Mussolini no vació el Parlamento italiano de un día para otro. Antes de convertir la violencia en régimen, el fascismo la volvió costumbre política. Primero deshumanizó al adversario, luego legitimó la agresión y después presentó la fuerza como respuesta natural frente a quien pensaba distinto. La historia no se repite de manera exacta, pero sí deja señales importantes en el comportamiento del conservadurismo mexicano.
La diferencia es importante. Mussolini usó la violencia para consolidar el poder; en México, el conservadurismo la usa porque no ha podido recuperarlo. Los sectores conservadores que perdieron el respaldo popular intentan compensar esa derrota con presión mediática, poder económico, amagos y provocación permanente. No buscan construir mayoría, buscan desgastar al movimiento democrático que no pudieron vencer en las urnas.
En agosto de 2025, esa deriva dejó de ser metáfora y se volvió imagen. En plena Comisión Permanente, el entonces presidente del Senado, Gerardo Fernández Noroña, fue agredido físicamente por Alejandro Moreno, Carlos Gutiérrez Mancilla, Pablo Angulo Briceño y Erubiel Alonso, justo después de un debate marcado por el tema de la injerencia extranjera y la defensa conservadora de quienes buscan apoyo fuera del país.
Rubén Moreira, desde su escaño, y Alejandro Moreno, encabezando a su banda de gánsteres legislativos, actuaron como esos judiciales de los años ochenta, más acostumbrados al amague que al argumento, a la provocación que al debate y a la violencia bravucona que a la política. Lo suyo no fue carácter ni firmeza opositora, fue machismo rancio disfrazado de oposición.
Y ahora, ante el debate por la actuación de Maru Campos en Chihuahua, donde la presencia de agentes estadounidenses abrió una discusión seria sobre soberanía, y frente a las acusaciones lanzadas desde Estados Unidos contra Rubén Rocha Moya, la oposición volvió al único terreno donde se siente cómoda, el de la provocación.
Pero entre los amagues de Moreira y los desplantes pendencieros en redes sociales de Alejandro Moreno, también se asoma la vieja escuela del PRI que hoy quiere dar sermones de limpieza con las manos manchadas de pasado.
La banda del Lamborghini amarillo, encabezada por “Alito” y sus mansiones y carros de lujo, olvida su pasado. Ahí están los señalamientos históricos sobre Coahuila, la deuda heredada por los Moreira, los reportes sobre violencia y presuntos vínculos de funcionarios con Los Zetas, así como los escándalos de Alito, sus mansiones a los audios sobre autos de lujo y acusaciones de enriquecimiento.
No se trata de absolver ni condenar por consigna a nadie, sino de exhibir la hipocresía. Quienes hoy se rasgan las vestiduras ante acusaciones no probadas, vienen de un régimen donde la corrupción, el exceso y la impunidad no eran accidente, sino método.
Esa es la actitud que los delata. No buscan convencer al país, tampoco que se haga justicia o mucho menos el bienestar de la gente; buscan someter la conversación a punta de grito, amenaza y desplante.
El debate parlamentario puede ser duro, áspero, incluso incómodo, pero se practica desde la palabra, desde la confrontación política y la disputa de ideas. Lo de los balandrones de curul es otra cosa. Se comportan como mafiosos desmemoriados, como si todavía vivieran en el México donde el poder se ejercía con guaruras, llamadas oscuras, violencia política y desplantes de macho de arrabal. Pero el Congreso no es su ring, la tribuna no es cantina y la democracia no se arrodilla ante quien confunde oposición con patanería.