En la actualidad, estamos en condiciones para reconocer una incómoda verdad que los grupos antiderechos se empeñan en ocultar, y es que los derechos humanos son indivisibles. Esta, además de ser una consigna legítima desde los movimientos sociales, es un principio fundacional del derecho internacional de los derechos humanos, consagrado en documentos como la Declaración Universal de 1948 y la Conferencia de Viena de 1993. Pretender seleccionar qué derechos defender y cuáles ignorar, pero sobre todo tergiversar el enfoque de derechos para intentar colar posturas contrarias al avance de la igualdad y la inclusión, es un fraude. No se puede, en coherencia, declararse "pro-vida" y al mismo tiempo oponerse a políticas que garantizan la vida digna de las mujeres, personas LGBTI+, migrantes, racializadas o en situación de pobreza, entre otras. No se puede defender una familia abstracta mientras se niegan protecciones concretas a las mujeres y niñas que sufren violencia dentro de sus hogares, o a las familias conformadas por personas de la diversidad sexual y de género, que buscan reconocimiento. La indivisibilidad es incómoda porque desenmascara la selectividad interesada de estos grupos, porque su lucha no es por la "vida" o la "familia" en abstracto, sino por la imposición de un orden social específico que mantenga intactos los privilegios de unos sobre la vulnerabilidad sistémica de otros. Fragmentar los derechos es la burda estrategia para su debilitamiento total, porque una casa cuyos cimientos se resquebrajan en una esquina, inevitablemente, se colapsa por completo.
La defensa de unos es, invariablemente, la defensa de todas, todes y todos. Quienes se autodenominan “pro-familia” o “pro-vida” operan bajo una idea anacrónica, anquilosada y tramposa, promoviendo el espejismo de un pasado supuestamente ordenado que, en realidad, ha sido profundamente injusto para mujeres, diversidades sexuales, pueblos racializados y cualquier disidencia. Su conservadurismo no es ingenuo; es una estrategia política para frenar el avance de la justicia social.
El espantapájaros perfecto para esta agenda ha sido el ficticio concepto de "ideología de género". Un término fabricado, sin base académica ni legal, diseñado para generar pánico moral y ocultar su verdadero objetivo: negar la humanidad de quienes desafían la norma. Al hablar de una "ideología", vacían a las personas LGBTI+ de su condición de seres humanos con derechos y las convierten en una amenaza abstracta. Es el mismo manual de deshumanización que ha justificado históricamente el racismo, la misoginia y toda forma de exclusión. La peligrosidad de este argumento radica en su éxito para sabotear el debate. No discuten sobre el derecho a una vida libre de violencia o el acceso a la salud. Imponen una falsa discusión sobre una “imposición” que nunca existió, escondiendo su propia ideología, que es una visión rígida y excluyente del mundo.
Este fenómeno no es espontáneo ni aislado; es una estrategia política calculada, pues nadie puede negar la relación entre los grupos antiderechos y los partidos de oposición que buscan capitalizar su discurso para consolidar una alianza tóxica y de conveniencia. Estos partidos,
ávidos de sumar simpatizantes en un contexto donde están pasando por una crisis sin precedentes, ven en la desinformación y el odio hacia otras personas o grupos, como migrantes, las mujeres emancipadas, la diversidad sexual y de género, un combustible electoral barato y efectivo. Adoptan así una retórica que, al disfrazarse de "defensa de los valores tradicionales", busca ascender al poder movilizando a una base electoral a través del resentimiento y la polarización. Lo hemos visto con el ascenso de la ultraderecha en Italia y España, con la victoria de figuras disruptivas en Argentina y El Salvador, con la instrumentalización de agendas religiosas en Polonia y Hungría, y con la complicidad de sectores políticos en Estados Unidos e Israel. Este juego es peligrosísimo, porque normaliza el discurso de odio, busca erosionar el debate democrático y, una vez alcanzado el poder, estas alianzas se traducen en políticas concretas que desmantelan instituciones, recortan derechos conquistados y ponen en riesgo directo la vida y la dignidad de las personas en mayor desventaja e históricamente merginadas. No se trata de una oposición política legítima, sino de un asalto al poder que utiliza los derechos humanos como moneda de cambio.
Frente a esta maquinaria, nuestra respuesta debe ser tan clara como contundente. Desmantelar estos discursos de odio no solo en las instituciones, sino en la vida pública y cotidiana de nuestra ciudad, tiene que ser una tarea asumida por todos aquellos sectores involucrados en la defensa de los derechos humanos, desde todas las trincheras posibles. Porque la lucha es una e indivisible, desenmascarar y desafiar el racismo, la misoginia, la xenofobia, las lgbtfobias y otros, se vuelve no sólo en una acción, sino en una consigna. Reconocer los privilegios es el primer paso para construir una auténtica equidad. Esto no es un juego de suma cero. Es todo lo contrario. Cada vez que defendemos con éxito el derecho de una comunidad, fortalecemos el dique que protege a todas las demás. La retórica que estigmatiza a una persona trans es la misma que busca controlar los cuerpos de las mujeres, criminalizar la protesta social y niega el racismo estructural; son hilos del mismo tejido de opresión que debemos desarticular.
Por ello, el camino no es solo la refutación, sino la construcción poderosa de un nuevo relato. Un relato que recuerde que la aplicación plena de los derechos humanos no es una concesión, sino una obligación del Estado y un compromiso de la sociedad. Un relato que se teja en las calles, en las escuelas, en los medios y en las políticas públicas de nuestra ciudad, nuestros barrios y territorios, pero también desde nuestros cuerpos y nuestras vivencias. Desmantelar el espantapájaros es necesario, pero la tarea más urgente es tejer, con determinación, una red de dignidad tan fuerte que no deje a nadie fuera. Una red donde el derecho a una vida plena y sin miedo no sea un privilegio, sino una realidad universal. Para todos. Para todas. Para todes. Ese es el único mapa que vale la pena seguir.