Un año después de que Hitler iniciara la invasión a Polonia y desplegara a sus filas hacia toda Europa en 1940, el ejército alemán mantenía sitiados a cerca de 400,000 soldados franceses, belgas e ingleses en el puerto galo de Dunkerque en el marco de una cruenta y feroz batalla que cada día cobraba más vidas y ponía en peligro a casi medio millón de jóvenes soldados. Atrapados y sin suficiente comida, armamento y sin buques disponibles para regresar a Inglaterra, se podían considerar dos posibles escenarios: La rendición o la muerte.
En el punto más feroz de la batalla, al mando inglés se le ocurrió una idea tan descabellada como esperanzadora: utilizarían pequeñas embarcaciones civiles para recorrer las 217 millas que separan Dunkerque del Puerto Inglés de Dover, y así traer a salvo a los 400 mil soldados. Era un viaje arriesgado, posiblemente sin retorno. Los nazis habían ya destruido y atacado a un buque hospital de la Cruz Roja, a pesar de ser no combatientes, y llevaban a cabo un bombardeo feroz en la zona. Sin embargo, más de 850 pobladores no lo dudaron. Se embarcaron desarmados y contra el ejército más poderoso del momento, con el único fin de salvar cientos de vidas y poder pelear un día más. Y lo lograron.
85 años después del desembarco de Dunkerque, es ahora la población de Gaza la que se encuentra en un brutal bloqueo por parte de las fuerzas armadas israelíes que cada día asesinan de hambre y fuego a los civiles, que ya suman más de 64,000 víctimas desde el 7 de octubre, cuando se intensificó la escalada. En todo el mundo han surgido movimientos populares y protestas para denunciar el genocidio y obligar a las autoridades internacionales a frenar la matanza y detener a los responsables de este funesto hecho, hasta ahora sin éxito, pero con una enorme determinación. Es así como la flotilla de la Libertad, liderada por activistas, han tomado acciones para llevar ayuda humanitaria como alimentos y medicamentos a la población Palestina, tratando de romper el bloqueo marítimo israelí que no permite ningún tipo de entrada a organizaciones benéficas ni periodistas extranjeros y ha endurecido las medidas hasta niveles inhumanos.
No se trata del primer intento. En un viaje en el barco Madleen, en junio, alrededor de 30 activistas incluida Greta Thunberg, se hicieron a la mar con la firme intención de llevar la ayuda y atestiguar como el ejército israelí ocupa el hambre como arma de guerra. Fueron atacados con drones en aguas internacionales cerca de Malta y algunos de sus miembros fueron detenidos y elevados a la categoría de “terroristas” por Israel.
Lejos de que esta acción amedrentara a los activistas, ahora mismo han conformado la flotilla internacional Sumud, conformada por más de 300 activistas, comunicadores, políticos y periodistas de 44 países, incluido México, que ahora mismo surcan el Mar Mediterráneo desde Barcelona para arribar a la Franja de Gaza con la esperanza de poder entregar la ayuda, alimentos y material quirúrgico, sumamente vital en estos momentos en los que un gran porcentaje de la población gazatí ha sufrido desde heridas leves hasta graves lesiones como producto de los constantes bombardeos.
Por su parte, Israel ha mantenido una posición severa hacia la flotilla y sus esfuerzos. El ultraconservador ministro de seguridad Ben-Gvir ha asegurado en diversos medios de comunicación que tratarán a los activistas como “terroristas” asociados a Hamás y ha asegurado que los participantes serán detenidos y afrontarán largas estancias en prisión bajo condiciones estrictas y sin privilegios. Sobre los navíos también fue enérgico al sentenciar que serán confiscados y entregados a las fuerzas de seguridad. En consecuencia, a las amenazas, trabajadores portuarios italianos del puerto de Génova han también anunciado que, de haber algún daño o ataque hacia la flotilla internacional, ellos paralizarían las actividades de este puerto estratégico en Europa, lo que puede ser catastrófico para todas las actividades comerciales del viejo continente y la Unión Europea. Al tiempo y en otra acción civil solidaria, ahora mismo se están llevando a cabo masivas protestas en apoyo a Palestina durante la Vuelta ciclista de España, competición donde a diario se muestra por televisión a cientos de pobladores expresando el rechazo a la participación israelí y su profundo apoyo al pueblo de Gaza.
Las palabras del ministro Ben-Gvir no son amenazas vacías si recordamos el ataque con drones del barco Madleen o los asesinatos que han cometido las Fuerzas de Defensa Israelíes contra trabajadores humanitarios, periodistas y médicos. Sin duda corren un enorme y real peligro y solamente se encuentran protegidos por la misma atención mediática y visualización mundial que ha tenido este movimiento.
La importancia de esta acción no solo radica en la ayuda humanitaria que se plantea transportar y entregar. También es de vital importancia hacer evidente a los ojos del mundo la impunidad con la que cuenta Israel para mantener un genocidio cobijado con la tibieza y complicidad de los líderes políticos más poderosos del orbe, quienes no han hecho más allá de dar discursos sin llevar a cabo acciones determinantes para poder fin a la matanza de civiles y llevar a la justicia a los responsables.
Por ahora la flotilla continúa su travesía a pesar de un retraso por las condiciones climáticas y el acoso de algunos locales. Son sin duda portadores de esperanza al igual que los 850 civiles anónimos del milagro de Dunkerke que dirigieron sus botes hacia la batalla para salvar a los 400 000 soldados y regresarlos a casa. Aunque el contexto de ambos escenarios históricos es difícilmente comparable, los hechos nos recuerdan que la sociedad civil es siempre determinante en los momentos más oscuros de la historia. Porque ahí donde muchos líderes han perdido el sentido ético, una enorme flotilla nos recuerda que la esperanza viaja en barco y con una brújula moral que siempre se encamina al lado correcto de la historia.
Que su viaje sea seguro.