México y Brasil son las dos economías más grandes de América Latina, y lo que hoy los acerca va mucho más allá de sus extensos territorios o de su peso económico. Ambos comparten una política exterior basada en el derecho internacional, en el multilateralismo, la defensa de la soberanía y una visión del desarrollo con sentido social; una visión que, en el caso de nuestro país, se expresa como Humanismo Mexicano.
No es casualidad que tanto la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, como el presidente Luiz Inácio Lula da Silva hayan trazado planes de gobierno orientados al crecimiento económico con desarrollo, al fortalecimiento del mercado interno, a la expansión de sus sectores energéticos y a la construcción de nuevas alianzas con otras regiones. Frente a un escenario internacional difícil, ambos gobiernos parten de una premisa en la que la soberanía no se ejerce desde el aislamiento, y ningún país del sur global podrá enfrentar por sí solo los desafíos del siglo XXI.
Hasta ahora, ambos mandatarios han sostenido diversos encuentros. El primero tuvo lugar en Río de Janeiro, en el marco del G20 en noviembre de 2024. Posteriormente, sostuvieron una reunión bilateral formal dentro del mismo encuentro, con una carga simbólica significativa al tratarse del primer viaje internacional de Claudia Sheinbaum como presidenta de México.
Otro momento clave ocurrió en España en la IV Cumbre en Defensa de la Democracia en abril de 2026. Este encuentro no fue menor en un contexto atravesado por guerras, tensiones geopolíticas, el incremento del armamentismo y cuestionamientos al funcionamiento de los mecanismos diplomáticos. El orden internacional atraviesa un momento de desequilibrio donde el multilateralismo se ha visto afectado, los organismos internacionales se han debilitado y la disputa por la influencia digital se intensifica. Sin embargo, esa misma crisis abre espacios para que América Latina fortalezca sus propios mecanismos de cooperación y construya nuevas alianzas políticas y económicas.
Los encuentros entre nuestra presidenta Claudia Sheinbaum y el presidente Lula da Silva han sido fundamentales para consolidar ese camino, dado que representan la voluntad de construir una relación estratégica entre dos gobiernos que entienden la soberanía como la capacidad de crear y decidir su propio destino.
Por ello, no sorprende que el pasado 10 de junio sostuvieran una videollamada acompañados por el canciller de México, Roberto Velasco y el ministro de Relaciones Exteriores de Brasil, Mauro Vieira, donde revisaron la agenda bilateral, ratificaron su compromiso con la cooperación, y reafirmaron la importancia de sostener posiciones firmes en defensa de los pueblos, destacando su postura crítica frente al embargo que continúa afectando a Cuba.
Además, abordaron ejes como la salud, el turismo, gobernanza pública y el fortalecimiento de los sectores científico, tecnológico y energético. En específico, resalta la intención de impulsar una colaboración en materia de biocombustibles, que podría derivar en un convenio entre Pemex y Petrobras para el aprovechamiento conjunto de recursos energéticos. Como señaló nuestra presidenta Claudia Sheinbaum en una de las mañaneras, en Brasil “tienen técnicas muy desarrolladas para exploración de aguas profundas y ultra profundas”, experiencia que podría traducirse en grandes beneficios económicos y sociales.
De igual forma, en abril, la visita de Magda Chambriard, presidenta de Petrobras, dejó en claro que esta apuesta va en serio. La llegada de una autoridad con amplia experiencia técnica evidencia que existe disposición política para transformar la cercanía diplomática en hechos concretos de cooperación.
Tras décadas de inversión y desarrollo tecnológico, Petrobras es una de las compañías energéticas más importantes del mundo en materia de exploración, y ha posicionado a Brasil con una mayor autonomía energética. Para México, esta colaboración podría representar una oportunidad para fortalecer las capacidades técnicas de Pemex, impulsar proyectos ambiciosos como Trion y Lakach, intercambiar conocimientos e impulsar el avance hacia una menor dependencia de proveedores externos, factor muy importante dentro del marco del Plan México.
Sin embargo, las implicaciones de este convenio van más allá del ámbito empresarial. Hoy la cooperación energética entre ambas naciones representa una apuesta geopolítica; compartir riesgos, atraer inversión y fortalecer la integración regional podría traducirse en una mayor capacidad de negociación para América Latina frente a otros actores internacionales. Si bien persisten desafíos asociados al financiamiento, la regulación y las preocupaciones ambientales propias de este tipo de proyectos, la eventual alianza se traduciría en el hecho de que la soberanía energética también puede construirse mediante la cooperación entre los pueblos.
Asimismo, ambos mandatarios mantienen su respaldo a la candidatura de Michelle Bachelet para encabezar la Secretaría General de las Naciones Unidas, una muestra más de las coincidencias políticas y diplomáticas que caracterizan la relación entre ambos gobiernos, dado que la política chilena (quien fue la primera presidenta en la historia de Chile) representa un liderazgo comprometido con la democracia, con la cooperación y con los derechos humanos.
Estos acercamientos deben leerse a la luz del momento político que atraviesa el mundo. En específico, América Latina vive una disputa ideológica, cultural e identitaria cada vez más evidente. Los recientes procesos electorales en países como Perú y Colombia muestran que la derecha ha recuperado ventaja electoral frente a proyectos progresistas. A ello, se le suma que Brasil se encamina hacia una nueva elección presidencial en menos de cuatro meses, en la que el presidente Lula buscará nuevamente refrendar el respaldo popular.
Por eso, la llamada fue también una declaración política.
En los tiempos que corren donde algunos apuestan por el miedo y la confrontación, México y Brasil han decidido no esperar a que otros definan el rumbo de América Latina. La pregunta ya no es si la región tiene algo que decir, porque tiene mucho por defender. La respuesta entonces es, que hay mucha voluntad política para hablar con voz propia.