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  • 20 Jan 2023
  • 17:01
  • SPR Informa 6 min

Fiebres, sodas y corcholatas

Fiebres, sodas y corcholatas

Por Uziel Medina Mejorada

“Timing”, un anglicismo utilizado de manera frecuente en la jerga del marketing político, resulta ser la piedra angular en la construcción de mensajes y el posicionamiento de campañas, pero también es un recurso fundamental en el ejercicio de la decisión pública, favoreciendo a aquellos actores políticos que saben dar lectura a los tiempos y actuar en consecuencia. 

Desde mediados de 2021, cuando el presidente Andrés Manuel López Obrador se atrevió a anunciar de manera anticipada la carrera por la sucesión presidencial, la arena pública no ha dejado de moverse, poniendo a prueba la madurez de la democracia mexicana y, sobre todo, la capacidad de los partidos políticos para gestionar las aspiraciones de sus suspirantes de manera institucional y con profesionalismo.

Los dos bloques que más se han sacudido con el descorche anticipado son la oposición, que fue tomada por sorpresa sin poder formular una propuesta que les represente en tan divergentes posturas que solo se unen en el desprecio por el presidente y la Cuarta Transformación, y el partido oficial, que a la fecha no ha podido consolidarse internamente sin depender de la figura de su fundador y líder moral, lo cual representa un riesgo de repetir el tribalismo caníbal que llevó al PRD a su actual agonía. 

En cualquiera de los dos casos, una cosa es segura, el presidente fija la agenda, dentro y fuera de su partido, y esto es algo que todos los bandos deben saber identificar si no quieren tropezar en el camino. Sin embargo, no parecen tenerlo claro, pues mientras unos se engañan a sí mismos repitiendo que el presidente ya no es popular, los otros de pronto se olvidan que el presidente sigue siendo el centro de gravedad del sistema político y que el anuncio anticipado de un proceso de elección interna para la sucesión no significa contar con una licencia para robarse el reflector. 

Lo que sí es de apreciar es que el hecho de adelantar el proceso interno de la sucesión ha empujado a los suspirantes por la silla del águila a agilizar la formación de estructuras, cosa que es benéfica para los partidos políticos, pues revitaliza la democracia interna y permite conocer con antelación el sentir ciudadano que alimenta el diseño de las agendas electorales. No obstante, la ausencia de reglas claras en el proceso expone al partido-movimiento al riesgo de sufrir desgarros intestinos producidos por el apasionamiento entre grupos que rayan en la irritabilidad, la desconfianza y el sectarismo.

De igual forma, esta falta de reglas afecta de manera directa a los coaligados que, al estar ajenos a las contiendas internas en Morena, pierden relevancia en el juego de las corcholatas, por más que se auto destapen y busquen un espacio en el debate. Y es que, aunque el partido de mayor peso político es el que debe llevar la batuta de la coalición, también es cierto que otras propuestas que en vocación plena merecen ser escuchados, simplemente pasan desapercibidos en una competencia abiertamente desigual.

En medio de esa ausencia de reglas para una pugna amistosa, donde miembros de un mismo proyecto buscan convencer a sus compañeros de militancia para conseguir encabezar la continuidad del proyecto de transformación, han aflorado entre las bases sentimientos hostiles que han escalado del plano meramente de “planilla” hasta invadir planos personales que difícilmente se podrán reparar al pasar las elecciones de 2024. En tales circunstancias es posible observar que muchos de quienes se han metido de lleno a esta fiebre fanática de las corcholatas han perdido por completo el horizonte, exponiéndose a culminar de manera prematura sus carreras políticas a falta de pericia y sensibilidad política; están tan seguros de que su carta es la ganadora, que no se han reservado ninguna otra carta para sumar fuerzas en caso de no resultar ganadores. 

Los destapes anticipados son, en esencia, una carrera de desgaste que ha puesto a prueba de fuego la capacidad de las propuestas para la sucesión, pero también para sus seguidores. La cualidad cívica de diferentes actores en esta puesta en escena se hace cada vez más cuestionable, a veces rayando en los límites de la legalidad, proyectando ignorancia de las normas, y arrogancia desbordada en otras tantas. Si a propósito o no, el tablero de juego que ha dispuesto el presidente pone al desnudo la indisciplina de ingentes filas del movimiento a quienes les urge situar los pies en la tierra, tomarse un respiro y recordar que el enemigo no está en casa; entender que el fuego amigo no es transformador ni se corresponde con el humanismo mexicano. 

Una cualidad política que el primer libro de las Crónicas describe cuando el Rey David conformó su ejército, es que entre la familia de Isacar pudo encontrar personas que eran entendidas en los tiempos, esto es, que sabían leer el “timing” y actuar con prudencia según las circunstancias. Si bien, el presidente ha propuesto un ejercicio innovador para la democracia, como lo es, dejar atrás el tapadismo y poner frente a la opinión pública a aquellas personas en las que puede confiar el relevo, esto no significa que desde ese momento se arrebate el protagonismo de quien encabeza el ejecutivo federal, o que se pierda de vista que se avecinan elecciones en entidades claves para desarticular la vieja política; tampoco son licencias para distraerse en el ejercicio público o para denostar a compañeros de lucha. De ningún modo se puede ni deben dejar vacíos que puedan dañar al proyecto de transformación.

Al final, tanto las corcholatas como sus seguidores deben recordar que la política es circunstancial, que los destinos de los actores políticos están sujetos al dinamismo de los fenómenos sociales e incluso de los caprichos de la naturaleza. Las figuras públicas se desgastan, la popularidad se puede alterar por un evento fortuito e incluso, quienes comienzan una carrera podrían no terminarla; nada garantiza a un personaje ser irremplazable, pero lo que persiste es el proyecto, y la transformación, cimentada en el humanismo mexicano, y este no depende de una sola figura, sino de todo un pueblo que merece respeto y el máximo de los compromisos, se tenga o no su venia para representarlo.  

Los tiempos demandan sobriedad para entender el balance entre fortuna y virtud; y es que tiempo y ocasión acontecen a todos.