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El Estado vs la desinformación, ¿una batalla perdida?

El Estado vs la desinformación, ¿una batalla perdida?

Por Ernesto Ángeles .

Al día de hoy la lucha contra la desinformación, las noticias falsas y la manipulación parece una batalla perdida, ya que el impacto de las instancias verificadoras de datos es limitado frente a la viralidad de la mentira; las plataformas tienen agendas políticas propias en donde favorecen la mentira y el sensacionalismo; se crean negocios cuyo método, producto y razón de ser es la mentira y, más aún, se exime de toda responsabilidad legal y política a las plataformas de lo que sucede en sus espacios.

A lo anterior se le suma que la mayor parte de países y gobiernos se encuentran en una abierta desigualdad frente a las empresas de tecnología y la protección económica, legal y política de las que gozan a nivel internacional. Además, estamos presenciando en tiempo real la conversión de la “mayor democracia del mundo” en un Estado tecnócrata, militarista, imperialista y oligárquico, comandado en buena medida por los dueños del capital tecnológico.

Ante esto los Estados y sus gobiernos alrededor del mundo han intentado diversos métodos para aliviar la desinformación, según su régimen político y sus capacidades de incidir en su propio ciberespacio nacional: desde instituciones verificadoras de datos, hasta prohibiciones totales de aplicaciones y conexión a internet. Sin embargo, la desinformación aún persiste; y es que la desinformación no es un fenómeno puntual, sino una condición inherente a la humanidad, su capacidad de comunicación y sus capacidades e intereses de poder. 

Por tanto, el Estado tiene que adaptarse a la desinformación desde una perspectiva dinámica, en donde se establezca de antemano que no hay soluciones finales y que los marcos de actuación -y sujeción- propios de la época neoliberal deben ser abandonados, tal como que el Estado no se inmiscuya en la tecnología o que las empresas de tecnología se autoregulen, pero ¿cómo hacerlo? 

El punto de partida debe ser la comprensión que nos encontramos en un momento convulso y único en nuestra generación, esto implica la libertad de abandonar viejas fórmulas y aventurarse a la creación de nuevos enfoques, con todo y los riesgos que eso implica. 

Por tanto, no habrá una solución única, sino más bien, lo conveniente sería ser una mezcla de iniciativas en materia de educación, rediseño institucional, regulación tecnológica, uso y desarrollo de soluciones técnicas, así como propuestas político-sociales dentro y fuera del mundo digital.  

En materia de educación es urgente inculcar en la sociedad conocimientos sobre los riesgos que plantean tecnologías nuevas como la inteligencia artificial y la desinformación, promoviendo un sano escepticismo; asimismo, es prioritaria una contra narrativa de ideas como que la presencia digital del Estado es un peligro para la sociedad; que la tecnología es neutral políticamente o que la inteligencia artificial es la solución a todos los problemas, entre otras.  

De la mano de lo anterior se desprende la necesidad de fortalecer la presencia de diferentes instituciones en múltiples plataformas, con el afán no sólo de luchar contra la desinformación, sino de acercar la labor pública e institucional a las personas, ya que en muchos casos hay instituciones que ni se sabe qué hacen o cómo impactan y benefician a la población, por lo que podrían crearse manuales y reglamentos para fortalecer la presencia digital institucional. 

En materia regulativa se puede promover la creación de impuestos a la IA, la robótica o a las prácticas monopólicas, cuya recaudación puede invertirse en el financiamiento de periodismo local y nacional. Asimismo, se puede promover la categorización de riesgos de tecnología como la IA, así como el etiquetado de contenido creado con IA y muchas otras opciones, las cuales dependerán de la iniciativa política y las ventanas de posibilidades que permiten marcos legales como el T-MEC. 

Por otro lado, está la necesidad de la producción y creación de soluciones y herramientas asociadas a la labor administrativa y gubernamental; por ejemplo, la producción de modelos de IA soberanos, la creación de plataformas o aplicaciones públicas, así como la generación de agentes de IA que operen en entornos digitales para luchar contra la desinformación. 

A su vez, también es necesario empoderar a la ciudadanía en la lucha contra la desinformación, una posibilidad es a través de la gamificación de la vigilancia contra noticias falsas u otras formas interactivas que incentiven la identificación de noticias falsas, el desmentirlas y el frenar su propagación, siempre fomentando la apertura, el debate y la deliberación pública. 

En conclusión, el reto no es silenciar la mentira, sino construir un Estado con la capacidad técnica y política para que la verdad vuelva a ser competitiva; no se trata de construir un Estado censor, sino de reconocer que el espacio digital es un territorio en disputa y que abandonarlo equivale a cederlo. Las herramientas están sobre la mesa: educación crítica, regulación, tecnología soberana y ciudadanía activa, lo que hace falta es la voluntad de ejercerlas.