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  • 16 Dec 2022
  • 10:12
  • SPR Informa 6 min

Flamencos en su hábitat natural: Celestún.

Flamencos en su hábitat natural: Celestún.

Por Mónica Muñoz .

A pesar del calor característico de la península de Yucatán, salimos vestidos con doble playera, pantalón largo y sombrero. De otra manera hubiera sido tortuoso sobrevivir a la gran cantidad de mosquitos que rodean el lugar.

Nuestro guía es el señor Popa de setenta años, oriundo de la región de Celestún. A él le tocó la transformación del ecosistema y el rápido crecimiento poblacional de treinta años para acá. 

Todavía no aparece el primer rayo de sol y él ya está montado en la bicicleta llamando a nuestra tienda de campaña. Pedalea emocionado con cierto aire de travesura. Nos lleva a toda prisa por la orilla de la costa donde hay decenas de lanchas estacionadas, él calcula más de dos mil en esa franja, nos explica que los dueños llevan la pesca a las distribuidoras grandes del pueblo, y también a Mérida. 

Un sendero de naturaleza selvática nos lleva al manglar. Apenas nos alejamos unos metros aparecen aves negras planeando en círculo como en un ritual para alimentarse de algún cadáver. El olor no es más que el de un basurero. Se trata de una demarcación que le llaman “la cartonera”, un sitio de más de cuarenta metros de longitud repleto de cartón, desechos orgánicos y plásticos. 

Gracias a diversas organizaciones, Celestún está considerada un Área Natural Protegida, pero hace treinta años, nadie se preocupaba por el cuidado y protección de las aves: “Si había medio millón de flamencos eran pocos” comenta don Popa moviendo la cabeza.

El sendero nos lleva por un camino verde de árboles petrificados y sus exuberantes manglares. Se logra ver al fondo un arco de ramas entrelazadas, y, cual si fuera una cueva que lleva a otra dimensión, se asoma la grandiosidad del mar y la arena blanca. Apenas lo alcanzamos a ver como si fuera un sueño. De lo contrario, hubiéramos perdido a nuestro guía, quién tiene la misma seguridad de un líder de una pandilla de niños. Ni siquiera voltea a ver si lo seguimos. Da vuelta a la izquierda y ahí aparecen unas construcciones de piedra en ruinas, que más adelante nos cuenta que forman parte de una empresa salinera. 

Unos cuántos metros adelante, se acaba el sendero marcado y tenemos que cruzar una charca de agua. Los primeros metros logramos pedalear, pero, cuando el agua sobrepasa la mitad de las llantas, arrastramos la bicicleta para seguir con nuestro camino.  

Apenas cruzamos, Don Popa avienta la bicicleta y sus sandalias para cruzar en medio de los árboles hasta que aparece otra laguna. Un horizonte idílico. Me siento en la película “Cuando el destino nos alcance” en el momento previo en que los personajes van a morir y tienen la posibilidad de ver los paisajes más hermosos del mundo. Así sucede en Celestún. El sol acaricia el agua y se dibujan sobre ella las nubes. Estamos rodeados de agua azul que de pronto se vuelve roja, tan celestial, que me hace pensar que la magnificencia del lugar, será la señal inequívoca de la muerte. 

“Deben estar desayunando los flamencos” dice nuestro guía y se sube a la bicicleta. Cuando se detiene, nos hace un gesto para que hagamos lo mismo. Presiono con mi mano el freno y el silencio que inunda el lugar se va después de que mi bicicleta rechina por todos lados tras haber cruzado la laguna. Él mueve la cabeza de un lado a otro. Apenas unas alas rosas asustadas salen volando después de perturbarlos con el crujido agudo de mi bicicleta. 

Seguimos por unos cuántos kilómetros más por veredas angostas para encontrarnos con las aves exóticas prometidas. Y de pronto, en una pequeña charca, aparecen frente a nosotros. Ahí están, mostrando la magnificencia de sus alas y ese color rosado que los caracteriza. La voz de don Popa se mimetiza con la naturaleza. Sube y baja el tono de su voz sin asustar a las aves. De algunos flamencos apenas se ven dos palos flacos, son sus piernas caminando sobre la charca y de su vientre sale su enorme cuello que se sumerge casi entero para comer algas y crustáceos que les dan ese color rosa tan particular, ayudados por sus picos que separan el barro de la comida para filtrar su alimento. 

Son unos veinte flamencos y se encuentran en bandada. Apenas nos escuchan y extienden sus alas para volar unos metros y resguardarse, debe ser porque hace unas décadas, éstas y otras aves eran cazadas en la región. 

Luego de admirar los flamencos en su hábitat natural, volvimos más tranquilos por el manglar y pasamos por el muro que divide Campeche de Yucatán, zona que ha entrado en conflicto durante muchos años debido a la gran cantidad de producción salina a comercializar. Apenas unos centímetros de la pared de piedra aún dividen estos dos estados de la República. 

Ya iba incrementando el calor y regresamos contentos, con pocas fotografías, nuestro guía es un niño descubriendo el mundo, sin pretensiones.