ciudad a jugar a estar vivos lejos de miradas indiscretas. Otros juraban que las sombras habían construido cuerpos con los recuerdos que los hombres abandonaron ahí cuando la guerra destruyó casas, nombres y destinos.
Hoy, M caminaba por esas calles.
No llevaba rifles. No llevaba armas. Sólo caminaba esperando encontrar a alguien que lo perseguía en sueños.
Avanzó por caminos abandonados, tratando de recordar los detalles que la vigilia no había borrado. Veía lugares que conocía sin haber estado nunca ahí. Sabía que ella estaba cerca. La sabía. Conocía cada centímetro de su cuerpo sin haberla visto jamás. Conocía su sonrisa porque la había soñado demasiadas veces: esa risa fácil, breve, casi infantil, que aparecía siempre antes de que el sueño se quebrara.
Avanzaba por un mundo que no conocía, pero que reconocía.
Sus pies no dudaban en medio de ese conocimiento onírico incapaz de fallar. Estaba ahí, caminando mientras la tarde moría, con el único deseo de terminar con la desesperación en que vivía, convencido de que su sueño repetido no era un delirio, sino un llamado real, un objetivo concreto, una meta por cumplir.
La ciudad se fue cerrando sobre él.
Las calles, al principio abiertas y anchas, se volvieron estrechas. Las casas rotas parecían inclinarse para mirarlo pasar. En algunas ventanas no quedaban vidrios, pero sí algo parecido a una presencia. M sentía que detrás de cada hueco alguien contenía la respiración. No veía rostros. No escuchaba voces. Pero sabía que la ciudad lo observaba.
El cielo comenzó a perder profundidad.
Primero fue un gris pálido, después un plomo inmóvil. La tarde no cayó como caen las tardes en otros lugares; ahí la luz no se apagaba, se pudría. Descendía lentamente sobre las paredes, sobre las piedras, sobre los charcos secos, como una enfermedad vieja.
M siguió caminando.
El cansancio empezó a pesarle en los hombros. No había comido desde el amanecer. El agua se le había terminado antes de entrar a la ciudad, pero no quiso regresar. En sus sueños nunca había regresado. Siempre avanzaba. Siempre llegaba a una plaza. Siempre escuchaba la risa. Siempre veía una sombra de mujer desaparecer al fondo de una calle.
Esta vez tenía que alcanzarla.
Se internó en una avenida cubierta de polvo. A los lados, las fachadas mostraban puertas vencidas, balcones partidos, escaleras que ya no conducían a ninguna parte. En una esquina vio los restos de una fuente. No tenía agua. En el fondo sólo quedaban hojas negras, ceniza y una grieta larga que partía la piedra como una herida.
M se acercó.
En el sueño, ella estaba ahí.
Pero no había nadie.
Apoyó las manos en el borde de la fuente y cerró los ojos. El cansancio le hizo creer que el suelo respiraba. Le pareció escuchar pasos detrás de él, pasos pequeños, casi descalzos. Giró rápido. Nada. Sólo una calle vacía y una nube de polvo moviéndose sin viento.
—¿Dónde estás? —preguntó.
Su voz sonó ajena.
La ciudad no respondió.
Siguió caminando hasta que la noche empezó a devorar las últimas formas. Sus ojos se acostumbraron a distinguir sombras dentro de sombras. Tropezó varias veces.
Una piedra le abrió la piel de la mano. La sangre salió lenta, oscura, espesa. M la miró sin sorpresa. En los sueños también sangraba.
Entonces escuchó la risa.
No fue clara. No fue cercana. Parecía venir desde muchos lugares al mismo tiempo: de una ventana rota, de un callejón, de una puerta hundida, del interior de su propia cabeza.
M levantó la mirada.
Al final de la calle, bajo un arco vencido, estaba ella.
Bajita. Inmóvil. Con el cabello oscuro cayéndole sobre los hombros. No podía verle bien el rostro, pero supo que era ella. Lo supo con esa certeza cruel que sólo tienen los sueños y las pérdidas.
M quiso correr, pero sus piernas no respondieron. El cansancio lo obligó a avanzar despacio, casi arrastrando los pies.
Ella no dijo nada.
Sólo lo miraba.
Había en sus ojos una tristeza antigua, pero también una forma de reconocimiento. Como si también ella lo hubiera esperado durante años. Como si él no fuera quien la buscaba, sino quien por fin había llegado tarde a una cita pactada desde antes de nacer.
—Te soñé —dijo M.
Ella sonrió.
