Joaquín Sorolla pinta matices de luz en un eterno mar soleado. La composición de los elementos invita al espectador a la alegría de saber que a pesar de la fugacidad, nada es inerte.
El famoso pintor Joaquín Sorolla retrata cómo la vida se enciende y se desvanece en el crepúsculo y el atardecer de sus pinturas. La atmósfera parece cobrar luz en ambientes frescos y brillantes, la alegría del color se torna puro, fuerte, espontáneo, la pincelada es suelta, de pequeños toques en forma de coma.
La historia de Sorolla resulta bastante peculiar, quedó huérfano a los dos años y desde ese momento fue un niño muy apegado a sus tíos maternos, quienes lo adoptaron. El amor por la naturaleza y su comportamiento desalineado, iluminaron al director de su escuela para que recomendara a sus tíos que lo inscribieran en la Escuela de Bellas Artes de San Carlos y así es como comienza su formación con clases de dibujo nocturnas con el escultor Cayetano Capuz. Paralelamente, hacía labores de cerrajería y trabajaba coloreando fotografías.
Para 1889, incursionó en la pintura al tiempo que se relacionó con el revolucionario republicano Blasco Ibáñez con el que llegó a consolidar una amistad. En ésta etapa, su trabajo refleja cierta carga social, obras como “Y aun dicen que el pescado es caro”, muestran un discurso sórdido: la muerte de un pescador. “Trata de blancas”, un óleo sobre lienzo, crea al espectador un sentimiento de piedad y compasión. En esta época también bosqueja a un grupo de mujeres, y la imposibilidad de ellas de huir de su destino: ser prostitutas. Sin embargo, esta tendencia social le duró pocos años.
En 1894 viajó a París, y al estar en contacto con la corriente impresionista, cambió de manera radical la temática de su pintura y su estilo fue tomando forma con su filosofía de vida. “Los duelos con sol son menos”, solía escribirle a su amigo Pedro Gil por medio de las cartas.
En esta etapa aparece la obra que lo define, con un sentimiento optimista y vital: inestables pinceladas en donde todo ocurre en un dinamismo que parece escapar con el aire. No hay adornos o metáforas, es una realidad cifrada en espacios abiertos, con la libertad que sugiere el movimiento.
Sus pinturas para este tiempo adquieren luminosidad. En un primer plano se encuentra la coloración del objeto percibido al aire que se reproduce mediante manchas de colores puros y fuertes destellos de luz, aplicados con gran soltura para crear una atmósfera de elementos que reflejan un movimiento contínuo.
Gracias a este estilo extendió su fama por toda Europa y Estados Unidos. De 1910 a 1920, pintó una serie de murales para la Hispanic Society of America de Nueva York. Innumerables encargos le permitieron gozar de una buena posición social.
Para Sorolla, el arte no tiene nada que ver con nada que sea feo o triste, solía decir, “¿No es maravilloso... que los pintores modernos se dediquen al estudio de la luz del sol? La luz es la vida de todo lo que toca. Cuanta más luz en las pinturas más vida, más verdad y más belleza”.
El concepto de la luz venía suscitándose desde el siglo XVI con la pintura veneciana caracterizada por una observación directa de la naturaleza y un esbozo de ella en los paisajes. Ya en el siglo XVI, tanto Giorgione como Tiziano, discípulos ambos de Giovanni Bellini, representan una generación que da efectos de una perspectiva aérea en distintos planos, basada en la luminosidad de la ciudad.
Más adelante, esta técnica se retomaría en el impresionismo y mejorada gracias a los colores industriales. De esta forma, los pintores comenzaron a ofrecer una variedad cromática que aumentaba las posibilidades artísticas: variaciones en la luminosidad del cielo, fondos marinos, temáticas que reproducían el espejo de la luz sobre el agua, los campos y distintas superficies como la nieve o el suelo mojado por la lluvia. Sin embargo, este movimiento no fue aceptado desde sus inicios, incluso el nombre de la corriente resulta peyorativo. Cuando Monet presentó su obra “Impresión sol naciente” en 1874 en el Salón Oficial, lugar alternativo para exhibir obras, mejor conocido como el lugar de “Los Rechazados”, Lous Leroy, un reconocido crítico publicó en el periódico Le Charivari, “Al contemplar la obra pensé que mis anteojos estaban sucios, ¿Qué representa esta tela, ¡Impresión!, desde luego que produce impresión, el papel pintado en estado embrionario está más hecho que esta Marina…. Si lo que espera es ver una pintura que reproduce a la perfección una imagen para eso tiene la fotografía (que en este siglo está ganando muchos adeptos).” Y en efecto, los impresionistas pensaban que el papel del artista era mostrar una resignificación del paisaje, o de lo contrario la fotografía superaría a la pintura.
Sorolla es considerado el máximo representante del impresionismo español. Retrató la temporalidad de cada momento en sus obras, el movimiento de las velas en los barcos, la elegancia transitoria difuminada en los vestidos de las mujeres, la expresión efímera de los rostros, el oleaje perpetuo, el viento cálido que se pierde y se difumina en el tiempo.
Así, Sorolla esboza en su obra el disfrute de un instante, como diría Borges, “recibiendo las modestas limosnas del día: el sueño, la rutina, el sabor del agua”, mujeres paseando, hombres que trabajan, niños jugando, una impresión que tan sólo aparece en el momento que el artista ciega al espectador de cualquier pensamiento con los colores del verano, y lo lleva al resplandor del mediterráneo.