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  • 16 Jun 2026
  • 17:06
  • SPR Informa 6 min

El gremialismo artístico asfixia al bien común

El gremialismo artístico asfixia al bien común

Por Bastian Bilá

El maestro, don Aurelio, pasaba los días frente al piano, pero sus manos solo encontraban melodías errantes, cuerpos sin alma. En el piso de arriba, el joven Mateo emborronaba cuadernos enteros con versos feroces, palabras que eran pura sangre, pero que se ahogaban en el silencio de su habitación. Ambos sufrían del mismo mal, la mitad de una belleza inacabada.
Una tarde de lluvia, el eco de los acordes melancólicos de Aurelio se filtró por las maderas del techo. Mateo, atrapado por el ritmo, comenzó a recitar en voz alta. Su voz, pastosa y cargada de nostalgia, bajó por las escaleras como un susurro invisible.
Aurelio detuvo los dedos. Escuchó. Aquella voz le daba sentido a su melancolía. Sin pensarlo, retomó las teclas, pero esta vez no buscó una melodía al azar sino que tradujo el peso de las palabras que oía en acordes menores.
Mateo, al sentir que la música sostenía sus versos como un lienzo, bajó los peldaños con el cuaderno en mano. Se paró junto al piano. No hubo saludos ni explicaciones, la urgencia del arte no da tiempo para cortesías.
El maestro modulaba el tempo,abriendo espacios para que el poema respirara.
El poeta acentuaba sus rimas, cabalgando sobre el compás del piano.
En ese rincón proceloso, el piano dejó de ser solo sonido y la poesía dejó de ser solo tinta. La música de Aurelio le dio alas a las palabras de Mateo, y los versos de Mateo le dieron un mapa al piano de Aurelio.
Al caer la noche, la última nota se disolvió en el aire junto al último verso. El maestro y el alumno se miraron, asombrados y exhaustos. Sabían que, por separado, habrían seguido perdidos, pero juntos acababan de componer una canción eterna.


§
 

Cuando el arte decide erigirse muros alrededor, soñando con una pureza intocable, no está protegiendo su esencia, está decretando su propio olvido. En las últimas décadas, hemos visto cómo el espacio cultural se ha ido privatizando, no solo en sus monedas, sino en sus significados. Los gremios cerrados —esas capillas de especialistas que se miran al espejo para validarse— operan bajo la fría lógica del mercado acumulando capital cultural y excluyen, transformando lo que debiera ser savia social en un mero fetiche de clase.

El arte que se aísla, que teme la caricia de lo extraño y rechaza el abrazo con otras disciplinas, comete un error vital. La creación no nace en el vacío ni en el aislamiento estéril de una torre de marfil, el arte brota de la tierra compartida de nuestra historia. Si la literatura no danza con el cine, si las artes visuales ignoran el rumor de la tecnología o el eco del sonido, el arte se vuelve una sombra, un producto manufacturado para el consumo de una élite ciega.

Como bien recordaba el geógrafo David Harvey, la fragmentación de nuestro entorno debilita el tejido que nos une. Esta "acumulación por desposesión" ha infectado el espíritu del creador. Al encerrarse en un hermetismo técnico, los artistas se desprenden del latido social y terminan siendo apenas mano de obra en un mercado de becas y subastas, lejos del sentido real de su oficio.

Pero frente a este encierro, la cultura guarda una fuerza indómita, la fricción. La historia nos enseña que las rupturas más profundas nacen del mestizaje. Hito Steyerl, con su lucidez característica, nos muestra cómo las imágenes que habitan nuestro tiempo son seres contaminados, nómadas, conectados con las luchas globales. Para ella, esa "imagen pobre" que viaja y se transforma posee una democracia que ningún museo aséptico podrá jamás domesticar. El intercambio entre disciplinas no es una pérdida, es un acto de resistencia frente a un sistema global que nos quiere dóciles y compartimentados.

Esta cerrazón también fractura el tiempo. Excluir a las nuevas voces —relegadas a la precarización eterna— y descartar a los maestros —arrojados al olvido por el culto a la novedad— es una ofensa a la memoria. La cultura necesita ser un cauce continuo.

La experiencia de los maestros es la raíz pues nos entrega la memoria de las formas y el dominio del oficio.

El ímpetu de las nuevas generaciones es el viento ya que tensa los límites, sacude la modorra y desafía las inercias del poder.

Cortar este cordón umbilical condena a los jóvenes a inventar el fuego desde la precariedad y a los maestros a la parálisis. Como sugería Mark Fisher, el capitalismo moderno tiende a cancelar el futuro, atrapándonos en una nostalgia perpetua. Abrir nuestras galerías, festivales y talleres a un diálogo entre generaciones es la única forma de romper ese presente estático y devolverle al arte su peso histórico.

El fin último de derribar estos muros no es estético, sino profundamente humano, recuperar el arte como bien común. Cuando las disciplinas se entrelazan y las generaciones se dan la mano, el foco se desplaza del objeto-mercancía al proceso vivo de significar.

El arte solo recobra su peso cuando se convierte en plaza pública, en herramienta para que la comunidad comprenda sus propias heridas y esperanzas. Como argumentaba Stuart Hall, la cultura no es un simple reflejo de la sociedad, sino el campo de batalla donde se disputa el sentido del mundo. Democratizar la creación —forzar el encuentro entre la música, el teatro, la ciencia y el color— es, en última instancia, democratizar la vida misma.

Romper el aislamiento es una urgencia. Solo a través de un arte que respire, que se deje contaminar por el entorno y que reconozca en el otro a su igual, podremos arrebatarle la cultura a la lógica del mercado y devolverla a su sitio natural, el motor de nuestra emancipación y la memoria compartida de los pueblos.