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  • hace 1 día
  • 18:09
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Ganando como siempre

Ganando como siempre

Por Mónica Muñoz .

Programados, abrumados por “ser” o “tener”, parece que estamos en una sociedad expuesta para evitar el fracaso a toda costa como si fuéramos máquinas sistematizadas para ganar: tener éxito siempre. 

Ante esta idea, me pongo a publicar cualquier cosa que se desvanece pronto. Un silencio rotundo del otro lado me provoca cansancio, un fastidio de perseguir el éxito que imaginé, y es entonces cuando me pregunto si todo esto vale la pena, esta modernidad líquida como lo decía Zygmunt Bauman, en la que nos perdemos entre tantas posibilidades y que nada permanece. 

De ese modo, creo que se desprende una continua obsesión por evitar rotundamente el fracaso, luchar por tener más cosas, más información, más amor, un mejor trabajo, por querer llenarnos de una vida perfecta, que no es más que la manifestación de una idea que no necesariamente surge del interior personal.

La sensación del fracaso deviene, se parece entonces a la de los jueves que relata García Márquez, a los días en que tratas de hacer algo sin conseguirlo. Quizá por eso nos podemos sentir identificados con Jimmy, el protagonista de Better Call Saul, al inicio, en su fracaso constante y obsesivo por salir de la pobreza y luego, en la lucha imposible por obtener el amor de su hermano. 

Cuando a BoJack Horseman, otra de las series que ha tenido paradójicamente éxito televisivo, Bo Jack, el personaje principal, se hunde de manera aberrante tras el deseo de volver a sus días de “éxito” cuando fue el protagonista de una serie familiar. Paradójicamente, en uno de los capítulos que da tregua a su fracaso, se le intenta dar fama tras la escritura de su biografía, y, se le sugiere que se cuente uno de sus fracasos en un intento de empatizar con su público, y éste, de manera esperada, vuelve a aclamarlo. Raphael Bob-Waksberg, el guionista de la serie sabe perfectamente este efecto, y, de manera segmentada, cuenta quién es en realidad Bo Jack, qué fue de su infancia, de su juventud, y por lo cual, se crea un vínculo real con el espectador, porque no es la fortuna de un millonario venido a menos lo que nos atrapa, tal vez es, la conexión con la imposibilidad de tener un éxito continuado y permanente. 

Pero el escaparate de la ficción no es más aterrador que la realidad, porque en China ya te pueden quitar la custodia de tu perro si cometes algún acto moralmente mal visto. Lo cual, seguramente ha superado al capítulo Nosedive de la serie de Black Mirror, en donde los likes y las puntuaciones son el eje de la vida de los habitantes. 

Aquí en occidente no ha sido necesario recurrir a este tipo de métodos, nos auto vigilamos para no fracasar, para no aceptar que tenemos delirios de esta índole. 

El miedo al fracaso es más grave de lo que parece. En función a ello suelen tomarse acciones desesperadas por obtener todo lo que se sueña, por creernos que lo imaginario se puede hacer real siempre y cuando se desee con todas tus fuerzas, donde ya no importa que las ideas sean o no correctas siempre que sean admiradas, vistas y expresadas. 

Existe una consideración reflexiva y prolongada de la exposición de nuestras acciones a los medios, Baudrillard asume que la exposición lo convierte a todo en una mercancía y dicha mercantilización inherente al capitalismo, no es más que pornografía que “aniquila al eros y al propio sexo”.

Todo parece una distopía de lenguaje, en la manera en que entendemos y abrazamos el éxito y el delirio por alcanzarlo a toda costa. Me pregunto en qué momento decidimos poner por encima el éxito que el amor.