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  • hace 2 días
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Sueño de colores

Sueño de colores

Por Milo Montiel Romo

Es que el camino es muy largo y mejor me siento en esta piedra a esperar que alguien acepte llevarme. Si espero tardaré menos de lo que haré caminando. Es probable que el carro que acepte llevarme me rebase antes de que avance demasiado.

Mientras espero bajo la sombra de este árbol, que pese a muro de piedra que delimita el terreno donde está sembrado, extiende un brazo apiadándose de quien espera en el camino. Hoy se balancea por este vientecito frio que anuncia lluvia. 

Busco el viejo impermeable que vive en fondo de mi mochila y encuentro una manzana sin brillo y un poco arrugada que había olvidado hace algunos días. Saco los dos, me vuelvo a colgar mi mochila de los hombros y me apresuro a entrar en la manga de plástico, pero esta se atoró con el sombrero. Corrijo y logro meter la cabeza y acomodar los brazos. Bajo el gorro y me vuelvo a poner el sombrero.

Quedo con una especie de joroba envuelta de amarillo y una manzana en la mano. Me siento en la misma piedra en una de las esquinas esta especie de “T” que hace la carretera y el camino al Saucedo. Muerdo sin ganas la envejecida fruta y el sabor dulzón de ella llena el vacío que dejó la falta del crujido que esperaba.

Pasa un tráiler provocando un ventarrón de bolsillo que me azuza a tomar mi sombrero para evitar que salga volando. Hay un silencio extraño, lleno de ruidos de carros que pasan por la autopista pero que no me dicen nada. 

Pasan y pasan carros y nadie baja la velocidad para dar vuelta. Sólo un camión se detiene y de él bajan dos viejos y se quedan parados, viéndome, esperando que yo me quite de mi piedra, pero no lo hago.

Ella me ve fijamente y no dice nada. No ve el camino vacío al Saucedo, ni la autopista para ver si llega nuestro hipotético transporte, no, me mira callada para obligarme a ceder mi asiento, pero yo miro mi manzana y sigo comiendo con parsimonia. 

Él, solo para romper este silencio incomodo y espeso, pregunta sin importarle demasiado:

  • ¿Lleva mucho tiempo esperando?
  • Si, un rato. 

Luego, camina hacia mí y se sienta en la hierba junto a la piedra. Ella, con un odio contenido y silencioso hace el mismo camino que él, pero se queda ahí, de pie, como un viejo árbol de carretera. 

Somos tres los que esperamos aquí, en medio de un lugar que existió para darle sentido al horizonte. Estamos aquí, lejos de nuestro destino, el cual está después de este camino recto que parece no llevar a ningún lado. No llueve, pero el viento no para de amenazarnos con este olor y sabor a tormenta. Sabemos que el tiempo que tenemos es poco antes de quedar empapados.

Termino la manzana y como si esto fuera el indicador para irnos, se acerca rápidamente una pequeña camionetita de carga, cuando está a unos 30 o 40 metros de nosotros baja su velocidad y pone su direccional. Cuando el foco amarillo nos hace guiños nos levantamos, la mujer nunca se sentó, y le hacemos una seña para solicitarle que nos lleve.

Se detuvo. Abrimos la tapa de la camioneta. El viejo y yo subimos de un salto. Ella se sentó y giró sus piernas para quedar arriba, luego él corrió a socorrerla. Se pusieron de pie y caminaron hasta el fondo y se sentaron usando la parte de atrás de la cabina como respaldo.

Yo me senté en una de las paredes laterales de la camioneta. El chofer, sin mediar palabra, arrancó cuando nos vio sentados por el retrovisor. Yo tuve que volver a poner mi mano sobre el sombrero, el cual estuvo a punto de salir volando otra vez.

Empezaba a llover y el camino se sintió como una lluvia de agujas de agua que golpeaban. El chubasco dolía en las mejillas con la velocidad. Me quité el sombrero y me lo puse en la panza, debajo del gabán de plástico y subí el gorro amarillo. Los viejos se acurrucaron uno contra el otro en un movimiento que quería enfrentar la lluvia como una roca, pero era mentira, el frío y el agua les calaba sin clemencia. 

El agua se depositaba en el piso metálico de la camioneta y las gotas temblaban por el movimiento del vehículo mientras aceleraba, al tiempo que unos árboles resignados, mojados y cabizbajos corrían a ambos lados del camino para rápidamente quedar detrás nuestro.

Nos movíamos rápidamente en un camino recto que con todas sus fuerzas se negaba a dar vuelta y trataba de extenderse hasta el horizonte.

