Perú tuvo elecciones presidenciales y, con un margen muy cerrado en segunda vuelta, ganó el candidato de izquierda frente a Keiko Fujimori, hija de un dictador ultraderechista, corrupto y violento (con corte a las 7:43 AM). Siguiendo esta línea, en Colombia también está muy reñida la elección presidencial entre las candidaturas de derecha y de izquierda. Mientras que en Chile ganó el candidato pinochetista de extrema derecha.
El escenario político en Latinoamérica es verdaderamente tenso y me llama la atención que se hable de una polarización en términos abstractos, como si se tratara de un fenómeno natural de la democracia; es decir, como si esa polarización fuera un fenómeno propio de la región o como si no hubiera sectores empujando para buscar y provocar esa polarización en Latinoamérica.
Lo cierto es que las derechas en la región están encontrando una fórmula que les ha resultado exitosa en muchos casos y que, podríamos decir, tiene sus antecedentes más recientes durante el gobierno de Dilma Rousseff en Brasil y todo lo que tuvo que padecer en cuanto a ataques políticos y mediáticos cuando se llevó a cabo el mundial de fútbol en ese país.
Esto guarda una consonancia con los mismos discursos y estrategias que está teniendo que enfrentar el gobierno de Clara Brugada en la Ciudad de México, y llama la atención que pareciera que la narrativa está focalizada en el gobierno de Clara Brugada en la Ciudad de México y no tanto contra el gobierno de Claudia Sheinbaum en lo relacionado con el mundial de fútbol.
Hace sentido si consideramos que la Presidencia de la República es un bastión morenista desde 2018, y que parece muy difícil que pueda ser arrebatado por los partidos de la derecha fundamentalista. Sin embargo, la Ciudad de México fue ganada por la izquierda con un margen mucho más reducido que el que se obtuvo en 2018 cuando ganó Claudia Sheinbaum.
Esto puede indicar que todos los esfuerzos de las derechas en México se están concentrando en despojar al partido Morena del gobierno de la Ciudad de México, porque consideran más viable arrebatar ese gobierno antes que la titularidad del Ejecutivo. Esto debe encender todas las alarmas, porque los mundiales de fútbol no son solo partidos entre equipos de distintas naciones; es un evento político y lo que ocurre alrededor de ese mundial, por supuesto, también lo es.
En la Ciudad de México, a un año de las elecciones intermedias, no podemos ser ingenuos y desconocer que mucho de lo que ocurre en términos de protestas en la capital no es tan orgánico como pretende serlo, sino que más bien parecen estrategias golpistas de grupos de derecha que se apropian de narrativas de movimientos sociales para desestabilizar a los gobiernos de izquierda que están gobernando actualmente la ciudad y el país.
Todo esto nos lleva a pensar que esa llamada polarización no es un fenómeno abstracto que se da como si no hubiera actores sociales detrás de este o como si fuera casi un proceso orgánico que le tocó esporádicamente a América Latina en esta época. Hay que decir que esa polarización tiene nombre, apellido y actores políticos, sociales, culturales, religiosos y empresarios de derecha que están organizados estratégicamente para vandalizar y desestabilizar, de cualquier manera posible, a los gobiernos de izquierda en la región, mediante campañas sucias y mezquinas que buscan hacer creer a la opinión popular que los gobiernos de izquierda no dan resultados.
Lo peligroso de estas narrativas desestabilizadoras y polarizantes reside en su sofisticación, pues no se presentan como un ataque frontal, sino que se disfrazan de causas legítimas y aprovechan el descontento social que van forjando lenta pero constantemente, como gotas de agua sobre piedra, para erosionar la institucionalidad y generar un caos funcional a sus intereses.
Por eso hay que ser muy cuidadosos y, sobre todo, tenemos que ser muy analíticos con los discursos y las narrativas de muchas de las críticas que se hacen desde supuestos movimientos sociales, para poder diferenciar las demandas legítimas de los discursos y narrativas golpistas que utilizan las plataformas y las causas sociales para intentar colocar una narrativa desestabilizadora.