Caminas, ¿qué piensas?
¿En que ya es tarde?
¿Qué desayunaste?
La verdad es que ningún pensamiento se queda, nacen y se alejan con el viento; tu mirada está en el camino, en tus manos, en tus zapatos, en la hoja de arbol que está llena de barro de la lluvia de anoche. El frio que te pega en la cara borra las palabras y entrecierras los ojos y te encorbas un poco y estiras los brazos hacia abajo, con las manos en las bolsas del saco, como si eso sirviera de algo.
Avanzas.
No piensas en el camino, caminas automáticamente, pues sientes que es el mismo de todos los días y no te das cuenta de que el cielo no es el mismo, las nubes grises, con la luz solar que se cuela desde detrás de ellas, pintando el cielo de formas que se convierten en sueños. Caminas como si nada cambiara, pero todo es diferente, los carros de la calle son, como el agua de río, siempre diferentes, las sombras, los cuerpos con que te cruzas, todo, es diferente, pero el censar los cambios te haría rallar en la locura.
Es más cómodo ignorar los cambios del mundo pues ello es trabajo de los historiadores, de los urbanistas, de los cronistas y los poetas. Nosotros sólo pasamos, ignorando los cantos de las aves y el sonido de tiempo.
¿A qué suena el olvido?
Caminas.
Avanzas, a veces en línea recta, a veces das pasitos laterales para esquivar los obstáculos que significan otros cuerpos caminantes como tú, a veces recorres algunas curvas para rodear árboles, carros, problemas que quieres ignorar y viejos problemas matemáticos que nunca supiste resolver en la secundaria.
No piensas mucho en tu destino, sin embargo, paso a paso te acercas sin cuestionar nada. En algún momento apresuras el paso, pues sin ver un reloj o sin ser avisado de forma oficial, sabes que el reloj avanza sin piedad. No corres, sólo tratas de avanzar más rápido.
Entonces llegas.
Pasas por un enorme portal, donde las hojas enormes de acero labrado de una puerta abierta están ahí, colocadas para acompañar tu caminar pequeño que se parece hasta la confusión con otros miles que han pasado por ahí sin detenerse a ver los rostros de la muerte labrada en esas placas de metal dorado.
Avanzas y con la mirada buscas el escritorio de información. Sabes que debe haber uno así. Siempre lo hay.
Lo encuentras. Te diriges hacia ahí.
La mujer, te mira casi sin mirarte y te indica que subas al segundo piso en el elevador del fondo y que, una vez ahí, saliendo a la izquierda encontrarás la oficina. Caminas por un pasillo ancho, lleno de gente, algunos agolpados en entradas de oficinas que no sabes qué son. Otros resignados. Sentados en el suelo, con las piernas estiradas sin que les importe que pudieran ser un obstáculo para alguien que quisiera caminar por ahí, otros abrazan sus piernas flexionadas, otros se recuestan exhaustos, hay niñas, niños, mujeres, jóvenes, viejos, todos sudan cansancio y hartazgo. El murmullo incompresible y el suelo pegajoso se amalgama.
Tú los ignoras, avanzas hacia una fila que lleva al ascensor. Decides esperar y avanzar, paso a paso, lentamente a un elevador que sólo te subirá dos pisos, ignorando una escalera que sería mucho más ágil y eficaz.
Llegas. Sin decir palabra y, de forma inexplicable, desciendes del elevador atiborrado. Sorpresivamente el pasillo está vacío y en silencio. Volteas a ambos lados y no ves a nadie. Caminas a la izquierda como se te indicó. Tus pasos resuenan por el lugar por el eco. Tu andar es casi cinematográfico hasta que llegas a una puerta de vidrio esmerilado con una hoja pegada con cinta adhesiva donde lees escrito con una letra rápida y descuidada, Programa Nacional de Tránsito Digno, con la línea gruesa de un plumón de tinta indeleble. Encima, pegado se leé un papelito amarillo con la leyenda: Regresamos en 10 minutos.
Incrédulo, empujas la puerta y la resistencia al movimiento, corrobora lo dicho en el post it. Resignado te recargas en la pared con el codo derecho, inclinado, cruzas los brazos y te dispones a esperar. En la pared de enfrente, quizá a un metro y medio, ves a una persona dormitando en una de dos sillas disponibles. No crees que los diez minutos prometidos en el anuncio adherido a la puerta sean correctos.
Te acercas y te sientas.
No sabes por qué el gobierno diseña un programa para terminar con la vida, no sabes cómo lo hace y porqué es tan fácil inscribirse, pero aquí estás, sin nadie que reciba, sin nadie que oriente, sólo te sientas y esperas.
