En el entramado político norteamericano, un concepto fundamental es el del federalismo: la balanza de poder entre el gobierno federal y los cincuenta estados de la unión ha sido piedra angular de la república desde sus inicios. Sin embargo, los recientes acontecimientos sugieren que este equilibrio se encuentra frágil, como ha sucedido en otras épocas de su historia. Este sistema federal está sometido a una tensión que amenaza con desestabilizar el sistema federal.
El centro de esta tensión se encuentra, la capital.: en Washington DC. En donde el presidente Trump ha activado a cientos de miembros de la Guardia Nacional de D.C. y ha desplegado a agentes de varias agencias federales como el FBI, la DEA y el ICE en la ciudad.
Esta medida ha generado una fuerte oposición. La alcaldesa de D.C., Muriel Bowser, y otros líderes locales, han expresado su preocupación, calificando la acción como un movimiento autoritario. Los residentes y activistas han protestado en las calles contra lo que consideran una ocupación militar y una violación de los derechos civiles.
Por otro lado, los últimos meses han estado marcados por una serie de decisiones y acciones del poder ejecutivo que han generado un choque frontal con las autoridades estatales y locales a lo largo del país. La percepción de un gobierno federal que busca centralizar el poder y anular la autonomía de los estados ha crecido, alimentada por una retórica divisiva y políticas que ignoran las particularidades en los estados.
Un ejemplo palpable de esta fricción lo encontramos en la reciente ola de redadas de la Agencia de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en las principales ciudades del país.
Si bien la aplicación de las leyes migratorias es una prerrogativa federal, la forma en que estas redadas se han llevado a cabo ha generado una condena unánime por parte de alcaldes y gobernadores, especialmente en aquellas jurisdicciones que se han declarado "santuario". La alcaldesa de Los Ángeles, Karen Bass, y el gobernador de California, Gavin Newsom, han sido firmes, denunciando que estas acciones no solo generan miedo y desconfianza en sus comunidades, sino que también socavan los esfuerzos locales para construir una relación de colaboración con las fuerzas locales.
El conflicto con California, en particular, se ha convertido en un ejemplo de la disputa federal. El estado, que a menudo se posiciona como una vanguardia progresista, ha desafiado abiertamente varias políticas federales en temas de inmigración.
El gobernador ha argumentado que las decisiones de Washington D.C. ignoran las realidades y necesidades específicas de su estado, y ha prometido defender la autonomía de California frente a lo que considera una extralimitación del poder federal. Esta confrontación no es solo un desacuerdo político; es una disputa constitucional sobre los límites del poder y la soberanía estatal.
La tensión entre Washington D.C. y las ciudades y estados no es algo nuevo. A lo largo de la historia de Estados Unidos, ha habido momentos de intensa fricción. De hecho, la historia del país está plagada de conflictos en los que el federalismo ha protagonista. La Guerra Civil, por ejemplo, fue el clímax de una disputa federal que se fraguó durante décadas. El conflicto no fue solo por la esclavitud, sino también por la disputa de las leyes federales sobre las estatales. La victoria de la Unión, resolvió en última instancia la cuestión de la supremacía federal.
Antes de la guerra, el caso de Dred Scott contra Sandford en 1857 ilustró de manera contundente la fragilidad del federalismo. La Corte Suprema, en una de sus decisiones más polémicas dictaminó que las personas de ascendencia africana no podían ser ciudadanos y que el Congreso no tenía autoridad para prohibir la esclavitud en los territorios. Este fallo fue un golpe demoledor al federalismo, pues anuló una ley federal -el Compromiso de Misuri- y abrió la puerta a que la esclavitud se expandiera, llevando a la nación al borde del colapso. La decisión de la Corte Suprema exacerbó las tensiones entre los estados libres del norte y los esclavistas del sur, haciendo imposible cualquier solución política al problema.
El frágil equilibrio federal, que ha permitido a Estados Unidos ser una unión de estados diversos con una identidad común, está en peligro. La tentación de Trump de centralizar el poder y de ignorar la voluntad de los estados y las ciudades es un camino peligroso. La historia nos enseña que, en Estados Unidos, el respeto por el federalismo no es solo una cuestión de formalidad constitucional; es una salvaguarda esencial para la democracia y la cohesión de una nación tan plural.