Hay quienes sostienen que la historia avanza en línea recta, como si cada generación estuviera condenada únicamente al progreso. Sin embargo, basta observar el escenario internacional para advertir que, en ocasiones, la historia gira sobre sí. La rueda vuelve al mismo punto y los viejos discursos reaparecen con nuevos rostros, nuevas tecnologías y modernas estrategias de propaganda.
Desde el surgimiento del capitalismo industrial, la acumulación de riqueza ha estado íntimamente ligada a procesos de expansión colonial, extractivismo y apropiación de recursos naturales. Durante siglos, las grandes potencias construyeron su prosperidad a partir de la explotación de pueblos enteros, convirtiendo territorios completos en proveedores de materias primas y mano de obra barata. El desarrollo de unos cuantos significó, demasiadas veces, el empobrecimiento de millones.
Las dos guerras mundiales, los conflictos de la Guerra Fría y buena parte de las intervenciones militares posteriores difícilmente pueden comprenderse sin considerar los intereses económicos que existían detrás de ellos. El control de rutas comerciales, fuentes de energía, minerales estratégicos y posiciones geopolíticas ha sido un factor constante en las disputas internacionales. Los beneficios suelen concentrarse en grupos económicos y financieros, mientras que los costos humanos recaen, casi siempre, sobre los sectores populares. Los muertos, los desplazados y los refugiados pertenecen, en su inmensa mayoría, a quienes nunca decidieron la guerra.
No resulta casual que numerosos regímenes autoritarios del siglo XX hayan coexistido con intereses económicos nacionales e internacionales que encontraron en ellos estabilidad para las inversiones o acceso privilegiado a recursos naturales. La democracia ha sido invocada con frecuencia como principio universal; sin embargo, en más de una ocasión ha cedido frente a la conveniencia geopolítica.
Hoy presenciamos un fenómeno inquietante. En distintos países resurgen discursos que recuerdan peligrosamente a la extrema derecha de la década de 1930. Se apela al miedo, se fabrican enemigos internos y externos, se promete orden inmediato mediante la fuerza y se ofrecen soluciones simples para problemas profundamente complejos. El inmigrante, el diferente, el opositor político o el extranjero se convierten en los responsables de todos los males nacionales.
La diferencia con respecto al siglo pasado radica en las herramientas. Si antes la propaganda utilizaba la radio, el cine y la prensa escrita, hoy encuentra en las redes sociales un instrumento infinitamente más poderoso. Los algoritmos sustituyen a los viejos aparatos propagandísticos; las noticias falsas circulan con mayor velocidad que los hechos comprobados; el desplazamiento permanente de contenidos reduce la capacidad de reflexión y convierte la indignación en un producto de consumo diario.
Mientras la atención pública permanece atrapada en el siguiente escándalo viral, las decisiones estructurales continúan favoreciendo la concentración de la riqueza. El resultado es conocido: cada crisis termina enriqueciendo aún más a quienes ya poseen el capital suficiente para convertir la incertidumbre en oportunidad.
También reaparece una narrativa que parecía superada: la idea de que ciertas potencias tienen el derecho —e incluso la obligación moral— de intervenir en otros países para "liberarlos", "democratizarlos" o "protegerlos". La historia reciente ofrece múltiples ejemplos de intervenciones militares, bloqueos económicos y operaciones de cambio de régimen cuyos resultados distan mucho de haber traído estabilidad o prosperidad duraderas. Las consecuencias suelen traducirse en destrucción institucional, crisis humanitarias y nuevas formas de dependencia.
Los casos de Cuba, Venezuela o diversos conflictos en Oriente Medio generan intensos debates internacionales precisamente porque reflejan esa tensión permanente entre la autodeterminación de los pueblos y los intereses estratégicos de las grandes potencias. Más allá de las diferencias políticas que puedan existir respecto de sus gobiernos, resulta indispensable defender un principio básico del derecho internacional: corresponde a cada nación decidir libremente su propio destino sin imposiciones externas.
Venezuela fue invadida y se impuso un gobierno títere para robar la segunda reserva de petróleo del mundo; Cuba está sitiada para provocar la insurrección por hambre; Medio Oriente está asediado por Israel y EU para exterminar a un pueblo, como en la Alemania Nazi, y para robar el resto de petróleo del mundo. La propaganda del mundo está echada a andar para disfrazar el ataque de los imperios que añoran las colonias del siglo XIX y el scroll busca adormilarnos para que volteemos para otro lado.
México no puede ignorar estas dinámicas. Nuestra ubicación geográfica, nuestra riqueza energética, minera, hídrica y nuestra importancia económica convierten al país en un actor estratégico para América del Norte. En ese contexto, la defensa de la soberanía deja de ser una consigna histórica para convertirse en una necesidad permanente.
En México quieren liberarnos de nosotros mismos y, de paso, controlar el mercado de la droga. EU no busca acabar con el narco, quiere tomar control de la producción y distribución de las drogas y controlar las ganancias. EU no puede vivir sin mantener drogada a las poblaciones norteamericanas que son incomodas a los grupos blancos en el poder
Ello implica analizar con espíritu crítico cualquier propuesta que, bajo el discurso de la seguridad, del combate al crimen organizado o del desarrollo económico, pudiera traducirse en pérdida de capacidad de decisión nacional. Combatir al crimen es una obligación del Estado mexicano, pero también lo es preservar la independencia con la que deben tomarse las decisiones fundamentales para el país.
La rueda de la historia parece girar nuevamente. Los viejos imperios ya no utilizan siempre los mismos uniformes ni las mismas banderas; ahora recurren también a los mercados financieros, a las plataformas digitales, a las campañas de desinformación y a sofisticados mecanismos de influencia política. Cambian las formas, pero la disputa por el poder, los recursos y la hegemonía permanece.
La enseñanza histórica es clara: cuando los pueblos dejan de mirar críticamente el mundo que los rodea, otros terminan decidiendo por ellos. Por eso la defensa de la soberanía comienza por recuperar la memoria histórica, fortalecer el pensamiento crítico y rechazar la tentación de quienes ofrecen soluciones milagrosas a problemas complejos.
Porque la rueda de la historia siempre puede volver a girar. La diferencia está en si los pueblos aprenden de su pasado o aceptan, una vez más, repetirlo.