Esta semana, el Real Madrid oficializó —de manera anticipada— el fin del proyecto de la Superliga Europea, tras alcanzar un acuerdo con la Asociación de Clubes Europeos (ECA) y la UEFA. Con ello, el club español puso punto final a una iniciativa que, aunque fallida en lo deportivo, dejó al descubierto las tensiones políticas, económicas y de poder que atraviesan al fútbol continental, así como la discusión sobre el carácter monopólico del modelo europeo.

Como parte de este desenlace, quedó descartada la demanda impulsada por la UEFA, que incluía una solicitud de 4 mil 500 millones de euros por daños y perjuicios, cifra que fue retirada tras la firma del nuevo compromiso entre las partes.
El proyecto original de la Superliga estuvo integrado por Manchester United, Manchester City, Chelsea, Arsenal, Liverpool, Tottenham, Juventus, Inter de Milán, AC Milan y Atlético de Madrid, además del Real Madrid y el FC Barcelona. Sin embargo, tras la desbandada inicial de los clubes ingleses y posteriores abandonos, solo permanecieron Madrid y Barcelona, hasta que el club catalán hizo oficial su salida definitiva hace unos días.
Tras el acuerdo, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, felicitó públicamente a su homólogo de la UEFA, Aleksander Čeferin; al presidente del Paris Saint-Germain y dirigente de la ECA, Nasser Al-Khelaïfi; así como al presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, por el acuerdo alcanzado.
La Superliga fue anunciada en abril de 2021 por 12 de los clubes más poderosos de Europa, con el objetivo de crear una competición privada alternativa a la UEFA Champions League. Florentino Pérez defendió la iniciativa bajo el argumento de que el modelo vigente del fútbol europeo era financieramente insostenible para los grandes clubes, debido a la caída de ingresos —acentuada por la pandemia—, la dependencia de la UEFA para el reparto económico y el crecimiento desigual de los llamados clubes-Estado, como el PSG o el Manchester City.
Los promotores también sostenían que el formato tradicional había perdido capacidad de atracción entre las audiencias jóvenes, por lo que proponían un calendario con enfrentamientos constantes entre los equipos más poderosos del mundo, inspirado en ligas cerradas como la NFL.
No obstante, el proyecto colapsó en menos de 48 horas. Las protestas masivas de aficionados, especialmente en Inglaterra; la retirada de los seis clubes ingleses; y las amenazas de sanciones deportivas —incluida la posibilidad de impedir que jugadores de clubes disidentes fueran convocados a sus selecciones nacionales— forzaron su congelamiento inmediato.
Pese a su fracaso, el impacto de la Superliga fue tangible. En primer lugar, la UEFA reformó el formato de la Champions League, ampliando el número de equipos y partidos, una decisión que incorporó parcialmente la lógica económica que la Superliga pretendía imponer.
Además, por primera vez en la historia reciente, los grandes clubes lograron sentar a negociar a la UEFA, estableciendo un precedente que abrió un frente jurídico permanente y evidenció que la autoridad del organismo rector ya no es incuestionable.
Otro efecto relevante fue el retorno del aficionado al centro del discurso público. En Inglaterra, especialmente, varios clubes reivindicaron la tradición y el mérito deportivo como ejes identitarios, una narrativa que terminó por fortalecer a la Premier League, hoy consolidada como la liga más poderosa del mundo.
En suma, la Superliga no sobrevivió como competición, pero sí alteró el equilibrio del fútbol europeo. Más que un proyecto derrotado, fue una advertencia: el conflicto entre negocio, gobernanza y afición quedó expuesto y sigue sin resolverse.