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¿Entreguismo o soberanía?

¿Entreguismo o soberanía?

Por Carlos Arredondo .

Creemos que la lucha organizada y consciente emprendida por un pueblo colonizado para restablecer la soberanía de la nación constituye la manifestación más plenamente cultural que existe. “Los condenados de la tierra” (1961), Frantz Fanon.

Pudiéramos iniciar esta entrega hablando de las mil y una veces que los gobiernos del vecino del norte han intervenido en América Latina para imponer doctrinas, gobiernos o intereses económicos. No sería ninguna novedad. Está documentado en archivos desclasificados, en libros de historia y hasta en la propia narrativa oficial estadounidense que, desde la Doctrina Monroe, asumió al continente como su patio trasero.

También pudiéramos hablar de cómo, cada vez que en cualquier país latinoamericano surge un gobierno que se asume de izquierda, progresista o incluso moderadamente reformista, inmediatamente aparecen campañas de desestabilización política y mediática. Los llaman comunistas, dictadores o amenazas para la democracia, mientras sectores empresariales y políticos conservadores claman por la intervención extranjera como si la soberanía nacional fuera un estorbo y no un principio fundamental.

Pero eso tampoco sería novedad.

La historia reciente demuestra que buena parte de esas oposiciones no representan realmente una alternativa ideológica sólida ni un proyecto nacional distinto. Son, en muchos casos, expresiones políticas de élites económicas que ven amenazados sus privilegios cuando aparecen gobiernos que, aunque sea mínimamente, intentan redistribuir la riqueza, fortalecer al Estado o reducir los márgenes históricos de saqueo y concentración económica.

Por eso vale la pena hablar hoy de entreguismo.

Porque mientras México atraviesa momentos complejos en materia de seguridad, violencia y tensiones políticas, una parte de la oposición ha decidido abandonar cualquier intento serio de construir un proyecto nacional para apostar, una vez más, a la narrativa de la intervención extranjera.

Lo ocurrido recientemente en Chihuahua es alarmante no solamente por los hechos en sí, sino por la normalización de la presencia e injerencia de agencias estadounidenses en territorio mexicano. La relación entre México y Estados Unidos en materia de seguridad ha estado marcada durante décadas por operaciones oscuras, cooperación poco transparente y episodios que terminaron agravando la violencia en lugar de resolverla.

La historia está llena de ejemplos donde la llamada “guerra contra el narcotráfico” sirvió también como mecanismo de penetración política y de control regional. Y, sin embargo, hay sectores de la oposición mexicana que parecen más cómodos subordinando la política nacional a intereses extranjeros que construyendo soluciones propias para el país.

En Sinaloa, mientras tanto, la crisis de violencia y descomposición política sigue dejando preguntas sin respuesta, particularmente alrededor de la polémica sustracción de un importante líder criminal, un hecho que hasta hoy continúa rodeado de versiones contradictorias y sospechas sobre participación o conocimiento de agencias estadounidenses.

Más allá de nombres o coyunturas, el fondo del asunto es otro: ¿qué tipo de oposición es aquella que, incapaz de competir políticamente o de convencer socialmente, apuesta por el desgaste externo, la presión internacional y la intervención indirecta?

Porque una oposición democrática debería disputar ideas, proyectos económicos y modelos de nación. Debería organizar ciudadanía, generar propuestas y construir alternativas viables. Pero cuando la única estrategia consiste en magnificar el caos, desacreditar sistemáticamente al país en el extranjero y pedir tutela política desde Washington, entonces deja de actuar como oposición y comienza a funcionar como intermediaria de intereses ajenos.

Ese es el gran problema de fondo.

No estamos frente a una discusión simple entre partidos. Estamos frente a un debate histórico entre soberanía y subordinación. Entre quienes creen que México debe resolver sus contradicciones desde dentro, con sus instituciones y su pueblo, y quienes consideran que el país necesita supervisión extranjera porque son incapaces de recuperar el poder mediante la vía democrática.

Es por ello doblemente vergonzoso cómo el discurso entreguista de la oposición, en voz de uno de sus excandidatos, hoy senador por el PAN, luzca con intervenciones sensacionalistas, sin fondo legal y buscando implantar un discurso de moral, poniendo en el centro situaciones que de fondo fueron generadas en otras instancias.

Esto también es un reflejo al interior del país. Si bien el oficialismo ha tenido errores, como centralizar decisiones o no poner en el centro el proyecto de nación por algunos pactos con grupos políticos que coadyuvaron, es momento de que este mismo se permita la autocrítica y, así como lo ha planteado en los últimos días, se revisen quienes pueden aspirar, que no sean personas que vulneren o pongan en riesgo la soberanía nacional ni el proyecto para el pueblo.

Porque no existe mayor soberanía en cualquier nación que la que reside en su pueblo, incluso por encima de sus instituciones.

Por eso es necesario dejar de emplear sensacionalismos y que la clase política deje de aspirar a ser influencers de moda o artistas en sus años de gloria.

Pudiera no estarse de acuerdo con el proyecto de nación que impulsa la 4T; sin embargo, lo que no es válido es que, al ver vulnerados sus privilegios, se asuma una postura de víctimas o de bajarse al nivel de quienes tienen décadas viviendo en la desigualdad generada. Tampoco es válido, incluso, esa sensación de ser intocables que tiene la clase política, aun algunos dentro del régimen que gobierna.

Hoy la oposición, más que nunca, está sumida en pensar que tiene la razón y que todas y todos debemos pensar como ellos. Han invertido sus fortunas en sus redes, en sus medios de comunicación, en incentivar que el pensar distinto a ellos es dividir, cuando es justamente eso lo que divide.

La tragedia es que, mientras esa oposición insiste en actuar como representante local de intereses externos, el país sigue atrapado entre la violencia, la desigualdad y décadas de una estrategia de seguridad fallida impulsada precisamente desde el norte.

Y, aun así, siguen vendiendo la intervención como salvación.

Quizá porque nunca han entendido que no puede existir democracia real cuando la política nacional se pone al servicio del capital extranjero y de agendas que no responden al interés del pueblo mexicano, sino a los equilibrios geopolíticos y económicos de otros.

Hoy por hoy no es sencilla dominar la narrativa ante el embate de los medios del vecino del norte y de los millones utilizados en campañas publicitarias hechas por la disque oposición nacional en medios afines a continuar con sus negocios y privilegios. El llamado es urgente para quienes son parte de la 4T: no solo la urgencia de resultados, sino la defensa y la construcción de una narrativa que responda a las necesidades del pueblo. El primer soberano.