Has pensado en esto largamente y de pronto, un link discreto sin diseño en la parte baja de un video. Apareció y desapareció en un segundo, no sabías si lo que habías leído era verdad o no. Esperaste y esperaste viendo el video una y otra vez hasta que volvió a aparecer. Sólo decía:
Programa Nacional de Tránsito Digno. TÚ DECIDES CUÁNDO…
Hiciste un clic. Es lo más cerca que has estado de decidir.
Solo te preguntó nombre, una selfie, una foto de tu identificación y comprobante de domicilio. No preguntó motivo, ni pruebas psicológicas o psiquiátricas. Nada. Ahora esperaba en un pasillo blanco, sin polvo, sin ventanas, sin otras oficinas, con una blancura que obligaba a cerrar los ojos.
Estás sentado, esperando…
¿Y si te vas?
¿Quién te detiene?
Te quedas sentado, no se te ocurre un mejor lugar ahora. Te quedas esperando junto al hombre junto a ti que duerme con la barbilla pegada al pecho y las manos caídas a los lados de los descansabrazos de su silla, invadiendo con la mano derecha, tu espacio.
No sabes que pasará allá dentro, pero eso ahora tampoco importa, no existe un adentro mientras la puerta no se abra, mientras no llegue alguien y abra. Decidiste que tu vida terminó y, por eso, este tiempo sin horizonte y en medio de este mundo blanquecido es todo lo que tienes.
Tienes una burocracia ausente, tienes una hoja que rotula el fin con su ProNaTaD de plumón y su post it. Eso es el mundo ahora y no tienes miedo, estás cómodo mientras el único pasillo vacío del edificio detiene el tiempo.
Entónces, desde dentro, una mujer abre la puerta. No llama, sólo se asoma para ser vista y se mete. Tu vecino no se da cuenta. No sabes cuanto tiempo ha pasado desde que el papelito amarillo fue puesto sobre el rótulo de la institución de muerte.
Te pones de pie dudoso y te asomas y no ves mucho, das un paso y te detienes esperando una invitación, no escuchas nada, entras dudoso y llegas hasta un escritorio donde está la misma mujer vestida de blanco, cabello corto y muy negro, como recién pintado. Con una sobriedad que sólo es rota por unas uñas con un diseño de jirafa. Amarillo y con puntitos marrones.
Ella apenas te ve.
- Identificación. Dice regañonamente.
Rápidamente la pones sobre el escritorio. Ella teclea tu nombre. Toda tu vida se despliega en un formato en su pantalla.
- Numero de solicitud
- 17
- ¿Viene por su decisión?
- Sí
- Firme aquí. Le voy a tomar una foto.
Te toma una foto con una camarita y de una pequeña impresora sale un papel autoadherible con tu nombre y tu foto impresa de forma casi irreconocible. Ella lo toma, despega la parte que deja expuesto el pegamento y te lo alcanza para que te lo pegues sobre tu ropa. Asi lo haces y te señala una sala de espera. Sin cruzar más palabras, caminas hasta las sillas y te sientas. De forma sorprendente, tu asiento es bastante cómodo.
Es una sala para 80 personas sentadas, y si hubiera necesidad, cabrían 15 ó 20 personas de pie sin estorbar demasiado, pero no hay nadie más que tú. Hay una cafetera de monedas en la pared que tienes en frente, pero decides no hacer nada, no hacer ruido.
Pocas cosas imponen más que una sala vacía.
Encima de la cafetera hay un letrero pintado con pintura marrón. QUÉDATE O VETE, TU DECIDES. TU DIGNIDAD ESTÁ INTACTA.
No entiendes.
Ves tus zapatos lustrados. Ves tu manos con las uñas pulcramente cortadas, posadas sobre tus rodillas. Tienes ganas de fumar y una señal de No Fumar te detiene.
¿Cómo entiendes la contradicción? Estás aquí sentado esperando turno para morir, pero miras antes de cruzar la calle. Esperas el semáforo. Te pones el cinturón de seguridad. Evitas un charco para no ensuciar los zapatos. Te cuidas del frío. No fumas donde está prohibido.
Te levantas, caminas hacia afuera.
- Buenas tardes. Dices.
- Buenas tardes…
Haces el camino inverso, llegas a las salas atiborradas de gente y ruido y sales a la calle. Nadie te detuvo, nadie te llama. Prendes el cigarro antes de pisar la calle, aspiras profundamente el humo y exhalas. Nada cambió, el vacío sigue.
Caminas hacia la izquierda y metes la mano izquierda en la bolsa del pantalón, mientras el cigarro se consume en la otra mano mientras te pierdes en la multitud.
Quizá mañana…