La inesperada muerte de Marjane Satrapi conmocionó a la industria cultural. Pero Satrapi fue más que una historietista, una cineasta o pintora: fue un ejemplo de rebeldía para las mujeres en todo el mundo. Perderla hoy, en medio del ascenso de la ultraderecha, nos lleva a recordar por qué voces como las suyas son tan importantes en el largo camino hacia la caída del patriarcado y el colonialismo.
Marjane Satrapi nació en 1969 en Irán, donde vivió la Revolución Islámica durante su infancia y adolescencia, con toda la represión contra las mujeres que dicho proceso histórico significó. A principios de los años noventa, abandonó el país para ir a estudiar a Viena y después establecerse en París, donde obtuvo la nacionalidad francesa. Su historia de resistencia y exilio está plasmada en su novela gráfica Persépolis, que le valió el reconocimiento global.
Menos de dos décadas después de la exitosa adaptación cinematográfica de Persépolis, a sus 56 años, Satrapi murió “de tristeza” tras no poder recuperarse del fallecimiento de su marido y el “amor de su vida”, Mattias Ripa.
Es, quizá, la sensibilidad que albergaba Satrapi en su corazón lo que le permitió llegar a millones de personas con una historia autobiográfica, gracias a su capacidad de ver el horror político sin perder la humanidad. Por ello, la vida y obra de Satrapi es, inevitablemente, una muestra de por qué la lucha antipatriarcal y anticolonialista sigue siendo más que necesaria.
Desde Estados Unidos hasta Argentina, desde Alemania hasta Chile, los derechos de las mujeres están volviendo a ser puestos en duda. Políticas públicas antiderechos y un resurgimiento de grupos misóginos en internet son una señal de alarma. Específicamente, las mujeres musulmanas viven en especial peligro actualmente: por un lado, por las leyes de sus propios países, y, por otro, la violencia ejercida por el colonialismo estadounidense e israelí en sus territorios.
Tan solo a inicios de este año, un bombardeo estadounidense en una escuela primaria iraní resultó en la muerte de más de 160 niñas. A meses de lo ocurrido, nadie parece recordarlo y no se vislumbra justicia para las menores, cuyo único error fue nacer en un país cuya gente es desechable para la lógica imperialista.
Hoy, aunque Satrapi ya no está entre nosotras, su legado vive como un recordatorio permanente de que futuros mejores son posibles y absolutamente necesarios. Ella lo sabía, y lo dibujó. Punk is not ded.