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  • 26 Aug 2022
  • 14:08
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El peso de la felicidad

El peso de la felicidad

Por Mónica Muñoz .

Si un día el mundo entero se despertara y todos decidiéramos vivir con el único propósito de ser felices, ¿sería posible?

Ante este escenario que supone que todos podamos perseguir la misma idea, la felicidad parece un concepto aún más abstracto y lejano de lo que ya de por sí implica el término, y, al parecer, más digno de un final de literatura fantástica que del mundo que habitamos. 

Sin embargo, esta construcción de un mundo feliz ha perseguido al ser humano desde tiempos remotos. Aristóteles, por ejemplo, ya pensaba en la felicidad como una actividad virtuosa y vinculada al alma.

De acuerdo con la RAE, se refiere a un “estado de grata satisfacción espiritual y física”.

Siguiendo esta definición, para la bioquímica implica la relación que existe entre el nivel el nivel de endorfinas segregadas por nuestra glándula pituitaria y el hipotálamo. 

Definir la felicidad desde la espiritualidad, sin embargo, nos lleva casi irremediablemente a una percepción subjetiva. Es posible que haya rasgos en común que ayuden a homogenizar el concepto, tales como la belleza, la alegría o una casualidad fugaz, aunque la construcción de la felicidad sigue siendo un misterio sensorial individual casi imposible de perpetuar. 

Probablemente la felicidad sólo sea un asunto que va más ligado a la fe que a la racionalidad, sin embargo, esta esperanza intermitente que se nos ha implantado como una forma de vida ha sobrepasado el deseo humano de alcanzar la virtud de la felicidad para convertirla en una obligación que implica regirse bajo un modelo de positividad en la que va implícita la idea colectiva de felicidad.

Es así como observamos que la felicidad ya no es un anhelo o una actividad propia del alma, sino que prende fuego al deseo para transformarlo en un sentido de urgencia. Nos empeñamos en alterar la conciencia para llevarnos a estados que nos lleven a sentir felicidad de una manera tan obstinada que, con el tiempo, se convierte en autoexigencia y, por tanto, en una obligación más en la lista de pendientes. Ya lo decía Nietzsche, la felicidad “es un camino inventado por aquellos que mienten y que es impuesto”.

En esta exigencia continua, nos encontramos un viernes cualquiera a la media noche, decenas de jóvenes amontonados frente a cadenas de antros persiguiendo algún fin borroso, implorando su derecho a entrar en un espacio confinado por otros más, que reclaman entrar a un lugar que les va a proveer de algo parecido a la idea de la felicidad. Mientras que otros prefieren creer que algunos grupos de coach o líderes de culto, pueden, por medio de ritos espirituales, llevarlos a un estado de felicidad continuada. 

Si bien las emociones positivas contribuyen al equilibrio anímico, muchas veces, la imposición de alcanzar un estado nos lleva a lo opuesto a la satisfacción, un peso que cargamos, buscando desesperados, razones para ser felices. 

¿Ustedes, qué tipo de felicidad quieren alcanzar?