¿Por qué llamaríamos “Venus” a la representación de una mujer que vivió hace unos 25.000 años? Me refiero a la figurilla de piedra descubierta en Willendorf, Austria; una pieza que pertenece al Paleolítico superior y cuya factura data de mucho antes de la aparición de la diosa romana.
Gracias a la arqueología sabemos cuándo fue enterrada, de qué piedra procede, cómo fue trabajada y hasta qué recorrido pudo seguir. Lo que no hemos logrado entender es su contexto, qué significaba para aquellas que la hicieron; un vacío que no ha impedido que, durante más de un siglo, distintos arqueólogos la hayan asociado (sin posibilidad de réplica) con una representación venusina, relacionada con la fertilidad, la maternidad, la abundancia y la representación de un ideal de belleza arcaico.
La figurilla, de unos once centímetros, fue hallada en 1908 durante las excavaciones dirigidas por Josef Szombathy, Hugo Obermaier y Josef Bayer como parte de las expediciones de rigor decimonónicas. Años antes (1864), Paul Hurault había bautizado a otra pequeña figurilla paleolítica encontrada en Laugerie-Basse como la Venus impúdica, en contraste con la Venus púdica romana, cuyas representaciones muestran a la diosa cubriéndose el cuerpo. A partir de entonces, tal denominación se convirtió en una etiqueta para el conjunto heterogéneo de figurillas femeninas prehistóricas que iban encontrando.
Aquel arqueólogo, de modo inconsciente, leyó la figurilla a partir de categorías culturales que le resultaban familiares: desde la asociación entre desnudez juvenil, sexualidad, fertilidad y belleza que ya contaban con un contexto y significado muy arraigado dentro de las sociedades de tradición occidental. Por eso es tan importante valorar la investigación de la arqueóloga Katharina Rebay-Salisbury quien ha mostrado, precisamente, cómo la historia del descubrimiento y de la interpretación de aquellas figurillas está atravesada por cuestiones de objetualización. En el caso particular de la de Willendorf, señaló que la pieza fue descubierta e interpretada por hombres y que recibió, desde el principio, descripciones condicionadas por las categorías raciales y corporales de la época.
Durante generaciones (los que alguna vez fuimos estudiantes de Historia del Arte corroboramos) se nos ha hablado de ella como de una figura obesa o monstruosa, alejada de cualquier canon de belleza sin podernos plantear que esas palabras estaban introduciendo un juicio contemporáneo allí donde el objeto arqueológico solo nos ofrecía una forma. No hay nada feo ni monstruoso en la figura de Willendorf. Lo que ocurre es que su cuerpo no fue esculpido siguiendo las proporciones de la escultura griega que siglos después convertiría determinadas proporciones anatómicas en modelo de belleza (καλὸς καὶ ἀγαθός). Es decir, no estamos ante un cuerpo que haya fracasado en alcanzar un canon, sino que se ha concebido y, por ende, pertenece a otra tradición visual. Si reconocemos esto, ¿por qué, entonces, se sigue insistiendo en leerla desde los paradigmas del mundo clásico?, ¿cuánto de lo que creemos reconocer en una mujer prehistórica (¡hasta contemporánea!) procede de ella y cuánto procede de las categorías con las que hemos aprendido a reconocer un cuerpo femenino?
Simone de Beauvoir y Judith Butler nos indicaron hasta qué punto la mujer había sido construida históricamente como un otro, como un cuerpo condenado a no poder ser separado de las normas culturales de las sociedades que los producen. Pero, ¿y si el caso de estas figurillas, por su antigüedad, fueran la evidencia de lo contrario?
Una de las propuestas más sugestivas, en este sentido, es la de LeRoy McDermott quien, en 1996, planteó que estas figurillas podían entenderse como autorrepresentaciones realizadas desde la perspectiva de las propias mujeres, pudiendo ser ellas mismas las artífices. McDermott sostuvo esta tesis en el estudio de la proporción formal de las piezas, denotando una ligera desproporción natural si las autoras, a falta de espejo, hubieran tenido que representar su cuerpo a partir de su propia mirada. Las proporciones, por lo tanto, así como determinadas partes del cuerpo (como el rostro o los pies) perderían protagonismo en favor de otras (como los pechos o la barriga). A pesar de que la hipótesis de McDermott no demuestra por sí misma que la mujer de Willendorf sea un autorretrato, abre una nueva posibilidad, otra lectura que nos invita a observar y repensar la figurilla desde la experiencia corporal de quien lo habita.
En este sentido, darnos cuenta de que somos nosotros quienes formulamos las preguntas, seleccionamos las categorías y construimos los relatos que permiten que ese objeto entre en nuestra historia, marca una diferencia abismal. Nos permite entender que la mujer de Willendorf no necesita responder al canon clásico, ni ser una diosa. No necesita convertirse en un símbolo de la sociedad matriarcal de su tiempo para adquirir importancia, ni mostrar una silueta perfecta. No necesita ser un ideal, ni una alegoría, ni tampoco un objeto de deseo.
La mujer de Willendorf se resiste a todas estas lecturas y nos recuerda algo más sencillo: la aceptación de una mujer que se mira y se representa a sí misma en plenitud y belleza, ajena a la mirada del otro. Después de todo, ella estaba allí mucho antes de que inventáramos el canon desde el que seguimos intentando juzgarla.