Al fin, la camioneta bajó un poco a velocidad y dio una vuelta larga y peraltada y al final, al inicio de un camino empedrado, junto a las primeras casas se detuvo. Tampoco dijo nada, pero esperó sin prisas a que bajáramos.

No me detuve a ver como se paraban y caminaban al final de la caja. Di un salto un segundo antes que el viejo. Ella se sentó en la caja mojada y se deslizó hasta el suelo sujetándose del brazo de él. Levantaron las manos como despedida, agradecimiento e indicación de salida para el chofer. Yo sólo atiné a gritar ¡gracias!

Cuando me di cuenta, estaba parado solo, los viejos ya no estaban y las luces de la camioneta se perdían en el fondo de la calle. Empezaba a anochecer, pero la lluvia vació las calles del pueblecito. Caminé como un fantasma de plástico amarillo sin saber bien a dónde ir.

  • ¿Sabe dónde encuentro al comisariado?
  • Por ahí derecho, en la casa verde que está frente a la tienda.

Contestó una mujer con la que casi tropiezo cuando di vuelta al azar en cualquier calle.

Caminé lentamente con un dolor en la boca del estómago, al estar ahí, frente a la puerta, tenía la sensación de salir corriendo, por lo menos, quise cruzar la calle para ir a la tienda y dejar pasar el tiempo con una coca en la mano.

Me quedé frente a la puerta unos segundos y la golpeé. Salió una niña.

  • ¿Está tu papá?
  • ¡Papá! - dijo y salió corriendo hacia adentro.
  • ¿Cómo estás Pancho?
  • Bien ¿y tú? Pásale, tómate un café.
  • No gracias, vine de rápido.
  • ¿Viajaste casi dos días para venir de rapidito? ¡no mames! - río.

En silencio atravesé un pasillo de dos metros, empequeñecido por un estante lleno de platos y trastes desvencijados que nunca volverán a ser usados. Entro en un cuarto con una especie de neblina azulosa y donde estaba una mesa vieja de madera atestada de cosas. Un florero lleno de piedras; cuadernos; ollas; una alcancía rota en el fondo; botellas de refresco vacías, tazas, vasos, varios trapos olvidados de cocina y algunas cosas que perdían sus formas en el tumulto.

Literalmente sólo había espacio para recargar los codos al platicar. Acercamos dos sillas en torno al desastre que los miraba desde la mesa y nos sentamos para vernos a la cara con un cristo que miraba desde la pared como testigo. Dejé mi sombrero en la mesa y esperé un momento.

  • ¿Quieres una coca?
  • No, sólo quiero irme. Dije mientras busco en la mochila.

Cuando encuentro el cilindro metálico lo saco y lo pongo en la mesa sin decir nada al tiempo que él le da un trago a su vaso con refresco. Cuando lo ve, se queda inmóvil sin saber qué hacer.

  • No creí que lo traerías.

Con una especie de temor y excitación abrió giró lentamente la tapa y lo encontró lleno de plumas de colores. Nunca hubiera imaginado yo ese contenido. Lo cerró y sin voltear a verme se fue hacia otro cuarto. Lo seguí con la mirada.

Me paré un minuto después. La niña que antes me había abierto estaba recargada en el quicio de la puerta, sostenida en un píe, mientras el otro pie jugaba con la chancla sobre el pie de apoyo. Al mismo tiempo, retorcía la trenza una y otra vez, mientras veía incrédulo a Jacinto.

Me asomé a la recámara que no era más que un cuarto que acumulaba una cama, burós, dos roperos que vomitaban ropa por las puertas mal montadas, una mesa llena de ropa y una plancha conectada a un sóquet que sostenía al foco que colgaba del centro de la habitación. El suelo, una plancha de cemento sin pintar estaba lleno de polvo, juguetes y recorridos de insectos.

Ahí, en medio de todo, Jacinto lanzaba las plumas al techo y cuando lo rozaban reía con los ojos cerrados. Lloraba. Puño a puño, las plumas de colores volaban y caían mientras él pasaba de una emoción a otra sin parar. 

La escena se desarrolló de manera continua, mientras hubo plumas que sacar del bote metálico y cuando terminó Jacinto cerró el bote y caminó hacia la niña y dijo:

  • Te guardé unas pocas, pero no las uses ahora, luego te digo que hacer. Vete. Y le entregó el recipiente.

La niña se fue corriendo con el bote abrazado.

  • Yolanda sabía de magia antigua. Guardó en estas plumas sus últimos sueños. Los vi, los viví. Dijo limpiándose las lágrimas.

Tomé mi sombrero sin salir del asombro y lo escondí bajo la manga amarilla, me coloqué el gorro de plástico y le extendí mi mano. Sin más, salí a la noche bajo la lluvia.