La visita de Isabel Díaz Ayuso a México nos da la oportunidad de ampliar la discusión desde América Latina sobre la relación entre colonialismo, memoria histórica y las nuevas expresiones de la ultraderecha contemporánea, ya que lo que vimos estos días con la visita de la presidenta de la Comunidad de Madrid fue la expresión de una red internacional de derechas que comparten discurso, estrategias de comunicación y visión del mundo.
Desde España hasta América Latina y Estados Unidos, existe una articulación política y mediática que busca reposicionar agendas conservadoras a partir de la confrontación permanente, las guerras culturales y la construcción de enemigos internos. En ese escenario figuras como Donald Trump, Javier Milei, Jair Bolsonaro, Bukele, o la propia Ayuso representan liderazgos construidos desde la polarización, el anti progresismo, el rechazo a las políticas de bienestar y la idea de que cualquier proyecto de transformación social constituye una amenaza para la “libertad”.
En ese contexto también debe entenderse la constante reivindicación de personajes históricos vinculados a la conquista, ya que, para sectores de la derecha española y mexicana, la exaltación de figuras como Hernán Cortés responde a una visión política e histórica que continúa colocando a Europa como símbolo de civilización y superioridad cultural frente a los pueblos originarios de América. Desde esa lógica se minimizan las consecuencias humanas, sociales y culturales del colonialismo cómo lo fue el exterminio de pueblos originarios, el despojo territorial, la imposición cultural y la destrucción de formas comunitarias que existían antes de la invasión europea.
Como lo documentó Don Pablo González Casanova, el colonialismo no desapareció con las independencias nacionales, muchas de sus lógicas sobreviven en formas contemporáneas de subordinación económica, exclusión racial y concentración del poder político, mediático y financiero. En ese sentido, buena parte de estas derechas sigue hablando de la conquista como una misión civilizatoria y sosteniendo, explícita o implícitamente, una idea de superioridad cultural europea sobre los pueblos latinoamericanos, demostrando con ello un profundo desprecio hacia la diversidad pluricultural indígena y afrodescendiente.
En esta oportunidad de ampliar el debate también es importante observar cómo operan hoy estas nuevas derechas, las cuales ya no actúan únicamente desde los partidos tradicionales; ahora existe toda una estructura internacional integrada por medios de comunicación, grupos empresariales, plataformas digitales, fundaciones, influencers y operadores políticos que construyen narrativas comunes y buscan instalar determinados temas en la agenda pública.
En México, la visita de Díaz Ayuso dejó en evidencia el verdadero rostro de la derecha nacional. Ayuso representa hoy a una de las expresiones más radicalizadas de la derecha española y europea: una figura política construida desde la confrontación permanente, las guerras culturales, el rechazo a las políticas de bienestar y la defensa de un modelo profundamente conservador en lo político, económico y social. Su discurso se articula desde la polarización, la descalificación constante de los movimientos progresistas y la reivindicación de una visión excluyente de la hispanidad y de la identidad occidental.
Al mismo tiempo, representa una derecha que ha normalizado discursos contra los avances sociales impulsados en las últimas décadas, particularmente en temas relacionados con igualdad, memoria histórica, derechos sociales y reconocimiento de la diversidad cultural. No es casual que buena parte de su capital político se construya desde la provocación mediática, el enfrentamiento ideológico y la utilización de símbolos históricos profundamente controvertidos.
Precisamente por ello, resulta significativo que sectores de la oposición mexicana busquen legitimarse políticamente a partir de figuras como ella. Después de años sin construir un proyecto político sólido ni una propuesta social capaz de conectar con las mayorías, ciertos sectores opositores han optado por refugiarse en discursos importados y símbolos profundamente ajenos a la historia y sensibilidad del país.
Con todo ello, quizá habría que decir que la derecha mexicana no atraviesa realmente una crisis de identidad ni de proyecto. Su identidad sigue estando profundamente ligada a la nostalgia de un pasado colonial, jerárquico y excluyente; y su proyecto político continúa articulándose alrededor de la concentración de la riqueza, la racialización de las diferencias sociales y la defensa de privilegios históricos.
Por eso no resulta extraño que encuentren referentes en figuras como Isabel Díaz Ayuso o en la reivindicación de personajes como Hernán Cortés, pues ambos representan una visión del mundo donde las desigualdades históricas se justifican bajo discursos de civilización, mérito o superioridad cultural.