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¡Haaaaay elotes!

¡Haaaaay elotes!

Por Érika Ramírez

Las mujeres y los hombres de este hermoso país estamos a punto de conmemorar el Día Nacional del Maíz, que celebramos cada 29 de septiembre desde 2009, cuando la sociedad civil, impulsada por la campaña Sin Maíz No Hay País, promovió esta fecha para reivindicar nuestros maíces nativos, la diversidad de semillas, la cultura campesina y la importancia del maíz para nuestra alimentación e identidad. Años después, en 2023, la conmemoración quedó reconocida oficialmente mediante decreto.

Tortillas, tamales, atoles, pozole, pinole, esquites, elotes, tlacoyos, sopes, gorditas, tlayudas, memelas, tetelas, corundas, uchepos, tejate, tascalate, pozol, champurrado, tejuino, totopos, tostadas, panuchos, salbutes, papadzules… Eso y muchísimo más ha alimentado históricamente a la población mexicana. Babeo. Pura delicia.

Pero hubo un periodo en que todo este patrimonio estuvo en riesgo. Las trasnacionales productoras de organismos genéticamente modificados, los llamados OGM, pusieron la mira en lo nuestro. Y lo nuestro es mucho.

México es centro de origen del maíz y probablemente concentra la mayor diversidad de maíces del mundo. Aquí se reportan 64 razas: 59 nativas y cinco descritas originalmente en otras regiones, pero colectadas también en nuestro territorio. Y hablar de 64 razas apenas alcanza para dimensionar esta riqueza, porque cada una puede comprender numerosas variantes de mazorca, color, textura, adaptación y diversidad genética.

Basta mirarlas: maíces blancos, amarillos, rojos, azules, morados y hasta negros; algunos pintos, como si alguien hubiera tomado un pincel y salpicado de colores cada grano. Una obra de arte construida milenariamente por manos campesinas e indígenas.

Los OGM en México

Y ya aterrizando un poco más sobre el tema, hemos de recordar que fue durante el gobierno de Felipe Calderón Hinojosa cuando se abrió la puerta a las siembras experimentales de maíz genéticamente modificado. El 6 de marzo de 2009 se modificó el Reglamento de la Ley de Bioseguridad de Organismos Genéticamente Modificados y se incorporaron disposiciones específicas para su liberación experimental.

Seguí aquella historia como reportera. Y conforme revisaba documentos oficiales, los nombres de las grandes corporaciones comenzaron a repetirse en solicitudes y permisos. Pero había algo todavía más difícil de digerir. No sólo les estábamos abriendo nuestros campos. También les estábamos otorgando beneficios fiscales para sus desarrollos. Les daban la vaca y la leche.

En aquellas investigaciones documenté que, además de los permisos para la siembra experimental de maíz transgénico, las agroindustrias recibían estímulos fiscales para investigación y desarrollo tecnológico. Y aquí una muestra: en un solo ejercicio fiscal, 2008, una de esas corporaciones obtuvo más de 14.6 millones de pesos en estímulos para cuatro proyectos. No lo digo yo: está publicado en el Diario Oficial de la Federación.

Se incentivaba a corporaciones extranjeras que, al mismo tiempo, buscaban introducir organismos genéticamente modificados en el país que es centro de origen y diversificación del maíz. No se rasque la cabeza: está muy claro. Era su negocio. Dicho de otra manera: poníamos la tierra y otorgábamos los beneficios fiscales; ellas ponían las semillas y el discurso del avance tecnológico y el desarrollo.

Y el riesgo no era una ocurrencia de quienes nos oponíamos a aquello. La preocupación por el flujo de genes hacia los maíces nativos, por la presencia no permitida de material genéticamente modificado y por la conservación de las razas criollas estaba plasmada en documentos de las propias instituciones mexicanas. Imagínese: una de las compañías fabricantes del Agente Naranja andaba queriendo hacer negocio con el maíz de los mexicanos.

Y empezaron los permisos. Sinaloa fue uno de los territorios elegidos. Nada menos que el llamado granero de México. Qué paradoja. Lo nuestro era la tierra, el maíz. Y hasta los impuestos que dejaban de pagar.

La defensa

Pero esta historia tiene un giro que pocas veces puedo contar sin una gota de sarcasmo: esta vez, el amor triunfó. Campesinas y campesinos, comunidades, pueblos indígenas, científicos, ambientalistas, defensores de la tierra y organizaciones de la sociedad civil se movilizaron bajo una frase que terminó convirtiéndose en bandera nacional: ¡Sin maíz no hay país!

En julio de 2013, decenas de personas y organizaciones promovieron una acción colectiva por la diversidad de los maíces nativos. En septiembre de ese mismo año, un juez federal dictó una medida precautoria que frenó la emisión de permisos comerciales para liberar maíz genéticamente modificado al ambiente y sujetó los experimentales y piloto a restricciones y vigilancia judicial.

La batalla se prolongó durante años, entre impugnaciones y amparos. Durante el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador se tomaron nuevas medidas. El 31 de diciembre de 2020 se publicó un decreto que ordenó revocar y abstenerse de otorgar permisos para la liberación al ambiente de semillas de maíz genéticamente modificado.

En 2021, la Suprema Corte de Justicia de la Nación avaló la medida precautoria para proteger el medio ambiente y la diversidad de nuestros maíces nativos.

Ya con la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, el tema llegó hasta nuestra Constitución. El 17 de marzo de 2025 se publicó la reforma a los artículos 4º y 27 constitucionales. Nuestra Carta Magna reconoce a México como centro de origen y diversidad del maíz, elemento de identidad nacional, alimento básico del pueblo y base de la existencia de los pueblos indígenas y afromexicanos. Además, establece que su cultivo en territorio nacional debe ser libre de modificaciones genéticas producidas con técnicas como las transgénicas.

Mire nada más cuánto camino recorrimos. Y ya se ha de imaginar cuánto lloraron los neoliberales.

Así que cada vez que escuche por la calle “¡Haaaaay elotes con harta mayonesaaaa!” o que pase el carrito anunciando “¡Hay tamales calientitos de salsa verde, mole rojo y de dulceeee!”, piense en toda la batalla ganada.

Porque el maíz no sólo está en nuestra historia. Está en las calles, las fiestas, las cocinas, los mercados y hasta en la experiencia de quienes vienen de otros países a conocernos. Porque, a ver, dígame: ¿cuánto extranjero no llega a México soñando con comerse su taquito?

Somos mexicanos y, seguramente, tenemos corazón de elote.

P. D. Y cuando alguien se atreva a relacionar nuestros índices de obesidad con el maíz y sus derivados, recuérdele que el problema no está en una tortilla recién salida del comal. Entre los factores que más han deteriorado nuestra alimentación está el consumo excesivo de bebidas azucaradas y productos ultraprocesados. Esas aguas negras gasificadas que nos han vendido por litros y por años.