El ministro de Defensa de Pakistán, Khawaja Asif, declaró la madrugada del viernes 27 de febrero (tiempo local) que su país se encuentra en una fase de confrontación directa con su vecino Afganistán, tras una serie de ataques a lo largo de su frontera, conocida como la Línea Durand, profundizando un conflicto binacional que surgió hace más de un siglo.

Las disputas parten del reconocimiento de la Línea Durand, trazada en 1893 por el Imperio Británico. Esta es reconocida por Pakistán como frontera internacional, sin embargo, Afganistán la rechaza debido a que divide a las comunidades pastunes que habitan la región. A lo largo de los años, esta disputa ha generado conflictos constantes, como el cierre de pasos terrestres, tiroteos entre fuerzas de seguridad y la destrucción de infraestructura fronteriza.
El punto de quiebre en la relación bilateral se produjo con el regreso del Talibán al poder en Kabul en 2021. Desde Islamabad se esperaba que el nuevo gobierno afgano controlara a los grupos armados que operan desde su territorio, particularmente aquellos que atacan a Pakistán, algo que no ocurrió y que intensificó la confrontación entre ambos países.
Durante años, Pakistán apoyó, financió y armó a los talibanes con el objetivo de mantener influencia política y estratégica en Afganistán. Sin embargo, en la actualidad el Talibán ya no obedece a Islamabad, lo que representa una pérdida de control sobre una fuerza que el propio Estado pakistaní ayudó a consolidar.
Entre 1996 y 2001, tras la toma de Kabul por el Talibán, Pakistán fue uno de los tres países que reconoció oficialmente a su gobierno, estableciendo una coordinación política, militar y económica a cambio de garantizar que Afganistán no se alineara con India, enemigo histórico de Pakistán.
Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y la posterior invasión estadounidense, Pakistán se alineó estratégicamente con Estados Unidos, sin romper del todo con el Talibán. Este “doble juego” permitió que líderes talibanes se refugiaran en territorio pakistaní mientras Islamabad negaba públicamente cualquier apoyo directo.
La ruptura definitiva se dio en 2021, cuando el Talibán regresó al poder sin depender de Pakistán para gobernar. Con control territorial, fuentes propias de ingresos y legitimidad interna —aunque no internacional—, el movimiento dejó de responder a los intereses pakistaníes, transformando la relación en una mezcla de exaliados frustrados, vecinos armados y socios forzados por la geografía.
El Tehrik-i-Taliban Pakistan (TTP) es una organización yihadista formada en 2007 que opera en la región fronteriza entre Afganistán y Pakistán con el objetivo de derrocar al Estado pakistaní e imponer su propia interpretación del islam, de acuerdo con el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
Conocidos como “los talibanes de Pakistán”, son considerados hermanos ideológicos del Talibán afgano. En 2011 fueron incluidos en la lista de entidades asociadas a Al Qaeda y se han adjudicado múltiples ataques terroristas, tanto en Pakistán como en el extranjero, incluidos atentados contra fuerzas de seguridad, civiles e instalaciones diplomáticas.
Pakistán ha exigido reiteradamente que el Talibán afgano expulse o desarme al TTP. Sin embargo, la petición ha sido rechazada bajo el argumento de que se trata de combatientes musulmanes que no serán entregados, una postura que Islamabad ha calificado como una “traición” y que se ha convertido en el principal detonante de la confrontación actual.
La posición geográfica de Pakistán y Afganistán es clave para entender el potencial desestabilizador del conflicto. Una intensificación de los ataques podría afectar a toda Asia del Sur, en un contexto marcado por la crisis económica y política que atraviesa Pakistán.

Para Asia Central, el riesgo principal es el contagio de la violencia. Países como Tayikistán y Uzbekistán temen el desplazamiento de combatientes y el fortalecimiento de grupos como ISIS-K, filial regional del Estado Islámico, lo que impulsa políticas de seguridad más estrictas y frena la cooperación económica regional.
En este escenario, el mayor peligro no es una guerra convencional entre Estados, sino la consolidación de un conflicto crónico de baja intensidad que desgaste a Pakistán profundice el aislamiento de Afganistán y fortalezca a actores armados no estatales, con consecuencias duraderas para la estabilidad regional.