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  • 01 Sep 2022
  • 22:09
  • SPR Informa 6 min

El presidencialismo a la luz del Huey Tlatoani

El presidencialismo a la luz del Huey Tlatoani

Por Uziel Medina Mejorada

¿Qué tienen en común López Obrador, Cárdenas, Juárez y otros tantos presidentes cuya popularidad ha estado desbordada? ¿Por qué la figura presidencial sigue teniendo el mayor peso dentro del sistema político? ¿Por qué la elección presidencial siempre es la más concurrida? Para entenderlo hay que echar la vista al pasado y comprender cómo se han construido las instituciones políticas del país.

México tiene una cultura sobre el liderazgo bastante ceremonial, difícilmente comparable con cualquier otra en occidente. La figura del caudillo suele despertar devoción, algo que choca con el paradigma tecnocrático sobre el liderazgo. Una de las formas que más desconciertan a quienes no conocieron al régimen antes del año 2000, o a los románticos que esperaban un cambio drástico a partir de dicha alternancia es que la figura presidencial sigue teniendo un aurea omniabarcante, más ahora, con la presencia en Palacio Nacional de un presidente de tradiciones arraigadas; la lógica gerencial del escritorio no cuadra con la realidad combativa de la calle, esa donde las canas imponen respeto, donde el líder se forja a golpe de lucha social y no bajo designación de competencias corporativas.

La tradicional exaltación presidencial tiene raíces mucho más añejas que el vigente sistema político, se remonta a figuras precoloniales donde la dirección de la sociedad ya estaba envuelta en rituales que otorgaban a la figura del gran líder atributos cuasi divinos. La mitificación del gran líder se construye con habilidades en la lucha y en la palabra, de esta forma, el caudillo ha de demostrar capacidad para convencer por la palabra y también por la fuerza; ese es el huey tlatoani, un patriarca, un líder que ha de imponer respeto y devoción. Ese mito se reproduce con el surgir del sistema político que actualmente prevalece, encontrando al caudillo entre las filas de los liderazgos que condujeron la Revolución hacia la institucionalización.

El presidencialismo a la mexicana está cimentado en la legitimidad de la elección popular, teniendo al presidente como la voluntad suprema del pueblo, y hasta al menos previo a la alternancia, contar con la bendición de los sectores popular, campesino y obrero del partido hegemónico, lo que representaba la unidad del cuerpo revolucionario, circunstancia que hacía del presidente una figura prácticamente intocable, siendo jefe del Estado, jefe del partido y no menos importante, jefe de las fuerzas armadas.

Cabe señalar que la forma que institucionaliza al presidencialismo mexicano, al menos al pie de la letra, no le da el peso al personaje, sino a la figura. La regla de la no reelección rompe con el protagonismo del actor que interpreta al personaje y le brinda toda la importancia al papel del personaje, convirtiendo a la figura presidencial en el centro de gravedad del sistema político mexicano, con facultades constitucionales y metaconstitucionales, es decir, aquellas funciones que la ley le establece como propias, y otras que la ley no reconoce, pero que de facto se ejecutan y se aceptan.

A diferencia de los tiempos de la hegemonía priísta, donde el presidencialismo gozaba de un poder casi absoluto, sometiendo a los poderes legislativo y judicial al designio del ejecutivo, ahora existe un gobierno dividido en la teoría y en la práctica, contando con contrapesos reales tanto en la representación de fuerzas políticas de oposición como en las resoluciones judiciales, por lo que el presidencialismo se encuentra más acotado que en tiempos de la hegemonía priísta. Sin embargo, la figura presidencial sigue teniendo un enorme peso en las formas y fondos de la acción política, siendo actualmente el punto origen del debate público, incluso el punto de referencia en la asignación de salarios dentro del servicio público.

Entre el ejercicio presidencial tradicional y el neoliberal encontramos dos enfoques contrastantes, el caudillista y el gerencial, diferenciados por la manera en que se entiende el deber ser de la presidencia. El presidente gerente es percibido como un administrador que dirige al gobierno como si se tratara de una empresa, atendiendo los asuntos públicos de abajo hacia arriba y muchas de las veces sin considerar directamente la exigencia popular, mientras que el presidente caudillo es percibido como hijo del pueblo, venido de abajo, esperando que la toma de decisiones considere la exigencia popular gobernando de abajo hacia arriba.

La inquebrantable popularidad del presidente Andrés Manuel López Obrador es propio de un huey tlatoani, ungido por el voto popular mayoritario y ampliamente aprobado. Incluso, uno de los símbolos más relevantes de la ascensión a la silla del águila ha sido la entrega del bastón de mando de los 68 pueblos indígenas de México, reconociendo al presidente como la máxima autoridad. En la presidencia de AMLO es posible encontrar aspectos propios del presidencialismo fuerte, el tradicional, casi de carácter omniabarcante, pero también prevalecen los contrapesos y acotaciones al poder, garantes de la continua maduración de la democracia mexicana.

Hacia 2024, la figura de un huey tlatoani luce borrosa; no hay, ni en las cartas que se barajan en el bloque de la cuarta transformación, ni tampoco entre las muy reducidas fichas de la oposición, una figura que pueda ser identificada como un caudillo, situación que obliga a prestar atención en cómo reaccionará el sistema político según quién encabece el poder ejecutivo después de López Obrador. Si AMLO es el último caudillo o si el presidencialismo está destinado a redefinirse, está por verse, pero una cosa es segura, la manera en que hoy la mayoría expresa su aprobación y hasta cierto aire de devoción a la presidencia de Andrés Manuel López Obrador, manifiesta una prevalencia de la cultura política caudillista, la del huey tlatoani, la del liderazgo de arraigo social, unos zapatos difíciles de llenar.