• SPR Informa
  • SPR Informa
  • SPR Informa
  • SPR Informa
  • SPR Informa
  • https://sprinforma.mx/noticia/parasitos-reales
  • 11 Sep 2022
  • 23:09
  • SPR Informa 6 min

“Parásitos reales”

“Parásitos reales”

Por Juan Becerra Acosta

En 2015 la Presidencia de la República gastó durante un viaje oficial de Enrique Peña Nieto, cuya duración fue de tres días, más de siete millones de pesos, ¿el motivo?, un viaje a Londres. Lo anterior se sabe gracias a datos dados a conocer por el Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales, y conduce a preguntarnos, ante tal dispendio: ¿qué rompieron?, ¿alguna reliquia?, ¿parte del Big Ben?, ¿desbarrancaron uno de los caballos de la reina?, ¿se probaron los vestidos de Lady Di y los rasgaron? No, el monto corresponde al gasto que se tuvo que ejercer para que la comitiva oficial, integrada entre otras personas por Angélica Rivera, su hermana, la hijas, también la hija del ex presidente, y una hermana de la primera dama, ostentara el nivel de lujos del cual sus miembros no sólo creían ser merecedores, sino que se “daban” sin empacho a costa del pueblo de México.

De hospedaje se tuvo que pagar la cantidad de 900 mil pesos, por concepto de transportación se erogaron más de un millón para alquilar 12 automóviles; nada más el servicio de alimentos en el avión presidencial tuvo un costo de casi millón y medio de pesos, y el dispendio del gobierno de un país en el que el salario mínimo era para la fecha, y de acuerdo con el INEGI, de cuatro dólares con cincuenta centavos, y el ingreso promedio por hogar de 819 dólares, fue tan evidente como criticado en el mundo entero. La hija de Angélica Rivera presumió un vestido con valor de más de siete mil dólares, poquito más barato que el de su madre quien se enfundó, para saludar a la monarquía inglesa, una prenda que valía casi los ocho mil dólares. Esos lujos, esos vestidos, esos excesos, no los tuvo ni Obama.

No hay pueblo que soporte este tipo de lujos exóticos, de insultos a un pueblo trabajador cuya preocupación es la de alcanzar el sustento diario mientras sus gobernantes se regocijan en el hedonismo al tiempo en el que desconocen, o evaden, las mínimas necesidades de aquellos a quienes deben su posición privilegiada… ¿o sí?

En Suecia, la monarquía recibe unas setenta y un millones de coronas al año para con ellas costear las funciones de su rey, monto aproximado a los seis millones setecientos mil euros, unos ciento treinta cuatro millones de pesos; a los españoles su monarquía les cuesta lo equivalente a ciento sesenta y ocho millones de pesos al año el mantener a Felipe, Letizia, las infantas y demás parásitos con gustos caros, es decir, a su casa real; a los belgas unos doscientos treinta millones; a los daneses doscientos cuarenta millones; en Luxemburgo sus poco mis de seiscientos mil habitantes pagan, cada uno al año, la cantidad de quinientos ochenta y tres pesos para mantener al gran duque y la familia que ostenta el título real, cuyo costo al erario es de trescientos cincuenta millones de pesos; los reyes noruegos salen aún más caros a sus súbditos, unos ochocientos sesenta millones de pesos al año; en los Países Bajos también sale “carito” el tener un rey, los holandeses deben destinar para mantenerlo a él, y a sus vástagos, la cantidad de ochocientos ochenta y ocho millones de pesos; Mónaco, principado pequeño en extensión es grande en gasto monárquico, los escándalos de los monarcas, descendientes de bucaneros y de una estrella de Hollywood, cuestan al año el equivalente en euros a novecientos sesenta millones de pesos; la joya se la llevan los ingleses, o más bien dicho sus monarcas, porque el pueblo se lleva la carga fiscal, y los reyes y príncipes el estilo de vida glamoroso, ya que ellos cuestan al año la cantidad de mil setecientos dieciocho millones de pesos. ¿Para qué ese gasto?, ¿en qué abona a sus naciones?, ¿en qué beneficia al pueblo que los mantiene?

Hace cientos de años las monarquías tuvieron como beneficio un elemento de unidad, los estados modernos se organizaron en base suya. Cuando los señoríos feudales se separaban o fragmentaban, las regiones se debilitaban causando con ello la posibilidad de invasiones o abandono, o en el caso de disputas que pudiesen ocasionar acciones bélicas existía la amenaza de guerras y con ello de muerte y hambruna. Es por lo anterior que el tener un monarca, hace siglos, daba sentido de cohesión ante la obediencia hacia un ente particular que se convertía en autoridad que velaba por el bienestar de un conjunto de señoríos que formaban un reino cuyo progreso y bienestar beneficiaba a todos, de acuerdo al contexto de cada quien. Los ricos se enriquecían más a costa de los pobres que, explotados y sometidos, no corrían peligro mientras acataran las normas.

Para evitar conflictos y guerras de sucesión se determinó que el poder se transmitiría hereditariamente, lo que evidentemente derivó en la necesidad de construir normas, leyes, ritos, supersticiones y distintos órdenes de gobierno para sostener algo tan incierto y peligroso como lo es un gobernante que accede al poder por una especie de casualidad genética y no debido a sus capacidades, lo que deriva en construir una legitimidad que, frente a la carencia lógica de ella, responda al dogma, algo que no podía ser cuestionado bajo amenaza no sólo de muerte, sino de eterna condena. Creer en la actualidad que un monarca -no importa de qué país sea- es un elegido de dios para gobernar, sería igual que creer que la casa de la virgen María voló de Tierra Santa a Italia. Tal vez por ello son, quienes creen en una de estas falacias, los mismos que creen en la otra.

En las monarquías el sistema ha sido construido, desde hace siglos, para que el rey lo siga siendo, es por ello que quienes colocan la corona en sus cabezas no colapsaran por el sistema, éste permitirá que el país y con él el pueblo caigan primero que sus reyes. Serán pues, los pueblos, quienes en su momento, uno que no se vislumbra tan lejano, tirarán a sus monarcas y para abolir lo oneroso de su existencia y la incapacidad de sus facultades y, entonces, reclamar un poder que, en el siglo XXI, no puede emanar de nada ni nadie que no sea el pueblo mismo.