Luego de la segunda guerra mundial, Hitler entendió muy pronto que el poder no se conquista solamente con soldados, antes hay que conquistar el miedo. La propaganda nazi convirtió la mentira repetida en certeza colectiva, fabricó enemigos capaces de explicar cada problema y ofreció después al verdugo como salvador.
Una característica central de esta propaganda consistió en tomar problemas reales, medias verdades, acontecimientos aislados o temores existentes y ensamblarlos dentro de una narración mucho mayor sobre un enemigo que supuestamente explicaba todos los males.
El Museo del Holocausto de Estados Unidos documenta cómo la propaganda nazi identificaba enemigos internos y externos, repetía esas asociaciones y construía un ambiente donde medidas cada vez más extremas parecían respuestas razonables ante una amenaza omnipresente.
Años más tarde, el “comunismo” ocupó ese mismo lugar en buena parte de la propaganda occidental. Durante la Guerra Fría dejó de ser solamente una doctrina política o económica y se convirtió, muchas veces, en una palabra capaz de condensar todos los temores. En América Latina bastaba con colocar esa etiqueta sobre un movimiento social, un sindicato, un gobierno reformista o una insurgencia para desplazar la discusión sobre sus causas y convertirla en un problema de seguridad. Y México vivió una verdadera guerra de guerrillas bajo esos argumentos.
Así se justificaron persecuciones, golpes de Estado, operaciones encubiertas y dictaduras bajo una premisa sencilla muy parecida, no se combatía a adversarios políticos, sino a una amenaza existencial.
Cuando el comunismo perdió capacidad para explicar todos los enemigos, el lenguaje cambió, pero la lógica permaneció. Primero fue el terrorismo, sobre todo después del 11 de septiembre de 2001; después, en América Latina, el narcotráfico comenzó a ocupar un lugar semejante. La acusación ya no necesitaba presentar al adversario como comunista: bastaba con vincularlo con un cártel, llamarlo narcoterrorista o hablar de un narcoestado.
El efecto político y mediático es profundo, porque un adversario puede ser debatido, derrotado en elecciones o confrontado diplomáticamente. Un terrorista o un narcotraficante, en cambio, es colocado fuera de la política y dentro del terreno de la excepción, donde la persecución, las sanciones e incluso la intervención empiezan a parecer legítimas.
Este peligroso efecto adquiere hoy una dimensión que Hitler no pudo siquiera imaginar, la propaganda digital. Ya no necesita un ministerio que dicte la consigna ni periódicos abiertamente militantes. El mensaje puede aparecer en una página de facebook de espectáculos, de nota roja, en humor de tiktok, en páginas de deportes o entretenimiento que jamás se presenta como política; algunas reciben dinero, pauta o incentivos para amplificar contenidos cuya procedencia el lector desconoce.
Así se borran las fronteras entre información, entretenimiento y propaganda. Una acusación no comprobada salta de una cuenta opositora o de un rancio personaje de la derecha a decenas de páginas aparentemente independientes, después a videos, memes y publicaciones que se citan unas a otras hasta producir la ilusión de que existen muchas fuentes cuando, en realidad, todas repiten la misma historia.
Y la mentira tiene una ventaja brutal sobre la verdad, necesita apenas unos segundos para sembrarse; desmentirla exige pruebas, contexto y una atención que casi nunca llega. Muchas ni siquiera son refutadas. Quedan ahí, repetidas miles de veces, adheridas poco a poco al imaginario colectivo, hasta que alguien deja de recordar dónde las leyó y comienza simplemente a creer que “todo el mundo sabe que es cierto”.
Y esa peligrosa conjunción entre propaganda amplificada y judicialización de la política…cuando el expediente deja de servir solamente para investigar responsabilidades y comienza a utilizarse para construir al enemigo no es nueva en América Latina. Hugo Chávez lo anticipó en 2005 con una frase inquietante. Advirtió que terminarían acusándolo personalmente de narcotraficante y que intentarían aplicarle “la fórmula Noriega”, es decir, convertir primero al gobernante en criminal para hacer después políticamente aceptable lo que contra un jefe de Estado resultaría inadmisible, y está pasando en nuestra América ahora.
Aún cuando la oposición cuenta en sus filas con diversos gobernadores y el propio García Luna procesados. Nada de aquello convirtió automáticamente al PRI o al PAN en organizaciones criminales. Nadie sostuvo seriamente que los millones de mexicanos que votaron por esos partidos lo hicieron obligados por los cárteles. Ésa es precisamente la frontera que ahora una parte de la oposición pretende borrar con Morena.
El mecanismo resulta conocido: ayer fueron comunistas; después terroristas; ahora pueden ser narcotraficantes. Una vez expulsado el adversario del terreno de la política y colocado en el de la criminalidad internacional, la soberanía empieza a parecer un estorbo, la elección una sospecha y la intervención extranjera una solución imaginable.
Después viene el ejército invisible de nuestro tiempo, miles de cuentas, portales, videos, memes y páginas aparentemente ajenas a la política que repiten la acusación hasta separarla de su origen. Ya nadie pregunta quién la demostró; basta con haberla visto cien veces. Y entonces ocurre lo verdaderamente peligroso… la propaganda deja de necesitar convencer porque consiguió algo mejor, consiguió acostumbrarnos.
Cuando una sociedad acepta sin pruebas que el gobierno que eligió no es un gobierno sino un cártel, ya no discute cómo derrotarlo en las urnas. Empieza a discutir quién debe venir de fuera a salvarla.
La historia enseña que los monstruos rara vez llegan presentándose como monstruos. Casi siempre llegan envueltos en una causa aparentemente justa, acompañados de una amenaza suficientemente grande y precedidos por una mentira repetida tantas veces que terminó pareciendo verdad.
El narcotráfico es real. Su infiltración en la política también. Precisamente por eso utilizarlo como arma para cancelar al adversario, desacreditar una elección y abrir la puerta a la injerencia extranjera no combate al crimen, convierte al miedo en instrumento político.