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  • 03 Nov 2022
  • 19:11
  • SPR Informa 6 min

Sin terror para la muerte

Sin terror para la muerte

Por Mónica Muñoz .

A raíz del sexenio de Calderón, los cárteles han dejado estragos en la población civil, sus costumbres y hasta en la manera de ver la vida y la muerte. Pasó ya en la cotidianidad de la zona de conflicto israelí palestino, la gente invertía en su cuidado personal en exceso, las mujeres se iban al salón de belleza a diario y todas las personas derrochaban como si fuera el último día de su vida, porque muy probablemente, les podía llegar un bombardeo, qué se yo, o una ametralladora que acabara con todos. Por eso, resultaba mejor vivir como si fuera el último día en la tierra, sin pasado ni futuro. 

En Veracruz, como en muchos otros estados de la República, la muerte de los sicarios no tiene distinción de ser algo aterrante.

Esto sucedió en Cosamaloapan este año: la trabajadora social informó que, siendo las 2:16 horas de la madrugada, sin hacerle nada al oficial de entrada – ella considera que la golpiza hasta dejarlo inconsciente es sinónimo de nada – , entraron dos hombres vestidos de civiles que estaban armados, subieron al primer piso donde se ubicaba internado el enemigo sicario, sólo acompañado por su madre y el oficial en custodia, esto debido a los cargos por portación de armas. Entraron a la habitación 17 que, por cierto, no tuvo que compartir con otros ciudadanos por su privilegiada situación de reo. Uno de los jóvenes armados apuntó sin titubear hacia la camilla y disparó sin reparo hasta que se escuchó que el arma quedó sin cartuchos, mientras que el otro hombre apuntaba a su madre con el único fin de no soportar grito alguno. Fue entonces, cuando salieron de la unidad dejando al doctor del primer piso con un paro cardiaco, que no fue suscitado por los propios sicarios, sino una consecuencia a la inestabilidad emocional del médico. A raíz de eso, todos los pacientes del primer piso, que son los pacientes más delicados pues son los que recién subieron después de haberlos atendido en urgencia, salieron del hospital con sus familiares, a quienes hicieron firmar una carta en la que deslindaban a la clínica de cualquier negligencia ocurrida. 

Meses atrás, la misma trabajadora social reportó con su lenguaje que oscilaba entre lo burocrático y católico, que a uno de los “malos” le habían matado a sus hijos. Resulta que la esposa del tipo “malo” se había ido de la casa dejando a tres niños de dos, cuatro y cinco años argumentando que el marido le pegaba y la tenía en los huesos pues no le daba para el gasto. Los niños crecieron de las limosnas de las generosas vecinas que les invitaban platos de frijoles. Años después, siendo unos adolescentes “vagos” se fueron a juntar con las pandillas de los “narcos”, que, sin saberlo, estaban ganando dinero de la cabecilla, quien era su propio padre. Una familia del diablo, comentó la trabajadora mientras reportaba que el padre llegó baleado al hospital a la una de la tarde, hora a la que se presentó a la Presidencia Municipal para hacer la tramitología necesaria para el acta de defunción de sus hijos, lugar donde recibió dos de las siete balas que se oyeron, una en el pecho y otra en la pantorrilla. 

El hueco del pecho, dijo la trabajadora, era del tamaño de su mano, lugar por donde perdió una gran cantidad de sangre hasta que cayó en un paro cardíaco, así que la trabajadora decidió no dar aviso hasta que el hombre se convirtiera en occiso, para no dar doble vuelta, aseguró con una normalidad irremediable.