En política internacional, como en las comidas familiares, hay invitaciones que halagan y preocupan al mismo tiempo. Que Donald Trump invite a México a sentarse en una flamante “Junta de Paz” para Gaza no es cosa menor: no es cualquier anfitrión, no es cualquier mesa y, desde luego, no es cualquier conflicto. Gaza no es un brindis diplomático ni una foto para redes sociales. Es una herida abierta del mundo contemporáneo. Por eso, cuando la presidenta Claudia Sheinbaum confirmó en La Mañanera que México recibió la invitación y que la está analizando, el anuncio cayó como esas frases que empiezan con “tenemos que hablar”.
La invitación coloca a México frente a un dilema que ya le es familiar: ¿cómo participar sin traicionarse?, ¿cómo ayudar sin intervenir?, ¿cómo sentarse sin perder la dignidad histórica? Porque México no es nuevo en esto de la prudencia internacional. Su política exterior ha sido, por décadas, una especie de brújula moral: no intervención, autodeterminación de los pueblos y solución pacífica de controversias. Principios que no lucen mucho en discursos grandilocuentes, pero que han dado coherencia y respeto al país en el concierto internacional.
Aceptar la invitación tendría un mensaje potente: México importa, México cuenta y México tiene legitimidad para hablar de paz. No cualquiera recibe una llamada de Washington para un organismo que ya suma más de 20 países, entre ellos potencias regionales y aliados clave de Estados Unidos. Pero también es cierto que no todos los invitados se sienten cómodos. Europa, por ejemplo, ha marcado distancia. Francia, España, Suecia, Noruega y Reino Unido dijeron “gracias, pero no”, y Canadá perdió su invitación por atreverse a cuestionar la doctrina de “Estados Unidos Primero”. Nada más diplomático que una invitación retirada.
La Junta de Paz, presentada con bombo y platillo en Davos, nació como un mecanismo para supervisar el alto al fuego en Gaza, pero rápidamente se convirtió en algo más ambicioso —y más controvertido—. Sus estatutos otorgan amplios poderes a su presidente, es decir, a Trump: veto, agenda, permanencia y hasta la posibilidad de nombrar sucesor. Una especie de ONU versión ejecutiva, pero con control remoto desde Washington. No sorprende que haya escepticismo. Tampoco ayuda que el asiento permanente tenga un costo de mil millones de dólares, como si la paz viniera con membresía premium.
En este contexto, la postura de Sheinbaum ha sido clara y, hay que decirlo, congruente. México reconoce al Estado palestino y cualquier decisión debe pasar por el tamiz constitucional. No es una decisión personal ni un gesto de simpatía política. Es una definición de Estado. La presidenta incluso ha señalado algo clave: una Junta de Paz sobre Gaza sin representación palestina es, cuando menos, una contradicción. Como organizar una mesa de diálogo sobre vivienda sin invitar a quienes viven en la casa.
México no está obligado a decir que sí por cortesía ni a decir que no por reflejo. Está obligado, eso sí, a pensar. A pensar qué papel quiere jugar en un entorno de visiones contrapuestas, donde la paz se negocia entre intereses geopolíticos, cámaras encendidas y liderazgos personalistas. Participar podría fortalecer su voz como promotor del derecho internacional y de soluciones que conduzcan a la paz.
El fondo del asunto no es Trump, ni la Junta —aunque el silencio pese—. El fondo es México. Es su brújula interna, su legitimidad ante el espejo y esa facultad de fijar postura con argumentos propios. A veces, la verdadera contribución a la paz no está en el simple acto de presencia, sino en sostener que la concordia no es un eslogan, sino el resultado de ser fiel a una línea de conducta.
México analiza la invitación. Y hace bien. Porque en tiempos donde la prisa manda y el protagonismo seduce, pensar también es una forma de liderazgo. Y, quizá, una de las más necesarias para la paz.