Ni los 40 grados bastaron. Pudieron irse, estaba más que justificado, sin embargo buscaron refugio bajo un árbol para escuchar a la primera presidentA.
La política suele tener momentos que se vuelven fotografías de una época. El acto encabezado este domingo por la presidenta Claudia Sheinbaum fue uno de ellos. No por la espectacularidad de un evento masivo —que la tuvo—, sino porque dejó al descubierto algo que buena parte de los analistas de café, comentaristas de televisión y profetas del desastre se niegan a aceptar: la Cuarta Transformación sigue teniendo una base social organizada, movilizada y dispuesta a defender lo que considera suyo.
Mientras algunos esperaban plazas vacías y entusiasmo agotado, miles de personas salieron a las calles y se concentraron en los 32 estados del país para respaldar a una presidenta que, a dos años de su triunfo electoral, mantiene niveles de aprobación que cualquier mandatario occidental envidiaría. La escena fue particularmente incómoda para quienes llevan años anunciando el inminente derrumbe del proyecto transformador. Parecen esos músicos del Titanic que siguen tocando la misma melodía aunque el barco que imaginaban hundido continúa navegando.
Pero el discurso de hoy fue mucho más que una celebración política. Fue, sobre todo, una definición de soberanía en tiempos turbulentos.
México enfrenta desafíos internos evidentes: violencia, desigualdad, rezagos históricos y las dificultades propias de cualquier proceso de transformación profunda.
Sin embargo, a esas pruebas nacionales se suma ahora un factor externo que no puede ignorarse: la creciente intervención política, mediática y financiera proveniente de sectores del gobierno de Estados Unidos que observan con incomodidad el fortalecimiento de un proyecto que reivindica la independencia nacional.
Durante décadas, ciertos grupos políticos mexicanos se acostumbraron a buscar legitimidad en Washington antes que en las plazas públicas de México. Algunos parecían más preocupados por obtener aplausos en embajadas que votos en las urnas. El problema es que cuando el pueblo deja de acompañarlos, terminan buscando patrocinadores donde antes buscaban aliados.
Por eso resultaron tan importantes las preguntas formuladas por la presidenta durante su mensaje. Porque en realidad no fueron preguntas, fueron afirmaciones con forma de interrogante.
¿Puede un gobierno extranjero decidir quién gobierna en México?
¿Puede una potencia intervenir en los asuntos internos de una nación soberana?
La respuesta que dio el pueblo reunido fue contundente. No.
Y ese "no" no iba dirigido únicamente a la oposición doméstica. También estaba dirigido a quienes, desde el exterior, parecen haber olvidado principios elementales del derecho internacional, de la convivencia entre naciones y de los acuerdos diplomáticos que durante décadas han regulado las relaciones entre ambos países.
Resulta particularmente preocupante que, apenas días después de conocerse acciones de injerencia realizadas por una agencia estadounidense en territorio mexicano, surgieran presiones y señalamientos para proceder contra funcionarios mexicanos sin que se hayan presentado públicamente pruebas suficientes bajo los estándares jurídicos que exige nuestro marco constitucional.
El asunto no es defender personas. El asunto es defender principios.
Porque si mañana un gobierno extranjero puede señalar, acusar y exigir detenciones sin acreditar pruebas ante las autoridades mexicanas, entonces ya no estaríamos hablando de cooperación internacional sino de subordinación política.
Y la soberanía no se negocia por simpatías ideológicas ni por coyunturas partidistas. Se defiende siempre.
Paradójicamente, quienes durante años acusaron al movimiento transformador de autoritario hoy guardan un silencio casi reverencial frente a presiones externas que pretenden influir en decisiones que corresponden exclusivamente al Estado mexicano. Pareciera que algunos descubrieron que la intervención extranjera deja de ser mala cuando beneficia sus expectativas electorales.
La presidenta Sheinbaum entendió que el momento exige claridad. No respondió con estridencias ni con confrontaciones innecesarias. Respondió recordando algo que debería ser obvio: México es una nación libre, independiente y soberana.
Por eso el mensaje de este domingo trasciende la coyuntura. Porque no sólo fue una rendición de cuentas ante el pueblo. Fue una advertencia política para quienes creen que México puede volver a los tiempos en que las decisiones nacionales se tomaban mirando hacia el norte.
Las plazas llenas de hoy enviaron un mensaje sencillo pero poderoso: el mandato popular no se administra desde oficinas extranjeras ni se construye mediante campañas financiadas desde fuera. Se gana en las urnas y se refrenda en la calle.
Y si hubo un lugar donde ese mensaje se sintió con especial fuerza fue en Sinaloa, epicentro de una de las crisis detonadas por decisiones y presiones provenientes del gobierno estadounidense. Aun así, el evento lució a reventar.
Bajo temperaturas cercanas a los 40 grados centígrados, miles de personas decidieron estar ahí. Seguramente no faltarán quienes intenten explicar la asistencia con los argumentos de siempre: que fueron para no perder el trabajo, para quedar bien con algún jefe o para sumar puntos políticos. Curioso razonamiento. Es exactamente la forma en que quienes están enfrente suelen entender la participación ciudadana: asumen que la gente sólo se mueve por presión, conveniencia o miedo, porque les cuesta aceptar que también puede hacerlo por convicción propia.
Hoy queda claro que en Sinaloa la 4T es mucho más que unos cuantos personajes políticos. La Cuarta Transformación es pueblo. Y por lo visto hoy, incluso bajo el calor abrasador, sigue siendo la opción que la mayoría espera, respalda y está dispuesta a defender.
Y si las preguntas de la presidenta parecían interrogantes, el pueblo ya se encargó de convertirlas en respuestas.