En los últimos años, hemos asistido a una polarización social sin precedentes, resultado en mucha parte, de la reorganización y la consecuente radicalización de las derechas alrededor del mundo, lo que ha generado una reacción poco reflexiva por parte de muchos sectores de las izquierdas. Frente al avance de discursos de odio, fundamentalismos y fuerzas políticas que buscan desmantelar derechos, las disidencias progresistas, las izquierdas y los movimientos sociales se erigen como el principal dique de contención; sin embargo, en el corazón de esta resistencia, mientras los sectores más reaccionarios y fundamentalistas avanzan con aplomo, por lo menos en Latinoamérica, persiste una paradoja preocupante, que debilita los esfuerzos para consolidar un contrapeso al odio, y que tiene que ver con la autopercepción de superioridad moral que, lejos de ser un motor de cambio, se ha convertido en nuestro talón de Aquiles.
Esta supuesta superioridad intelectual no se basa necesariamente en el compromiso con las causas, sino en una apología de la pureza ideológica que prioriza la autocomplacencia sobre la eficacia y que se manifiesta en la constante vigilancia interna, donde la caza de herejías y la corrección política terminan por hacer las veces de fariseísmo ideológico, provocan la fragmentación de las alianzas necesarias para hacer frente a las exigencias de nuestra época y se expresa en un lenguaje más dirigido a las propias filas de las distintas alas de las izquierdas que a la conversación con las mayorías sociales desencantadas con unos y con otros. Por desgracia, las discusiones al interior de distintos sectores de las izquierdas que debaten sobre si los gobiernos emanados de esta corriente de pensamiento cumplen con los mandatos de lo que se ha denominado “la izquierda verdadera”, aunque nunca se sepa realmente qué significa eso, lejos de contribuir, de aportar a las causas y a la defensa de las posiciones logradas durante el siglo XX, se traducen en una incapacidad para imaginar alternativas al los discursos de los sectores más reaccionarios de las derechas que resulten creíbles, atractivas y viables para más allá de los círculos ya convencidos.
Esto se debe en gran medida a la superioridad moral que nos roba la empatía estratégica para construir una alternativa, pues más ahora que nunca, es necesario que hay que entender los miedos, las aspiraciones y los lenguajes de quienes no piensan como nosotras, para dialogar y persuadir. Lo más grave es que mientras nosotras nos desgastamos en la pureza de nuestra crítica, las derechas radicales conectan, simplifican y capturan el malestar real de la gente y pareciera que las izquierdas, lejos de tomar conciencia sobre el peligro de los discursos de las derechas, por más absurdos que puedan parecer, se les desdeña y se les retrata como un monstruo, lo que nos dificulta la posibilidad de diseñar estrategias que, en primer lugar, tomen más en serio los posicionamientos de los sectores más reaccionarios, y, en segundo lugar, que se tracen rutas de contrapeso a las narrativas anti derechos disfrazadas, por ejemplo, de causas sociales, un recurso utilizado con cada vez más frecuencia por parte de esos sectores.
Hasta este punto, podemos decir que un hecho crucial es que la superioridad moral esteriliza la imaginación política para salir del gueto autorreferencial y salir a las calles, ensuciarse las manos con propuestas concretas sobre vivienda, energía, cuidados y trabajo que le hablen a la anciana que teme la inseguridad, al joven precarizado y al obrero que votó por opciones reaccionarias. Una alternativa no se construye desde la atalaya de la corrección, sino desde el llano de las necesidades compartidas, como lo están haciendo en este preciso momento, la Presidenta de México, la Dra. Claudia Sheinbaum Pardo, en el ámbito de sus atribuciones, y por el otro lado, Clara Brugada, la Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, quienes, desafortunadamente, están encontrando más críticas en las filas de otros sectores de las izquierdas cortoplacistas enfrascadas en debates puritanos y fariseicos. Los discursos de odio avanzan porque ofrecen certezas simples, enemigos claros y una comunidad (excluyente) de pertenencia. Nosotras, en cambio, a menudo ofrecemos un examen de conciencia perpetuo y un catálogo de motivos por los cuales todo es insuficientemente revolucionario y en muchos sectores, no logramos entender que la verdadera fortaleza no reside en la pureza, sino en la capacidad de tomar consciencia sobre la realidad histórica que nos acontece y la necesidad de asumir una capacidad de negociación que nos exigen los tiempos actuales. No se trata de rebajar nuestros principios, sino en traducirlos a un lenguaje de dignidad compartida. La batalla contra el odio y por un mundo diferente no se gana demostrando que somos moralmente mejores, sino demostrando que podemos construir un horizonte material y simbólicamente mejor para las mayorías, porque mientras no dimensionemos que las derechas sí son capaces de hacer a un lado sus diferencias, ante la coyuntura, para empujar en unidad y lograr objetivos, como lo hemos visto en el último año, seguiremos perdiendo terreno, al menos, en la región. Ante esta realidad amenazante, resulta imperativo madurar políticamente para pasar de la superioridad a la estrategia, de la pureza a la potencia, del desprecio al diálogo y a la crítica que sume a apuntalar lo ganado. Nuestra causa es demasiado urgente para permitirnos el lujo de la autosatisfacción moral, pues el enemigo no es sólo el que está fuera, sino también la arrogancia que nos impide salir de nuestra fortaleza para conquistar el mundo que merecemos todas, todes y todos.