Nicki Minaj se declaró la “fan número uno de Donald Trump”, y aunque sus declaraciones pueden tomarse como burla dentro de la comunidad de internet, lo cierto es que Trump ha buscado de forma deliberada proyectar una imagen “joven” para influir en comunidades afrodescendientes, latinas y urbanas, ahora apoyado por figuras del hip-hop.
El hip-hop, una cultura nacida en las esquinas del Bronx en la década de 1970, como una declaración contra el sistema, enfrenta hoy una crisis de identidad profunda. En este inicio de 2026, la escena se ha dividido en dos hemisferios irreconciliables: uno cooptado por las estructuras del poder institucional y otro que se aferra a su esencia antisistema.
El choque de narrativas va más allá de lo musical, no son los beats, las rimas y ni el ritmo, el contrate que tiene es entre la cultura del hip-hop del poder, que habla de inversión, metas individuales y éxito privado. Su símbolo es la riqueza, el éxito corporativo. El hip-hop antisistema habla contra la marginación histórica, justicia social y lucha colectiva. Su símbolo sigue siendo la calle.
La reciente aparición de Nicki Minaj en el Trump Accounts Summit, un esquema de cuentas de inversión dirigidas a jóvenes, presentado como “educación financiera”, pero ligado a lealtad política y construcción de imagen del movimiento MAGA. no fue un simple gesto de simpatía política; fue la consolidación de un nuevo modelo de “rebelde corporativo”. Al presumir su Trump Gold Card, Minaj completa la transición de artista contestataria a promotor estatal e ideológico.
En este bando, figuras como Kodak Black y Sheff G encuentran en el poder presidencial un refugio frente a un sistema judicial que antes combatían, transformando el antiguo “Fuck the Police” en un “socio del presidente”.
Alienado/contestatario
En el polo opuesto, el rap conserva su función de contrapoder. Mientras en Washington se reparten tarjetas doradas, artistas como Kendrick Lamar y Residente continúan utilizando sus plataformas para señalar las grietas del sistema. Para este bloque, la prioridad no es el mercado bursátil, sino la crisis en la frontera y la lucha contra las redadas del ICE.
El enfoque de Residente, quien ha mantenido una crítica feroz contra la militarización de la frontera, y la lírica de Kendrick Lamar, que en sus recientes presentaciones ha reforzado la denuncia contra el racismo estructural, funcionan como contrapeso ético frente a la narrativa MAGA. Para ellos, el hip-hop sigue siendo una herramienta que defiende a quienes no tienen acceso a “cuentas de inversión”.
La pregunta que queda en el aire en este 2026 es si el hip-hop está evolucionando hacia una nueva forma de poder negro, urbano y latino dentro del sistema, o si está siendo domesticado por las mismas fuerzas que históricamente lo marginaron.
Minaj, las controversias y el rap femenino
Onika Tanya Maraj, nacida en diciembre de 1982 en Trinidad y Tobago, es una rapera, cantante y empresaria radicada en Estados Unidos desde los cinco años de edad. Criada en Queens, Nueva York, se consolidó como una de las figuras más influyentes del rap contemporáneo, particularmente durante la década de 2010, al destacar en una industria históricamente dominada por hombres por su versatilidad lírica, su propuesta estética y su impacto comercial.
Su trayectoria también ha estado marcada por experiencias personales complejas y diversas controversias públicas. Minaj ha hablado sobre una infancia atravesada por la violencia doméstica y la precariedad económica.
Otro punto álgido en su carrera ha sido su cercanía con figuras envueltas en graves casos de violencia sexual. Su hermano, Jelani Maraj, fue condenado en 2017 por agresión sexual depredadora contra una menor y sentenciado a entre 25 años de prisión y cadena perpetua por violar reiteradamente a una niña de 11 años en Long Island. A ello se suma el caso de su esposo, Kenneth “Zoo” Petty, condenado en 1995 por intento de violación y registrado como delincuente sexual. Estas relaciones han generado fuertes cuestionamientos públicos hacia la artista y su postura frente a estos hechos.
En años recientes, la rapera ha concentrado una atención mediática distinta a la de sus primeros años, marcada no solo por disputas públicas con otros artistas, sino también por posicionamientos políticos y declaraciones que han generado fricciones con sectores de su propia base de seguidores. Estas decisiones han desplazado el foco de su obra hacia el debate sobre el papel del artista en el poder, la coherencia ideológica y los límites entre expresión personal y responsabilidad pública.
La cooptación de artistas como Minaj representa una victoria estratégica para el movimiento MAGA: han logrado capturar la estética de la rebeldía para promover una agenda conservadora que entra en abierta contradicción con buena parte de su base de fans, particularmente dentro de la comunidad LGBT y afrodescendiente.
La trinitense, apodada la “Reina del Rap”, a pesar de ser una figura global del rap mainstream, marca distancia, muy lejana de sus predecesoras como Lauryn Hill, Lil’ Kim y Missy Elliott, figuras que confrontaron el machismo de la industria del rap y cuestionaron al sistema político. Minaj ha adoptado posturas que chocan con el legado político del rap femenino en un contraste total.