Fue apenas un gesto. Una sombra de sonrisa. Pero bastó para que todo el cuerpo de M se llenara de una calma desconocida. Durante un instante desaparecieron el hambre, la sed, el miedo, la ciudad entera.
Dio un paso más.
Ella retrocedió.
—No te vayas —dijo él.
La mujer giró y entró por una puerta sin puerta.
M la siguió.
Dentro de la casa no había muebles. Sólo muros ennegrecidos y el esqueleto de una escalera. El techo estaba abierto y por ahí se veía un cielo sin estrellas. En el centro del cuarto crecía un árbol delgado, enfermo, con ramas secas que parecían dedos.
Ella estaba al pie del árbol.
Más cerca ahora.
M pudo ver su cara.
O creyó verla.
Era la misma del sueño y, al mismo tiempo, distinta. Su rostro cambiaba con la oscuridad. A veces parecía joven; a veces, cansado; a veces, muerto. M sintió que si la miraba demasiado iba a olvidarla.
—¿Eres real? —preguntó.
Ella inclinó la cabeza.
No respondió.
M quiso acercarse, pero el suelo cedió bajo su pie. Cayó de rodillas. El golpe le subió hasta el pecho. Trató de levantarse, pero el cuerpo ya no obedecía con la misma facilidad. La mano herida le ardía. La boca se le había secado por completo.
Ella lo miró desde la sombra.
—Te busqué —dijo M—. Todas las noches.
La mujer extendió una mano.
Él intentó tomarla.
No alcanzó.
Entre los dos había menos de un metro, pero ese espacio parecía abrirse y crecer como una calle interminable. M avanzó sobre las rodillas. La piedra le rompió la tela del pantalón. Sintió la piel abrirse. No le importó.
La mano de ella seguía ahí.
Blanca. Pequeña. Quietísima.
M volvió a estirarse.
Esta vez rozó sus dedos.
O creyó rozarlos.
Un frío profundo le subió por el brazo. No era el frío de una mano viva ni el de una mano muerta. Era el frío de algo que había esperado demasiado tiempo.
Entonces la casa se oscureció.
M escuchó de nuevo la risa, pero ahora no supo si venía de ella, de la ciudad o de algún recuerdo suyo. Cerró los ojos un segundo. Cuando volvió a abrirlos, la mujer ya no estaba.
En su lugar sólo quedaba el árbol seco.
—No —murmuró.
Intentó ponerse de pie, pero cayó de costado. La respiración comenzó a fallarle. El aire entraba poco, con trabajo, como si también él tuviera que atravesar escombros para llegar hasta sus pulmones.
Comprendió, sin querer comprenderlo, que no iba a salir de ahí.
La ciudad lo había aceptado.
Afuera, el viento empezó a moverse entre las calles. No era un viento fuerte. Apenas un murmullo. Pero levantó polvo suficiente para cubrir las huellas de M, una por una, hasta borrarlas.
Él quedó tendido sobre el suelo, mirando el hueco del techo. Pensó que quizá todo había sido un error. Que quizá nunca hubo una mujer. Que quizá sólo había seguido la forma más hermosa de su propia muerte.
Pero entonces sintió algo.
Una presencia junto a él.
No pudo girar la cabeza. Ya no tenía fuerza. Sólo alcanzó a mover los ojos.
Ella estaba sentada a su lado.
O eso creyó.
La vio inclinarse sobre él. La vio sonreír con esa risa fácil que tantas veces lo había despertado en medio de la noche. La vio acercar los labios a su oído.
M esperó una palabra.
Una sola.
Pero ella no dijo nada.
Sólo tomó su mano.
O tal vez fue la humedad de la piedra.
O el frío.
O la sangre deteniéndose.
M cerró los ojos.
Durante un instante, el gris de la ciudad pareció abrirse. Vio una plaza llena de luz. Vio casas completas. Vio ventanas con flores. Vio niños corriendo entre las calles. Vio la fuente con agua limpia. Vio a la mujer caminar delante de él, descalza, riendo, sin mirar atrás.
Quiso seguirla.
Creyó levantarse.
Creyó caminar.
Creyó alcanzarla.
Al amanecer, la ciudad seguía igual.
Las piedras ocupaban el camino. Las casas rotas permanecían inclinadas sobre las calles. La fuente continuaba seca. Nadie salió de las ventanas. Nadie pronunció su nombre.
En el interior de una casa sin techo, junto a un árbol muerto, yacía el cuerpo de un hombre.
Tenía una mano extendida hacia el vacío.
Y en su rostro había una expresión imposible de descifrar: no se sabía si había muerto de cansancio, de sed, de sueño o de haber encontrado, por fin, aquello que había venido a buscar.